Un consultorio con alma: historia de una clínica que hizo historia en Barcelona

PARA LEER EN PANTUFLAS Por José Ademan Rodríguez
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 Por José Ademan Rodríguez

Siempre supe que, si tuviera la suerte de un día abrir una clínica dental, no sería simplemente un lugar donde reparar muelas o colocar implantes.

Pero cuando conseguí abrir la clínica dental del barrio de San Andrés, en Barcelona, en la primera planta del mismo inmueble donde vivía, a pocas calles de la bulliciosa plaza Orfila, nunca imaginé que con el tiempo se convertiría en una pequeña familia. Muchos colegas hablan de la odontología como una profesión técnica que les hará ganar mucha guita. Y es verdad. Pero, para mí, era más bien una forma de acompañar a las personas: de escuchar, de calmar, de construir confianza con cada gesto, de intercambiar risas e historias.

Mucha gente cree que la odontología es dolor, incomodidad o temor. Yo me lo tomo casi como un reto personal: demostrarles que no tiene por qué ser así. Cuando un paciente entra estresado, me tomo el tiempo para hablarle, para explicarle paso a paso lo que haremos, para que sienta que está bajo control. Algunos me han dicho que nunca habían vivido una visita al dentista como una experiencia tan tranquila. Esas palabras valen más que cualquier diploma colgado en la pared.

Mi consulta debe haber nacido con esa filosofía escondida, y creo que eso explica por qué hoy, después de tantos años, sigue siendo un lugar que la gente recuerda con cierto cariño, y cada persona que me reconoce por la calle de esa época me saluda con una sonrisa.

Ahora recuerdo que cierto día, en una verdulería (estando jubilado), una paciente se acercó y me dijo amablemente:
—¿Cómo le va? ¿No se acuerda de mí?
—A ver, a ver… ¿la prótesis cómo está?
—Han pasado como diez años, ¿no?
—Bien, bien —me contestó ella con una bonita sonrisa—, pero se me mueve un poco al masticar.
—Serán los años, señora, o el cambio climático.
—Ay, doctor, usted siempre con sus bromas…

Lo más bonito de trabajar en una clínica de barrio es que con los años llegás a conocer a las familias de tus pacientes. Atendía a niños cuyos padres vinieron por primera vez cuando estaban embarazados. Curaba las muelas del abuelo que aún recordaba mis primeros días allí. Veía a adolescentes crecer, a parejas formar familia, a comerciantes jóvenes abrir su primer negocio. Como cuando fui al restaurante de Sharon, un joven hispano-chino que venía a mi clínica de chico y a quien las cosas le han salido muy bien, y que me recibe siempre como si fuera su tío.

A veces, después de una revisión, una paciente me cuenta cómo le va en el trabajo; otras veces, un vecino me trae un pastel casero “porque sí”; algún niño me regala un dibujo de un dentista con superpoderes. Todos esos detalles son recordatorios constantes de que mi labor es más que revisar dientes: es generar vínculos.

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Los que atravesaban la puerta de la clínica notaban inmediatamente que no estaban entrando en un consultorio dental convencional.

La clínica era un refugio donde se mezclaban risas, confianza y la satisfacción de ver a mis pacientes —mis vecinos— marcharse con una sonrisa más brillante que con la que habían entrado. Cuando miro atrás, recuerdo cada día en aquella consulta como un capítulo de una historia que se fue construyendo a base de pequeños gestos y grandes relaciones.

Mis enfermeras abrían el local todas las mañanas a las ocho, mientras yo dormía. En San Andrés mucha gente se conoce, y eso hacía que mi trabajo tuviera un toque mucho más personal. No trataba pacientes: trataba a Carmen, la dueña de la frutería de la esquina; a Julián, el cartero que nunca perdía la sonrisa; a Mariona, la niña tímida que jugaba en la plaza Orfila; y a tantos otros que ya eran parte de mi vida.

Recuerdo especialmente cómo me gustaba recibirlos. Nunca quise ser el típico dentista distante, frío y mecánico. Prefería saludar con un “¿Cómo estás, cariño?” o “¿Qué tal la familia?”, porque realmente me importaba saberlo. Y ellos, con el tiempo, dejaron de venir con temor a revisar sus dientes, sino también a pasar un rato divertido con ese “loquito”. Aquella clínica era pequeñita, eso sí, pero nunca le faltó alma.

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El ambiente que se respiraba allí dentro era casi un personaje más. Siempre tuve fotografías del Kiko o del Zurdo Rivadero colgadas en las paredes y un aroma a mate cocido que muchos me mencionaban apenas cruzaban la puerta. Eso sí, solo los familiares podían entrar en la cocina a tomarse unas cervezas. Me gustaba cuidar cada detalle porque creía firmemente que un buen entorno también curaba, o al menos ayudaba a que la gente se relajara.

Pero si había algo que realmente me distinguía era la manera en que sorprendía a mis pacientes. Y no solo para que no se dieran cuenta de la “picadura” anestesiante. A mí me gustaba sorprenderlos o montar un show. Los pacientes se iban a enterar de que no estaban allí solo para abrir la boca y ya; iban a participar activamente en el cuidado de su salud o, por lo menos, en el circo del doctor José. Esa transparencia generó una confianza que, con los años, se volvió un lazo irrompible.

Conseguí hacer bailar a la gente en la sala de espera, que algunos pacientes arrancaran a cantar tumbados en el sillón reclinable. Les contaba chistes absurdos.

Por eso nunca me sorprendió que muchos me llamaran “José” o “Negro”, como si fuera un miembro más de la familia. Recuerdo a una paciente que siempre decía: “Vengo al dentista, pero es mejor que estar en el sofá viendo tele”. Y aunque lo decía bromeando, a mí me cagaba de orgullo. Había logrado lo que siempre quise: que la clínica no fuera un lugar temido, sino parte natural del día a día del barrio, y sacarles esa cara de amargos que tienen los catalanes.

Una vez le dije a una señora que se largó un eructo mientras terminaba de enjuagarse la boca:
—Che, ya que está, ¿por qué no se tira un pedo?
Y se rió de vergüenza.

Una mañana me cayeron dos tipos borrachos que regresaban de una noche de fiesta. Uno tenía un diente podrido y no aguantaba más del dolor. Les di un chupito de orujo a cada uno y le saqué el diente al dolorido. Me abrazaron y juraron que volverían para pagarme.

Las tardes eran mis momentos favoritos. El sol entraba por la ventana con un tono anaranjado que llenaba la consulta de una luz cálida. A veces llegaban niños después del colegio, y yo aprovechaba para hacerles bromas mientras les enseñaba modelos de dientes gigantes que siempre causaban risas. Esos pequeños gestos creaban una complicidad que hacía que, con el tiempo, la mayoría perdiera el miedo al sillón dental.

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Una tarde María Jesús hizo pasar a un paciente a la sala y le dijo que se sentara, que el doctor ya venía. Y aparecí yo unos minutitos después vestido de tenista, con raqueta en vez de espejo bucal y shortcito incluido… pero eso sí, todo de blanco, como si fuera a debutar en la hierba de Wimbledon. El tipo no se lo podía creer. En esa época no había celulares para hacerse una selfie.

También recuerdo cómo, en ocasiones, los vecinos del barrio pasaban a saludar aunque no tuvieran cita. Alguien entraba con un “¡José, que pasaba por aquí!” y se quedaba diez minutos contándome cómo había ido el fin de semana. Aquellos instantes eran, para mí, la mayor prueba de que mi trabajo iba más allá de las encías y las caries. Yo formaba parte de la vida del barrio, y el barrio formaba parte de la mía.

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Con el tiempo, la calidad de mi trabajo comenzó a conocerse más allá de la calle Torres i Bages y de los conocidos. Recibía pacientes que venían recomendados desde otros barrios e incluso desde las afueras de Barcelona. Pero, aunque eso me alegraba, siempre mantuve la misma filosofía: tratar a cada persona con cercanía y respeto. Nunca quise que la clínica creciera tanto que perdiera ese espíritu íntimo que la hacía única. Pero igual inauguré dos clínicas más sobre este modelo, una en Nou Barris y otra en Montbau, así hacía trabajar a otros dentistas argentinos.

Recordando nombres: Luisa Kuyumllian, Aldo Stasisin, Adriana —una preciosa rosarina a quien hice entrar al San Rafael—, más otros argentinos como Daniel del Longo, el abuelo del jugador de fútbol Carlos Forzinetti, ya famoso con nueve añitos y pretendido por el Real Madrid y el FC Barcelona, y el inolvidable “Chopo”, Teófilo Sinplicio Deza. Aunque, paradójicamente, no fue un argentino el más destacado, sino un dentista chileno que resaltó en la ortodoncia ocupando un lugar preminente en el Hospital San Rafael: don Hugo Aravena, don bien merecido por lo caballero y su probada moral sin ninguna arrogancia. También hago referencia por su capacidad de liderazgo al doctor Arturo Pugach. De otra generación, el doctor Olmedo, el más elegante para conquistar a las mujeres (a quien yo le decía “cara de muerto”), contemporáneo del doctor Del Longo.

Gran parte del éxito de la clínica venía de mis enfermeras, y sobre todo de María Jesús, que entró muy joven y absorbió todo y le daba su toque personal. También mi hijo Néstor luego le puso su sello de calidad y seriedad, y en la actualidad sigue en otras clínicas con ese toque mío. Y ya les hablé en otra nota de Carmen Márquez, la Pepona, que luego estuvo formándose en Nueva York, donde acabó inventando el bebé probeta. Para ello dirigió el servicio de asistencia en el famoso Hospital Vall d’Hebron.

Como decía antes, mis enfermeras eran muy vivas y siempre me seguían la corriente en las bromas que hacía a los pacientes.

En cierta época me había dejado crecer la barba, bien negra, y saludé a un nuevo paciente que aún no me conocía. Le hice pasar a la salita para que tomara asiento. Le hice abrir la boca y empecé a mirarle los dientes. Y le dije: “Muy bien, espere un minuto y ya vengo”. Subí a mi piso en la planta de arriba, entré al cuarto de baño, saqué la afeitadora y me quité esa barba asquerosa.

Volví a entrar en la sala donde me esperaba el paciente. Me miró con cara rara. Y cuando me acerqué para tocarlo me paró el brazo y dijo:
—No, no, yo ya estaba con el otro doctor, ese barbudo argentino.

Un cagadón de risa. Tuvo que venir una enfermera a explicarle la jugada. No nos creía.

Allí, y con todo eso, encontraba cada día las razones para seguir adelante.

Una tarde que estaba comiendo en el Restaurante Marín, enfrente de la consulta, se me acercó un tipo alto con cara seria. Previo paso por la clínica y las enfermeras le dijeron que estaba comiendo enfrente. Era el jefe de policía del distrito de San Andrés. Lo invité a sentarse a mi mesa. Nos tomamos unos vinos charlando. Pasaron las horas. Me explicó que le dolía una muela. Pagamos la cuenta y le dije: “Vení, vamos a cruzar la calle que tengo las llaves de la clínica”. Entramos en la cocina (donde también tenía la nevera) y saqué una botella de whisky. Nos la vaciamos y entré a arreglar ese diente que tanto le dolía. Empezó ahí una gran amistad.

Una tarde, en la víspera de la fiesta de San Juan, habrán sido las cinco de la tarde (hora en que mueren los toreros), sentí un fuerte impacto. Me asomé por el patio trasero, escuché murmullos y gritos. Resulta que, de la piscina del edificio donde vivía, un joven se había caído desde el ático donde estaba situada la piscina. Inmediatamente me fui a la clínica. Vi su cuerpo. Era tan fuerte el impacto emocional que me produjo que no recuerdo casi nada, solo la palidez de su cuerpo y la sangre que corría por sus orejas. El resto se lo imaginan: policía forense y todo lo correlativo a una tragedia. Fui la primera persona que vio el cuerpo sin vida. Se había comentado que la clínica era un lugar de risas y familiaridad, y esto, poco antes de jubilarme, le puso un sello dramático y triste a mi santuario.

Hoy, cuando pienso en aquellos años, lo hago con nostalgia pero también con gratitud, más cuando veo en lo que se han convertido las nuevas clínicas dentales, sobre todo las cadenas. Mi clínica de San Andrés fue mucho más que mi lugar de trabajo: fue mi hogar profesional, mi punto de encuentro con personas extraordinarias y el escenario de historias que todavía llevo conmigo. Y aunque el tiempo haya pasado, cada sonrisa que ayudé a crear sigue siendo, para mí, un recordatorio de que, en el fondo y a pesar de todo, elegí lo mejor que podía y escogí a la mejor gente y el mejor lugar para hacer mi vida.

Ya mi vida se va… voy por los 86 años. Me arrepiento de no haber aprendido a jugar al ajedrez y de no haber escuchado nunca jamás una ópera.

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Solo el tango me alimentó musicalmente. Alguna vez algo de jazz, como Glenn Miller, Benny Goodman o Louis Armstrong, este último gracias al Negro Granados (fallecido), mi compañero de la secundaria, un genio tocando el piano que solía imitarlo.

Por último, Córdoba… “buaj”, qué asco: puro cuarteto, donde hasta el idioma lo degeneran, no se les cae de la boca el “pedazo de culiau”. En eso ha terminado la ciudad, haciendo un uso enfermizo y exagerado del cordobesismo que los enorgullece para colmo. Ya no se escuchan tangos en Córdoba, por eso solo me queda el recuerdo emocionado de don Eduardo Baravalle con su cantor, amigo mío, Abel Córdoba, que me visitó en Barcelona con motivo de la presentación con la orquesta de don Osvaldo Pugliese, y el mejor cantor, compañero de la facultad y periodista Marcos Marchini.

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