


En la Argentina de hoy, una firma vale más que mil discursos. Y la decisión de Natalia de la Sota de acompañar el proyecto de Guillermo Michel para crear el Programa de Desendeudamiento de las Familias Argentinas desató una tormenta política que dice mucho más sobre el clima del Congreso que sobre la diputada cordobesa.
No fue el proyecto lo que generó ruido. Fue la foto. La coincidencia con Pichetto, Massot y Tolosa Paz activó la maquinaria habitual de la política: la fábrica de sospechas, operaciones y armados imaginarios. De pronto, un gesto legislativo se convirtió en la prueba de un supuesto reordenamiento opositor, de un peronismo transversal en gestación y de una Natalia de la Sota migrando hacia algún espacio mayor.
Como si en la Argentina ya no existiera la posibilidad de firmar un proyecto por convicción.
El mensaje de la diputada fue claro y brutalmente directo: “La política económica de Milei endeuda a los jubilados y a la clase media trabajadora”. No habló de alianzas. No habló de frentes. Habló de consecuencias sociales. Pero el sistema político leyó otra cosa: reposicionamiento.
Y ahí aparece el primer dato revelador: hoy todo se interpreta en clave electoral. No hay contenido, hay especulación. No hay proyecto, hay geometría política.
Desde su entorno salieron a enfriar la novela. Topo Rodríguez lo dijo sin rodeos: no hay armado, no hay acuerdo, no hay estrategia oculta. Hay una diputada que firma lo que considera correcto. Punto. Pero en un Congreso hipersensible, eso no alcanza. La aclaración no busca explicar una contradicción; busca frenar una operación.
Porque las lecturas no fueron ingenuas.
Un sector la quiso ubicar cerca de Pichetto y Massot, es decir, del universo Schiaretti. Una hipótesis débil, casi absurda, si se recuerda que De la Sota rompió políticamente con ese espacio y compitió contra él. Sería como volver por la ventana después de haber cerrado la puerta con llave.
Otro sector fue más lejos: la empujó hacia el kirchnerismo, hacia Axel Kicillof, hacia una supuesta órbita K. Esa es la vieja táctica cordobesa: si no te pueden neutralizar, te kirchnerizan. Es un reflejo automático del poder provincial cuando alguien se mueve por fuera de su radar.
No es casual que desde Defendamos Córdoba apunten al cordobesismo. Les resulta funcional instalar que Natalia de la Sota es parte de un espacio ajeno a Córdoba, cuando en realidad su identidad política es precisamente la contraria: autonomía, confrontación con Milei y distancia del oficialismo provincial.
El mensaje interno fue aún más duro: “En vez de operar, deberían preocuparse por gobernar bien la provincia. Así como van, pierden en 2027”. No es una frase suelta. Es una advertencia política.
Hoy Natalia de la Sota intenta algo incómodo para el sistema: ser oposición sin pertenecer a nadie. No dialoguista, no aliada, no contenida en ningún bloque grande. Un bloque unipersonal que confronta con Milei y no se subordina a ningún armado nacional.
Eso, en la política argentina, es casi una herejía.
La polémica deja una enseñanza: cuando una firma genera más ruido que una ley, el problema no es la diputada, es el Congreso. Y cuando una coincidencia legislativa se transforma en un rumor de armado electoral, queda claro que la política dejó de discutir ideas para discutir ubicaciones.
La gran incógnita no es qué hizo Natalia de la Sota hoy. La verdadera pregunta es si podrá sostener esa autonomía hasta 2027 o si la dinámica brutal del sistema terminará empujándola a un espacio mayor, quizás incluso al cordobesismo que heredó de su padre pero que hoy enfrenta.
Por ahora, su mensaje es simple: no hay alianza, hay posición. No hay armado, hay convicción.
En tiempos de especulación permanente, eso ya es un acto político en sí mismo.





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