


Por José Ademan Rodríguez
En el fútbol argentino hay dos certezas inmutables: la pelota es redonda y Chiqui Tapia siempre cae parado. No importa si el torneo tiene 28, 30 o 47 equipos; si hay descensos, semidescensos o descensos espirituales. El sistema puede crujir, pero el sillón de Viamonte permanece firme, como reliquia constitucional.
Estas semanas, sin embargo, el fútbol dejó de hablar de esquemas tácticos para pasar a otro tipo de esquemas. El caso Sur Finanzas apareció como esos nubarrones que nadie pidió, pero todos miran de reojo. Transferencias, intermediaciones, vínculos poco claros, rumores que caminan solos. Nada probado, dicen. Nada explicado, también.
En la AFA, el silencio no es ausencia de palabra: es método. Cuando el río suena, el fútbol argentino no pregunta de dónde viene el agua; pregunta si hay fecha el fin de semana. Y Chiqui Tapia lo sabe. Por eso no aclara, no niega, no confirma. Administra el misterio, que siempre fue más efectivo que la transparencia.
El dirigente moderno ya no rinde cuentas: gana tiempo. Y Tapia es campeón del mundo en esa disciplina. Mientras los dirigentes del interior cuentan monedas, los clubes se endeudan y los hinchas hacen malabares para pagar la cuota, la AFA funciona como un universo paralelo donde todo sigue igual, incluso cuando todo huele raro.
Pero cuidado: la Selección ganó todo. Y en la Argentina, el campeón del mundo tiene fueros morales. ¿Corrupción? No molesten, estamos festejando. ¿Escándalos financieros? Después del próximo amistoso. ¿Institucionalidad? Pregunten cuando se vaya Messi.
Sur Finanzas no es solo un nombre propio; es un síntoma. El fútbol como caja, la AFA como estructura política y Tapia como operador silencioso de un poder que no se vota, pero se perpetúa. Porque mientras el hincha discute penales, otros discuten contratos. Y mientras la tribuna canta, la política del fútbol se escribe en voz baja.
Chiqui Tapia no es un dirigente deportivo: es un producto típico del poder argentino. Dura, resiste, se rodea, espera. No necesita convencer: le alcanza con que nadie lo enfrente. En ese sentido, la AFA es un espejo incómodo del país: reglas flexibles, controles difusos y éxitos que justifican todo.
El problema no es Tapia. El problema es que el sistema lo necesita. Como necesita torneos incomprensibles, ascensos milagrosos y silencios estratégicos. Porque en la Argentina, cuando el poder se disfraza de fútbol, la política se pone botines y nadie le pide explicaciones.
Y así seguimos: campeones del mundo, últimos en transparencia. Con la pelota rodando, las preguntas en el aire y la certeza de siempre: en el fútbol argentino, lo único que no desciende es el poder...., ayer Grondona, hoy "Chiqui" Tapia.




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