Dios me habló. Les cuento lo que me dijo

LECTURA DEL DOMINGO Por José Ademan RODRÍGUEZ
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jose ademan Por José Ademan RODRÍGUEZ

Ya se fue Semana Santa que me dejó una revelación, que ya les contaré...

Yo a las fiestas de la Pascua las conocía a través de la pluma de Roberto Arlt que las describió antes de la guerra civil española, allá por el '36...

con su estética barroca y su dramaturgia de la fe trufada de superstición, histeria y su gestión cual pacto entre la vida y la muerte... con el eco desgarrador de las saetas, profunda liturgia alejada de las luminosas y prefabricadas tarjetas postales para turistas. Nadie consiguió describir la semana santa como sus ''Aguafuertes españolas'' enviadas por capítulos al diario El Mundo.

Yo no entiendo mucho de procesiones, liturgias, pascuas, solo recuerdo mis tardecitas de catecismo cuando niño. Tardecitas de catecismo con el padre Juan, que nos regalaba caramelos a los que respondíamos con acierto a sus preguntas sobre Dios y la Virgen. El olor a cera e incienso, el coro y la habilidad futbolística del padre Mestre en medio de la jarana del piberío, que alteraba el silencio de templo y el murmullo de las oraciones. Ya un poco más creciditos (catorce o quince años), alguna misa de once los domingos, porque "nos hacía sentir bien"; era algo parecido a la "paz interior". Y esperábamos inquietos que acabara pronto, para "mirar a las chicas" en un casto cristianismo de coqueteo, entre el latín, el olor a estearina y el sonido del órgano; faltaba la ambientación musical del Amor Brujo de Manuel de Falla, que sin quererlo conjugó el criterio aquel de buen cristiano “vestir al desnudo” con el de desnudar al vestido… Sólo un místico entregado a la liturgia católica como él podía concebir algo tan cargado de sensualismo alado, tan celestialmente carnal como la Danza Ritual del Fuego. Ya de adultos, a casi todos nos quedó ese tic muy argentino de persignarse al pasar frente a todas las iglesias, sin entrar jamás en ninguna. Conste que muchos no se persignan por devoción, sino por cagones, pues piensan que, si no lo hacen, “el de arriba” los castigará o no les hará descuento de pecados. La ignorancia me obligaba a ser un agnóstico minúsculo y desinformado para hablar de las cosas del ''más allá'' o de tanta trascendencia como para meterme nada menos que con Dios... allá él con sus problemas... que los tiene y muy jodidos.

Ese sábado de gloria me desperté tempranito y como hago siempre, me dirijo hacia la ventana del comedor, y disfrutando como un colegial de la llegada de la primavera, viendo como renacían las flores de los árboles que crecen tras el ventanal y solo el que tiene todo el tiempo del mundo podría entender lo que estoy explicando, cuando el sol empezaba a vislumbrarse, tiñendo de rosa el cielo, como si Dios te brindara la oportunidad de ver lo más bello de su creación ocurriendo lentamente, como para que no pierdas el mínimo detalle ante tus ojos, esa dulce sinfonía del brote a la flor.

Y noté una inquietud muy extraña...

Como si quisiera aprovechar el tiempo que me queda para poder despedirme de todos aquellos que significaron algo en la mía vida o que me dejaron algún tipo de huella...

Necesitaba un ''hola'', aunque sea por teléfono... Para colmo, el viernes santo, me falto la señorita Mabel que viene un día a la semana a adecentarme el piso y poner en orden mis neuronas (eran sus días de vacaciones).

Mi hijo estaba en Formentera, el Oli haciéndose el boludo, diciéndome que se iba a ver el torneo de Barcelona de tenis, y a mi vecina, la Colorada, la encontré al bajar a la calle, como huyendo de mí, solo atinó a levantarme la mano y desaparecer con hijo en auto, rumbo a la Costa Brava.

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No es para quejarme de nadie...Se dio y punto. Todos se fueron como a escondidas...

 

En la soledad asumo toda mi importancia, sin apelar a una última medida, porque esto es de desesperados. Debes ser digno, ya que es la cimera expresión de la química del espíritu, la venganza sutil del mundo que yo me construí, lo que merezco. Muchos me dieron partes enormes de sus vidas sin siquiera yo aportar un poquito. Eso es lo que hay. ¿Cómo no quererla? O aceptarla, al menos. Lo contrario sería no aceptarme a mí mismo. No se la olvida, como al hambre, al contrario de los gratos recuerdos, que hacen aflorar amores e ilusiones, que esos sí son fáciles de olvidar. Se prende a las carnes, es impía y tiene rostro inmutable, no tiene ni un sí ni un no, es lineal, no te miente, es irrebatible. Son silenciosos toques que me preparan para poner la rúbrica a mi vida, para comprobar que te sobra distancia y te queda ya poco tiempo, sin temor a que me suceda algo, pues ya me sucedió bastante. En mi soledad, viejos dolores se acostarán conmigo, con mis porquerías y mis llagas, como una versión doliente del que asumió su condición de sentenciado. Los hechos más importantes de nuestra vida al igual que los de la historia están construidos por despropósitos e imprudencias, siempre se han engarzado por pasiones de bajeza insuperable. Al mundo del solitario hay que buscarlo en los armarios cerrados: hay camisas y pañuelos de colores y risas guardadas por si acaso, pasos amortiguados que no vuelven pero hicieron mucho ruido al irse, carpetas amontadas y cajitas con anillos olvidados. Es mi triunfo personal, juego morboso que en apariencia da pena ante el que se cree feliz y aceptar con placer lo que el destino te da. Mi meta es ser merecedor de mi soledad. No estoy anhelante de deseos, pues es breve lo que me queda. Me aburre la gente, cosa que es un gran alivio, porque es uno en realidad el que comienza a aburrir a los demás. Voy embalado en busca del mármol incontrastable en tanática y postrera vida. Deprisa, deprisa; soy como Juan Talumba: de la concha (mi segunda mujer) voy derecho a la tumba. Los sepelios van siendo más frecuentes que los asados y las reuniones de amigos.

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La mayor parte de nuestra información mental es inconsciente o queda archivada en el subconsciente. En consecuencia, de poco nos apercibimos, y como el sueño ocupa un tercio en la vida del hombre no me queda prácticamente un carajo, soy un “muerto con permiso” (en vez del D.N.I. llevo la lápida), que aprendió que la salud es el bienestar de la enfermedad, que es la que prevalece al final. Jodido es cuando la muerte te sorprende viviendo. Hasta espero la muerte con cierta felicidad y sin miedo, porque es el descanso eterno, y a mí, me encanta dormir. A lo sumo, mis hijos llorarán dos o tres días. Y los amigos, pocos, se deprimirán bastante, no por mi muerte, sino porque están en la lista de espera y serán los que me sigan. Los relojes seguirán marchando increíblemente y una rantifusa descubrirá un secreto muy mío en el oído de otro amante...

Nos es ninguna novedad que los viejos somos feos, inútiles, que molestamos, y que la vejez es mentira en aquello de que es un pozo de sabiduría...

La vejez no nos hace mejores, sino más de lo que somos. Si somos mezquinos de jóvenes, no seremos generosos de viejos. Pasa que para un octogenario hay que dar más de lo que uno espera recibir...

Si en vida era un mano suelta, la gente comentaba: “Se ve que no le cuesta ganarlo”; de muerto todo cambia: “¡Qué generoso era!”. Un contemplativo o místico “Es un parásito”, o si alguien se rompe el culo trabajando “Está cegado por la ambición”. Al morir, son todos excelsos humanistas: un chorro, tuvo una trayectoria encomiable; el atorrante, era un venerable ser. Basta con fijarse en las necrológicas: no encontraremos ningún usurero, ni pelandrún, ni hijo de puta, ni quien maltrate a la mujer… “La muerte ha sesgado incomprensiblemente una vida intachable”, destacan los homenajes póstumos. Ahora está de moda incinerar, pero no te queman en exclusiva, sino que lo hacen junto a otros fiambres. Lo que te dan no son las cenizas de tu muerto, sino una miscelánea de despojos cremados. Pero, da lo mismo quemado o enterrado, pues es verdad que los deudos que asistirán al funeral se “incinerarán” el dinero del muerto en viajes, juergas o vicios. Por eso, no hay que morirse con todo el dinero puesto, ni tampoco con toda la salud puesta. Así como el dinero es para tirar, hay que tirar también un poco de salud en vida.

Me quedan pendientes también, perdones y disculpas que no ofrecí, tentaciones que no concreté; el abrazo que creo nunca le di a mi viejo, tomarle la mano, rozarle la mejilla con los dedos, y la cantidad de besos que escatimé a mi madre, ni la casa propia, porque la juventud es esa edad en que uno cree que todo será eterno. A ninguno de los dos les besé sus cabellos, que ni siquiera tenían canas. Si no cuesta nada, y tan cortita es la vida...

Jamás olvidaré a las dos personitas que me acompañaron en mi soledad: el Kiko y el Zurdo, pequeñitos, surrealistas, siempre alegres, aparentemente minúsculos, lastimados uno por un bisturí y el otro por un cromosoma improcedente. Ellos me enseñaron a desentrañar los misterios de la comunicación: el Zurdo se desesperaba en cada intento foniátrico por hacerme reír; el Kiko repetía y repetía lo que no nos atrevimos o no supimos entender. “Hace un día precioso, ya verán como viene alguno... y lo jode” les decía yo siempre a ambos...

Hurgando papeles, me encontré con una cartita del chino Torri del 1998 y coincidiendo con ese hallazgo, varios mensajes de la Pascua de Tito Paz. Fue como una premonición... Recibir esos mensajes de los amigos que formaron parte de mi vida radial durante 15 años.

El aire olía a lavanda...

Les dije que yo tenía el deseo de conversar con Dios. Lo vi...

Y me regaló el mejor sábado de gloria, y ocurrió el milagro...

Yo me dirigía a la Plaza Orfila donde vamos habitualmente los viejos a buscar el solcito... un sitio enclavado entre la iglesia y el ayuntamiento y a tiro de piedra de la estación de tren de San Andrés Palomar.

A mí siempre me gustó hacerme el payaso con los bebés, esos que van en cochecitos mirando hacia atrás de la mamá, cosa que yo aprovecho para hacerles morisquetas y muecas sin que se den cuenta los padres... y me divierten muchísimo, por los ojitos ávidos de asombro que ponen...

Casi vacía estaba la plaza, pues debido al hermoso día, y por el feriado, la gente abandonó los núcleos urbanos rumbo a la playa.

Y ¡menos mal que la plaza estaba vacía! sin las presencias perturbadoras de algunos jóvenes que hablan como si escupieran las palabras con sus interjecciones ''qué guay'', ''hosti tú'', ''deu meu'' y ''tíu'' tíu tíu tíu... Y en los bares de enfrente, sin las conversaciones estúpidas de los matrimonios prolongados, ni tampoco la chusma separatista de esa chatarra biológica que se niega a reconocer el fracaso y la tomadura de pelo del ''proceso independentista'' con su único oficio conocido: el victimismo. Y todo a la puerta del ayuntamiento.

¡Qué gozada disfrutar del solcito en medio de un concierto de silencio! donde se echaba uno a faltar los gorriones con su alboroto festivo o las melodías musicales del canto de los mirlos que han ido despareciendo, espantados por una garúa de antenas de los edificios colindantes y por esos recientes invasores, predadores, las cotorras argentinas, loros verdes que pueden llegar a ser tan molestos como algunos papagayos del fútbol argentinos que dan vergüenza ajena, el penoso histrionismo del cholo Simeone, la urdimbre verborreica del loco Bielsa que nos intenta descifrar lo que es caca al revés! y el matonismo sicótico de San Paoli.

Yo estaba detrás de un papá que cojeaba junto a su hija, una hermosa muñequita negra de un año y pico que me miraba de forma insistente. Yo pensé para mí ''¿tengo pinta de elfo? o de criatura de feria?''. Esa mirada era como un pedazo de vida...

Me acerqué como guiado por un instinto místico o una señal que parecía bajar del campanario de la iglesia o un haz luminoso de algún vitriolo. Era como sentirme santificado por ese montoncito de chocolate... Me extendió sus bracitos para arrebujarse en mi pecho... Estaba seguro que estas cosas no se dan porque sí. Y

fue que al contacto con esa criatura divina me sentí como una imperfección genética que se despojaba de todos sus lastres...

Dios me estaba contestando. Ahí estaba en la sonrisa de esa niña, y era como una alteración del tiempo, una suerte de eternidad, o la intensidad de un instante celestial.

Para romper el hielo, le pedí permiso a su papá para sentarme con ellos. Entonces me enteré que la niña nació un 27 de diciembre 2020, en el hospital Vall d'Hebron de Barcelona. Su papi había llegado de Ghana en el 2003, luego de múltiples vicisitudes pasando por la Libia de Ghadafi, Marruecos, Fuerteventura, cruzar varios mares y territorios inhóspitos. Al arribar finalmente a la costa española, fue demorado como 30 días por problemas ''aduaneros''... hasta afincarse definitivamente en Barcelona. El dialogo con él fue casi imposible, en Ghana hablan inglés y yo de inglés lo único que sé es ''A donde vai, pa’ James Crai''. Este hombre habla el twi que se pronuncia ''chuí'' que es un dialecto de allí. Menos mal que él farfulla un poquito el español, y dijo llamarse Yussif... como el famoso sultán del reino nazarí de Granada.

Le pregunté por su cojera y resulta que se debe a una lesión neurológica que se encuadra dentro de las enfermedades ''raras'' pero que no le impedía empujar el cochecito de su nena...

Ella se llama Joycelyn. Y para ponerme a su altura, me agaché para besarla en la frente. Era como si yo bajara de una alfombra mágica o alguna nube solitaria. Sentí una especie de euforia, un jubileo de niño, una borrachera dichosa, como un viaje por la montaña rusa...

Hubiese querido... no sé, tocar el tambor con ella, llevarla al columpio de la plaza de enfrente o hacerle barquitos de papel para depositarlos a la orilla de la calle Malats, aprovechando la correntada en un día de lluvia... y así aprendería que eso de los naufragios no es para jugarse la vida huyendo, es solo un juego como si le inventara un carrusel y ella, montada en un caballito cual valquiria morena, sería una deidad para enanos nibelungos, sin la música de Wagner... Y por supuesto le haría trampa con la sortija para que nunca se baje del carrusel de la vida...

Ay, si supieras Joycelyn, como deseo retardar mi vejez, solo por verte otra vez y que tú, algún día, pudieras interpretar lo que pienso, para agradecerte tus sonrisas y el hermoso aletear de mariposas en un viejo decrépito... Lo único que me queda es desearte que a tí, niña mía, alguien te haga sentir como tú lo hiciste conmigo, y que yo, desde alguna nube solitaria pueda verte dentro de muchos años y que continúes haciendo feliz a gente que no puede decirte gracias, porque no fueron preparadas para descubrir las maravillas que encierran las pequeñas cosas, como el prodigio de una muñequita negra.

 

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