



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Durante casi dos décadas, la política argentina se ordenó alrededor de una simplificación eficaz: kirchnerismo contra antikirchnerismo. Esa polarización no sólo dividía al electorado; también organizaba identidades, discursos y estrategias. Funcionaba como un atajo interpretativo: bastaba ubicarse de un lado u otro para entender —o creer entender— el conjunto del sistema. Hoy, ese esquema muestra signos evidentes de agotamiento.
El motivo principal es la crisis profunda del kirchnerismo. No se trata apenas de una derrota electoral más, sino de un deterioro que alcanza su núcleo histórico de poder. La pérdida de la provincia de Buenos Aires, su bastión por excelencia, fue un golpe estructural. A eso se suma la situación judicial de su principal figura, hoy concentrada menos en la conducción política que en la ingeniería defensiva de sus causas penales. El centro de gravedad del liderazgo se desplazó de la épica al expediente.
Las investigaciones judiciales que rodean al kirchnerismo no son una novedad, pero han entrado en una fase distinta. Ya no se discute sólo la intencionalidad política de los procesos, sino la consistencia —o inconsistencia— de las estrategias legales adoptadas durante años. Causas vinculadas al presunto lavado de dinero y a entramados societarios familiares exponen, además, una vieja lógica de desconfianza interna: la tendencia a cerrar el círculo del poder en un núcleo íntimo que, con el tiempo, se vuelve una debilidad.
A ese paisaje se suma un goteo constante de escándalos que, sin ser necesariamente centrales, contribuyen a una atmósfera de desgaste. Tramas opacas en el fútbol, intermediarios demasiado visibles, financistas informales y personajes recurrentes del subsuelo político reaparecen conectados, de una u otra manera, con dirigentes que orbitan el universo kirchnerista. El resultado es un clima de saturación: no hay un hecho decisivo, pero sí una acumulación que erosiona.
Sin embargo, el problema más serio no es judicial ni mediático. Es político. El kirchnerismo enfrenta una fractura interna que ya no puede disimularse. La relación entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof dejó de ser una simple tensión soterrada para convertirse en una disputa abierta por el control del peronismo bonaerense. Detrás de la pelea formal por cargos partidarios se esconde algo más profundo: la ausencia de un liderazgo indiscutido y la reaparición del poder territorial como árbitro final.
Los intendentes del conurbano, actores centrales pero largamente subordinados, redescubren que sin una jefatura clara el partido vuelve a fragmentarse en feudos locales. No sería extraño que avance una suerte de provincialización del peronismo bonaerense, un fenómeno de enorme relevancia si se recuerda que de esa estructura surgió el kirchnerismo como fuerza nacional. Alterar ese equilibrio implica tocar una de las matrices más duraderas de la política argentina contemporánea.
La crisis, además, excede largamente al kirchnerismo. Es el peronismo en su conjunto el que atraviesa un repliegue sostenido. Donde alguna vez gobernó la mayoría de las provincias, hoy administra menos de la mitad. La contracción electoral no responde sólo a errores de campaña o liderazgos fallidos. Sugiere un desplazamiento más profundo del sentido común social.
En los últimos años se consolidó un consenso implícito a favor de cierto orden macroeconómico ortodoxo. No se trata de una adhesión ideológica fervorosa ni de una devoción personal por el actual presidente. Es, más bien, una conclusión práctica, nacida de la experiencia acumulada de crisis recurrentes. En ese nuevo clima, el peronismo aparece ante amplios sectores como un actor asociado a la inestabilidad, cuando durante décadas supo presentarse como garante de gobernabilidad.
Este cambio tiene consecuencias inmediatas sobre la escena política. La vieja consigna “kirchnerismo nunca más”, que durante años funcionó como cemento del campo opositor, pierde eficacia. No porque haya sido reemplazada por una alternativa superadora, sino porque el kirchnerismo ya no cumple un rol central como amenaza unificadora. Carece, hoy, de la densidad simbólica necesaria para sostener una épica adversarial.
Esa ausencia desconcierta especialmente al oficialismo libertario. Javier Milei ejerce la política desde una lógica de confrontación permanente, que necesita un enemigo claro para organizar el discurso y la acción. Cuando ese antagonista se debilita, la tentación es fabricarlo, desplazarlo o redefinirlo. El problema es que no todo adversario improvisado logra ocupar el lugar que durante años tuvo el kirchnerismo en el imaginario político.
La Argentina parece ingresar así en una etapa menos ruidosa, pero no necesariamente más estable. El fin de una polarización no garantiza la aparición inmediata de un nuevo orden. Por el contrario, abre un período de incertidumbre, en el que las fuerzas políticas buscan referencias, enemigos y sentidos que aún no terminan de cristalizar. La grieta conocida se desvanece; lo que todavía no aparece es el mapa que la reemplace.






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