Manotazo de abogado

OPINIÓN Por Natalia Volosin**
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El Presidente llega a la playa. Pone la sombrilla, se saca las chancletas, cuelga la musculosa, se encrema con Sapolan y se acerca a la orilla. Lo acompañan sus amigos de distintas partes del país: Axel Kicillof, Jorge Capitanich, Gildo Insfrán, Sergio Ziliotto, Ricardo Quintela, Gerardo Zamora, Gustavo Melella y Osvaldo Jaldo. Raúl Jalil y Alicia Kirchner no vinieron porque prefieren la montaña, pero saludan por Zoom. Gustavo Bordet se demora en la sombrilla. Todos creen que se va a meter, pero al final se calza el piluso y se va. Mariano Arcioni también elige otro destino, pero en su lugar manda a Ricardo Sartre, que está que sí que no, que sí que no, metiendo y sacando las patitas del mar.

“Está un poco fría”, dice Alberto. Capitanich sonríe y lo mira a Kici. Kici lo mira a Zamora. Zamora lo mira a Gildo. El chaqueño sentencia “a los tibios los vomita Dios” y, entre todos, lo empujan. El Presidente duda unos segundos, pero al final suelta una carcajada forzada y se pone a nadar. “Está hermosa, métanse”, les grita. A esta altura, Bordet y Sartre ya se fueron y a Jalil y Alicia se les cortó Internet. Los demás juegan un cabeza en la orilla. A Alberto se lo ve feliz. Va y viene en un crawl prolijo. Saluda. Piensa en lo orgullosa que va a estar Cristina cuando se entere de que se animó a meterse.

Nadie se da cuenta, pobre. El Presidente no está saludando. Se está ahogando.

El manotazo de abogado, gran concepto tuitero del penalista Alejandro Rúa, ilustra a la perfección el uso del derecho en la política argentina. El derecho no es una ciencia. Las leyes están expresadas en lenguaje natural, el que usamos para comunicarnos. Y sufre, por lo tanto, de los mismos problemas de ambigüedad, vaguedad, lagunas, inconsistencias, etc. De ahí viene la idea de que siempre hay una biblioteca para cada lado. O, como decía un gran profesor, la respuesta correcta a cualquier pregunta jurídica es “depende”. ¿Depende de qué?, preguntaban los alumnos. “Pues, eso es obvio: de quién es el cliente”.

Por supuesto que no cualquier cosa es jurídicamente aceptable. Pero las respuestas no siempre son lineales o sencillas. Y aunque hay teorías interpretativas, doctrinas y antecedentes de otros casos, al final del día su autoridad depende de la misma comunidad que construye la práctica del derecho. Y ahí hay un poco de todo, incluyendo la moral, la política y los intereses partidarios.

En esto de aprovechar los espacios del derecho para alcanzar objetivos políticos, el kirchnerismo (y en especial la Vicepresidenta) pueden dar cátedra. Y, guste o no, siempre tienen una carta más. Basta con recordar la jugarreta que armó Cristina Kirchner aquella madrugada en la que mandó a romper el bloque mayoritario del Senado y le arrebató a Luis Juez su silla en el Consejo de la Magistratura.

No es que los opositores no lo hagan. Los supuestos chats del ministro porteño Marcelo D’Alessandro y el viaje a Lago Escondido dan muestra de ello. Pero son más torpes. Quieren jugar con los grandes y siempre terminan llorando. Llevan y traen influencias, pero dejan todos los deditos pegados. Se enteran por los diarios de que en este país hay, hubo y habrá servicios subterráneos que le venden información al mejor postor. Se enojan cuando no reciben amor. Son niños pegándole al juguete que acaban de romper.

El Presidente, hay que decirlo, es malardo jugando a esto. Sus manotazos de abogado son lentos o apresurados, pero siempre extemporáneos. Son poco claros. Son imprecisos. Son contradictorios. No es porque no sepa. Sabe un montón. Es porque, como dije alguna vez, no se decide. Quiere conformar a todo el mundo. No se la termina de jugar ni por su compañera de fórmula ni por sus propias creencias como profesor de Derecho. Procrastina. Cree que puede hacerse invisible. Y cuando lo presionan un poquito se tira de cabeza al agua (o lo empujan).

Por eso puede, sin solución de continuidad, comunicar que va a incumplir un fallo de la Corte, cumplirlo parcialmente y pedir el juicio político de su presidente. ¡Todo a la misma vez! Y por eso, porque no sabe jugar, es que se envalentona con el pedido de juicio político aun cuando sabe de antemano que: (a) la conversación entre D’Alessandro y el asesor de Rosatti Silvio Robles, de probarse, nunca podría comprometer la responsabilidad penal o política del magistrado y mucho menos la de los otros tres miembros del tribunal; y lo que es mucho más importante (b) no le alcanzan los porotos para destituir ni al mayordomo que le trae el café de la mañana.

Un paréntesis sobre el segundo punto. Hay que tener tupé para ir al Congreso a pedir el juicio político de la Corte sabiendo que no tenés los votos cuando, por la otra ventana, le venís diciendo a la sociedad (y en especial al movimiento de mujeres al que usufructuás lindo desde hace casi cuatro años) que no presentás una candidata para reemplazar a Elena Highton de Nolasco porque no te dan los números en el Congreso. Cierro paréntesis.

Entonces, si sabe que el pedido de juicio político está destinado al fracaso, si sabe que se va a ahogar, ¿para qué? ¿Para hacer como que cumple con la Vicepresidenta? ¿Para fingir que ahora sí entendió que la Justicia no se va a auto-depurar y que está dispuesto a hacer algo? ¿Algo que sabe que no va a poder hacer? ¿Es como cuando los funcionarios de su Gobierno salieron a bancar aquella marcha del 1 de marzo de 2022 en la que se pedía la renuncia de los supremos? ¿Es como cuando sostuvo proyectos de ley para ampliar el tribunal? ¿Pan y circo para los propios?

Hay que ver si a Cristina le alcanza. Es un poco pretencioso pensar que se puede comer esa curva. Lo que esperaba de Alberto ya no se lo dio. Está condenada por corrupta. Tarde, Alberto. Extemporáneo. La mesa de entradas del juzgado en el que atiende la Vicepresidenta ya cerró. Si Cristina pasa por la playa y advierte que los manotazos del presidente no son saludos, sigue de largo. O frena, pero para jugar un cabeza con los gobernadores.

 

* Doctora en Derecho por la Universidad de Yale

** Para www.infobae.com

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