

Pór José Ademan RODRÍGUEZ
Tener un hijo con síndrome de Down es, sin duda, una experiencia que transforma la vida de quienes los rodean. Desde el momento en que recibes la noticia de que tu hijo tiene esta condición, una serie de emociones surgen: sorpresa, preocupación, amor incondicional y, sobre todo, una profunda reflexión sobre la vida misma. Para muchos padres, este viaje se convierte en un camino de autodescubrimiento y aprendizaje, donde la fortaleza interior se pone a prueba y se descubren matices de amor que antes parecían inalcanzables.
El amor que emana de un niño con síndrome de Down es, a menudo, descrito como puro y sin filtros. Ellos tienen una capacidad especial para conectar y transmitir emociones de manera genuina. Cada sonrisa, cada risa y cada abrazo son recordatorios de las cosas más simples y hermosas de la vida. Este amor puede enseñarnos a mirar el mundo con ojos nuevos, donde las pequeñas victorias son celebradas con una alegría inmensa y donde la complicidad familiar se fortalece en cada paso que dan.
Además, criar a un hijo con necesidades especiales brinda la oportunidad de involucrarse más profundamente en la comunidad. Las familias suelen unirse y apoyarse mutuamente a través de grupos de apoyo, talleres y eventos. Esta red de solidarización se convierte en un pilar fundamental, donde cada historia compartida y cada desafío superado refuerzan la noción de que no están solos en este camino. Así, las barreras se rompen y las percepciones erróneas sobre la discapacidad se desafían.
La crianza de un niño con síndrome de Down también invita a una reflexión más amplia sobre la inclusión y la aceptación en nuestra sociedad. Promover la comprensión y la empatía hacia las diferencias puede llevarnos a crear un entorno más amable y solidario para todos, donde el valor de cada individuo se aprecie, sin prejuicios ni etiquetas. Cada interacción se convierte en una oportunidad para sembrar esas semillas de cambio y crear un mundo más justo.
En última instancia, tener un hijo con síndrome de Down no solo es una bendición, sino también un regalo que invita a explorar un modo de vida más consciente y enriquecedor. Cada día trae nuevos aprendizajes, desafíos y recompensas que nos recuerdan lo que realmente significa amar de forma incondicional. Así, este viaje nos muestra que en la diversidad hay una belleza extraordinaria, y que cada niño, independientemente de sus capacidades, tiene un propósito y un impacto profundo en nuestras vidas y en el mundo que nos rodea.
"hijo querido...mi monguito hermoso,!!! Si supieras que en la soledad de mi mesa navideña llena de ausencias queridas, tu la presidias desde el fondo con tus ojos almendrados y tus manos regordetas de amasar cariño, que seguro lo serás prodigando desde el lugar donde te encuentres, Que seguramente estará en un rincón del corazón de todos los que tanto te amamos..."

No tendré hijos, todo empieza y acaba conmigo. Y lo más triste… no podré ser abuelito… ¡Con lo que me gustan los niños! Verles sonreír, hacerles cosquillas en las patitas… En tanto, elegiría los sonidos más graciosos y les enseñaría a bailar. Les llevaría a tomar el sol a la Plaça d’Orfila, a comer churros y a la calesita.
Dicen que no viviré mucho. ¡Bah! ¿Qué me importa…? otros por vivir más años, se cuidan tanto que se olvidan de vivir, simplemente se les hace más larga la existencia.
¿Cuántos padres que paseen un bebé precioso, al verme tal vez piensen: ¡Qué suerte hemos tenido!? Pero ya verían que si me conocieran cambiaría su opinión.
Como soy agradecido, nunca me olvidaré de mis maestros del Taller Cordada, que conforman un verdadero “ejército de salvación” para los chicos como yo. “Malpagados” teniendo en cuenta su dedicación absoluta a nuestros problemas.
Este ejército nos espera con las primeras luces del alba para llenarse con chicos de rara sonrisa que esperan en el portal de su trabajo. Parecieran transformar la fachada en santificada gruta de niebla y gasolina: vahos de amor opalescente reemplazan el aire enrarecido, como si se plasmara algo “Disneyniano”, y al fin se convierte en un albergue inundado de parábolas hechas de palabras necesarias, profundas, pues solo las palabras necesarias son profundas, más profundas que los manuales de psicología: “Joan, ponte el abrigo”, “Àngels, ¿has traído las pastillas?”, “No te olvides de….”, “¡A ver si ordenas un poco tu mochila, Marcelino!”. “¡Termina con ese donut! ¡Y cuidado con esas migas, que el acierto está no en limpiar sino en no ensuciar!”.
Ellos nos saben diferenciar el piojo del enojo, las confusiones de las contusiones, la contractura de la fractura, las alergias de las penas... Son enfermeros polifacéticos made in casa para que nadie corramos más de la cuenta. Educar, educar, educar... En nuestro taller de “seres especiales” (no entiendo por qué nos llaman especiales; si especiales lo somos todos) los verdaderamente especiales son mis monitores: cada chico con quien hablan o acarician es una obra que están diseñando. Más que lo material de una paga, se ganan el premio de que mi compañeros les pinten con lápices de colores el día de su santo, con ojos amarillos y ribetes de topos gigios, que aparentemente son polichinelas. Creo más bien que les quieren pintar el alma. Y lo consiguen.
Muchos están nimbados con la más pura expresión de amor, y lirios blancos de repente le brotan de su pecho, pareciera que guardan un río bajo sus ojos acuosos (a veces con legañas) y moquitos, y como nosotros, los monitores empatizan resfriándose. Que pena me da ver que algunas chicas, tan jovencitas ellas, ya tienen las manos curtidas, las mismas manos que nos tejen tantas caricias se tornan agrietadas. Vestidas con un manto rubio de sol primerizo, zapatillas y a veces meniscos rotos, de tanto trajín.
Nuestros educadores para los padres son como el Cireneo bíblico: les ayudan a cargar con la cruz (o sea, nosotros).

Somos muy variados, hay macizos, brevilineos, larguiruchos, retacones, regordetes o desproporcionados. Tenemos cabezas desordenadas, ojos de caramelos surtidos, con contornos de avellanas o almendras de Mongolia y narices rojas de rinitis, que se hacen gelatinosamente húmedas por el aire de la Barcelona tempranera. Niños de máscaras hermosamente tiernas. Diferentes, especiales caras de querer con olor acre que configuran su perfume favorito en un mundo de increíble regocijo laboral y sonrisas talladas con trocitos de dientes que te dicen: ¡Hay que reír! ¡Vamos señores, que la vida es un rosario de bromas que quiere vestirse de seria y los hombres malos no son tan malos si uno les despierta con una sonrisa!

Si por nosotros fuera, no habría ni terroristas ni “psicosomáticos”. Todo un avío de diferentes ofertas y necesidades de amor. Somos los chicos del Taller Cordada, los hijos de su vocación. Para los monitores, estar con nosotros es empaparse de lo cristalinamente humano, de la nobleza que encontramos muy lejos de las casas reales. Si así es la discapacidad, ¡qué forma más bella de capacitación! En todo caso, ¿Quién no padece una discapacidad? ¿Qué habrá en las capas más profundas de la cebolla?.
Para finalizar, y como regalo de año nuevo, este hermoso tema. Feliz 2026!!, que todo el amor del mundo los acompañe y que sigamos teniendo la hermosa posibilidad de seguir encontrándonos, para que por medio de mis notas, todos y cada uno de las que semana a semana la reciben, sepan que están en un lugar muy importante de mi corazón. ¡PROSPERO 2026!!,


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