


Dicen que el amor verdadero siempre encuentra la manera de rodar, aunque el mundo quiera pincharlo.
La llamaban La Loca de doce gajos. No por desquiciada, sino por libre. Era una pelota de fútbol de cuero curtido, cosida a mano, con doce gajos bien marcados que guardaban historias de barro, de potreros y de tardes eternas. Había nacido para rodar sin pedir permiso, para buscar pies nobles y destinos improbables.
Del otro lado estaban Los Piolines. Callados, pacientes, siempre firmes. Eran la red del arco, tejidos con hilo grueso y memoria larga. Muchos creían que solo estaban ahí para aguantar golpes, pero en realidad sabían abrazar. Sabían recibir. Sabían amar.
Entre La Loca y Los Piolines nació un amor imposible y eterno. No se hablaban, no se tocaban siempre, pero se buscaban. Ella viajaba por el campo como si el mundo fuera redondo solo para llegar a ellos. Ellos la esperaban tensos, abiertos, deseosos de sentir su peso y su verdad.
Quien entendía ese amor como nadie era El Negro Ademan. Un ser excepcional. Un tipo distinto. No los manejaba: los interpretaba. Con su voz de potrero y su mirada de periodista del alma, José Ademan Rodríguez sabía cuándo La Loca debía volar y cuándo Los Piolines debían estremecerse. Él no relataba goles: relataba encuentros. No gritaba cifras: gritaba sentimientos.
Pero como en toda gran historia, llegaron los villanos.
Los mercaderes del fútbol irrumpieron sin pedir permiso. Cambiaron el cuero por plástico, el hilo por marketing, la pasión por balances. Dijeron que el juego debía ser rentable, prolijo, previsible. Separaron a La Loca de sus Piolines. Le quitaron tiempo, barro, emoción. Intentaron convencer a todos de que el amor no importaba, que solo valía el negocio.
Y así, la historia fue interrumpida.
Hoy, La Loca de doce gajos sigue enamorada de Los Piolines. No los olvidó jamás. Los sueña. Los busca. Los ama como el primer día.
Y Los Piolines, a pesar de lo que muchos creen, ansían el encuentro. Porque las redes verdaderas nunca olvidan a la pelota que las hizo vibrar.
Ese encuentro se da en El Rincón de las ánimas. Ahí donde el fútbol todavía es sagrado. Donde los relatos no cotizan en bolsa y el gol vale más que cualquier contrato. Ahí, lejos de los detractores y de los mercaderes, La Loca vuelve a besar a Los Piolines.
Y El Negro Ademan está ahí. Vivo. Presente. Más vigente que nunca.
Con la palabra justa, la memoria intacta y el olfato de potrero que no se compra ni se vende. Sigue guiando a La Loca, sigue tensando a Los Piolines, y sigue recordándole a todos que, mientras exista alguien que crea en esta historia, no podrán destruir el juego más lindo del mundo.











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