Diatriba contra una “progresía” boba y cómplice

OPINIÓN 18 de marzo de 2022 Por Jorge Fernández Díaz*
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“El paso decisivo para empezar un proceso de emancipación intelectual es darse cuenta uno mismo de que no hay ninguna obligación moral de ser de izquierdas”, lanzó Fernando Savater, y una vez más los navajeros de las redes sociales salieron a degollarlo.

El filósofo español, que tan bien conoce a los argentinos, escribe –con simple sentido común y sin supersticiones biempensantes– unas pequeñas columnas sabatinas y lapidarias en El País de Madrid y acaba de publicar en la Argentina un libro que las reúne y las supera, puesto que a cada pieza le ha agregado ahora una reflexión incisiva. La obra se llama Solo integral y trata acerca de la construcción del “progresismo” como lugar del bien absoluto y de supuesta superioridad moral (“la izquierda da fueros”, decía Néstor Kirchner para explicar su giro oportunista y su gran impostura), y también la perplejidad de un “socialdemócrata de toda la vida” al ver las falacias que dominan hoy ese territorio discursivo. “A los que me preguntan cómo he cambiado tanto –declara Savater– les respondo que (aparte de mi derecho a mejorar intelectualmente, reconocido incluso a tan provecta edad) la pregunta que deben hacer es cómo ha cambiado tanto la izquierda que yo conocí”. 

Significativamente, el ensayo comienza con la evocación de su mujer Sara (“inolvidable amor de mi vida”), que murió hace unos años y lo sumió en una profunda tristeza; uno adivina en seguida que ese episodio personal y devastador lo liberó también de cautelas. Savater fue siempre un enemigo acérrimo del nacionalismo, y la asociación del socialismo español con los separatismos le resultó intolerable, pero no se contenta aquí con ese aspecto sensible; avanza sobre todo el argumentario progre: denuncia que el rey está desnudo y paga el precio. Es que se vive más tranquilo en la silente aquiescencia a tanto prejuicio y estupidez que en las aguas abiertas y peligrosas del cuestionamiento.

En la página 36 de su compilación se muestra indulgente con las ideas revolucionarias de la primera juventud; sin embargo, advierte: “Si apenas han salido de la adolescencia hasta pueden emocionarnos con su arrebato justiciero por despistado que esté; pero esos maduros, esos viejales que se ufanan de ser más radicales aún que ellos y les piden ‘¡más, aún más!’, si fueran sinceros no habrían vivido tanto ni llegado a catedráticos. Creo que merecerían ser fusilados. Bueno, perdón, no quiero decir tanto, me dejo llevar por lo que censuro en otros: bastará con cien azotes bien dados y el ridículo en la plaza pública”.

No será la única vez en que se meterá con cierta casta universitaria. Citando al filósofo italiano Maurizio Ferraris en su libro La imbecilidad es cosa seria, repudia la generalización de un mal desempeño racional que se manifiesta como “ceguera, indiferencia u hostilidad a los valores cognitivos, más extendida entre quienes tienen ambiciones intelectuales”. Savater alude a quienes repiten, con veneración, verdaderas bobadas, eso sí, amparados en declaraciones de premios Nobel (telegrama para Stiglitz). Y después arremete contra varios pensadores europeos, entre ellos Alain Badiou –proponía como ejemplo virtuoso a los guardias rojos de Mao–; Toni Negri, que se jactaba de acciones terroristas –aunque “los peores delitos fueron los libros que escribió”–, y Jacques Rancière, que junto con los dos anteriores firmó en el diario Liberación una solicitada a favor de un etarra. “Más que de izquierda son siniestros –concluye su colega español–. No les interesan las víctimas salvo si las causan bombardeos yanquis”. Explica Savater que estos plúmbeos personajes explotan el rol del inconformismo, rebelándose contra el sistema (aunque sea el democrático), contra las actuaciones policiales y contra las penas de cárcel, pero siempre en los países capitalistas: “Los policías y los jueces de regímenes como Cuba y Venezuela suelen ser vistos con mejores ojos”.

En esa misma línea recuerda las “buenas intenciones” anotadas en las proclamas iniciales del marxismo soviético o de la Falange, y las relaciona con la “palabrería biensonante” que caracteriza al actual populismo progre: “Algunos hemos pasado el suficiente tiempo en Hispanoamérica como para saber lo que contienen realmente los socialismos bolivarianos que han vendido los cursis y tramposos ideólogos de Podemos desde el primer día –dispara Savater–. Ese populismo no es más que la democracia de los ignorantes, es decir, la forma de perder poco a poco los verdaderos contenidos democráticos para sustituirlos por exhibicionismo demagógico”.

Oscar Wilde le sirve para echar luz sobre un asunto crucial del peronismo. Wilde decía que el déspota mayor ya no era el príncipe ni el papa, sino el “pueblo”, que para Savater es “un invento de una élite que arrastra a los demás por donde quiere, pero haciéndoles creer que van por su decisión soberana”. Sarcásticamente, agrega: “El primer paso para que se afilien al Pueblo todos los incapaces de pensar por sí mismos es declarar que el Pueblo es inocente: siempre engañado o traicionado, pero nunca culpable”.

La misión suprema del populista –si lo sabremos nosotros– consiste en “congraciarse con la mayoría” para que “ésta obedezca mejor”. Observa también el autor algunos milagros semánticos: “fascista” sigue siendo un grave insulto y “comunista”, un piropo al buen corazón. “Si algún comunista ha hecho algo condenable, es que no era un verdadero comunista”, ironiza el filósofo Gregorio Luri. A la derecha se la juzga por sus peores torpezas y a la izquierda por sus mejores intenciones, sentencia el padre de Ética para Amador. Cuando los “capitalistas” aciertan, poseen a lo sumo “vicios espléndidos”, como de los paganos decía por conceder San Agustín. “Los aparentes aciertos o medidas bienhechoras de la derecha (hacer un excelente hospital en un tiempo récord para atender a pacientes de la pandemia, por ejemplo) deben estar en el fondo contaminados por negocios sucios o afanes publicitarios que los degradan a trampas políticas para incautos”. Savater se indigna: “Hoy cualquier ciudadano intelectualmente maduro sabe que ni la honradez administrativa ni la recta intención cívica son patrimonio de nadie; tampoco los tradicionales principios doctrinales blindan a ninguno contra los errores del Gobierno, ni siquiera contra las fechorías. Que las medidas sean calificadas de derechas o izquierdas ni las absuelve ni las condena”. El eco de sus diatribas cruza el océano y pega directo en el corazón del colectivo que ha dado una cierta respetabilidad –hoy francamente desgastada– a la rapaz acción de los señores feudales argentos, cuyos crímenes, latrocinios, insultos y autoritarismos cuentan con la complicidad de escritores, actores y músicos que operan con rapidez frente al mínimo desliz de sus “enemigos” y tienden mantos de silencio y protección a los “compañeros del palo”.

Finalmente, la palabra de Savater también nos resuena cuando sostiene que cualquier extremismo es erróneo: una “planta espinosa que crece en el abono de la ignorancia y el apresuramiento de juicio”. Eso no le impide cuestionar el uso político e interesado de los “delitos de odio”, y señalar “ciertos aborrecimientos que no solo no son reprochables, sino que los tengo por exigibles como prueba de salud moral”. Y señala un concepto final: “Quien proponga saltarse la ley por el bien del país, sea de derechas o de izquierdas, es un enemigo inequívoco de la democracia. Y en ese punto sí que me vuelvo extremista”. Queremos tanto a Savater.

 

 

* Para La Nación

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