Putin, la apuesta de Cristina y Alberto para las elecciones

OPINIÓN Por Fernando González*
El Presidente y la Vice necesitan, desesperadamente, las vacunas rusas que mejoren el clima para los comicios.
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La Argentina de Cristina y Alberto Fernández ha consagrado como máximo aliado estratégico a Vladimir Putin. Muerto Hugo Chávez, el realismo mágico de Nicolás Maduro no los convence. Al uruguayo Pepe Mujica y al boliviano Evo Morales los ven pasando a un segundo plano. Y es posible que Lula tenga chances de retorno si Jair Bolsonaro sigue derrapando. Pero todavía es prematuro. Y, aunque lo evalúan como un demócrata amistoso, la apuesta cada vez más notoria de Joe Biden contra el populismo y la corrupción en América Latina, también lo opacó en la agenda de los Fernández.

Por eso, el hombre es Putin. Para colmo, en el comienzo de la pandemia, el ruso desenfundó la vacuna Sputnik V y se metió de lleno en la pulseada geopolítica donde compite con los Estados Unidos, con Europa y con China. Vladimir ha salido a hacer campaña sobre la base del prestigio histórico del Laboratorio Gamaleya y prometió inundar el planeta con la vacuna a la que bautizó con el mismo nombre que Rusia le puso a su primer satélite especial en 1957. Aquella era una batalla por conquistar el espacio. En esta se trata de defender al cuerpo humano de un virus muy peligroso.

Putin tiene, desde hace tiempo, una excelente relación con Cristina. Y pasados unos meses de la pandemia, la Vicepresidenta reactivó el contacto al recibir en el Senado al embajador ruso en Buenos Aires, Dimitri Feoktistov. Tres meses después, ubicó a su ex vicecanciller, Eduardo Zuain, como embajador argentino en Moscú. La candidata para ese lugar era la gremialista K, Alicia Castro, quien perdió la oportunidad después de renunciar por Twitter, enojada porque la Cancillería avaló un informe de las Naciones Unidas contra las violaciones de los derechos humanos que el régimen chavista perpetra en Venezuela. A la azafata la perdió su ansiedad. Hoy casi nadie discute al chavismo en la política exterior argentina. Y pocos temas están tan concentrados en las manos de la Vicepresidenta como la relación con la Federación Rusa.

De esa relación con Putin surgió el viaje secreto a Moscú de la actual ministra de Salud, Carla Vizzotti, y de la asesora presidencial Cecilia Nicolini. Días después, fue el propio presidente el que anunció que Rusia le vendería la Sputnik V a la Argentina. En medio de aquella euforia oficial, el Gobierno anunció que vendrían 10 millones de vacunas en diciembre y otros 15 millones de Sputnik en enero. La ilusión duró muy poco. La Casa Rosada fue corrigiendo los números a medida que las vacunas se retaceaban desde la capital rusa. Y el fin de semana pasado recién llegaban a 2,5 millones: 1,66 millones de la primera dosis y poco más de 800 mil para la segunda.

La falta de vacunas se fue convirtiendo en el mayor problema del Gobierno. Peor que la caída estrepitosa del PBI, que la presión inflacionaria y que el aumento combinado del desempleo y la pobreza. Porque no hay placebo que reemplace la ausencia del medicamento y porque, a las puertas del invierno, la suba de contagios y la posibilidad de un colapso en los centros de terapia intensiva representan la pesadilla más temida por todos los dirigentes a cargo de gestiones ejecutivas. Ante ese escenario, el Frente de Todos está apostando todo su esfuerzo político a la suspensión de las PASO y las elecciones legislativas. El kirchnerismo necesita el tiempo que las vacunas no le están dando.

Como si la dificultad con las vacunas no fueran suficiente problema, Alberto se contagió de Covid. El mismo ha dicho que casi no ha tenido síntomas y que matiza las horas entre la gestión y el ensayo de las últimas canciones de Litto Nebbia. Pero el contagio de Fernández abrió un interrogante sobre la efectividad de las Sputnik, tanto que el propio Putin lo llamó personalmente para saber de primera mano cómo estaba el primero de los 18 presidentes en contagiarse después de haberse dado la vacuna.

“Si no hubiera sido por la vacuna, la estaría pasando muy mal”, fue la frase con la que Alberto intentó blindar cualquier posibilidad de críticas a la Sputnik. Y aprovechó la intimidad del diálogo para preguntar si podrá acelerarse la distribución de más vacunas hacia el país. “Argentina es nuestra prioridad; haremos lo necesario”, fue la respuesta de Putin, con la cuota de optimismo y de imprecisión diplomática en estos casos. El Covid del presidente argentino ha sido una señal de alerta para el Fondo Ruso de Inversión Directa, que custodia el negocio de la vacuna y espera una retribución cercana a los 3.000 millones de dólares porque ya ha sido aceptada en 36 países y mantiene encargos que van camino a los 300 millones de dosis.

Las dificultades que viene teniendo la vacuna de AstraZeneca y el sospechoso desacuerdo con el laboratorio Pfizer, convirtieron a Putin y a su vacuna en la apuesta desesperada de Cristina y Alberto para llegar en mejores condiciones sanitarias al momento crucial de las elecciones legislativas.

Claro que el ruso es un aliado siempre peligroso e impredecible. Es mejor mantenerlo en el círculo de los amigos. Porque quienes se convirtieron en sus enemigos no la han pasado bien. El empresario Vladimir Gusinsky debió exiliarse en Israel después de ceder la mayoría de sus bienes en Rusia. El agente de inteligencia, Alexander Litvinenko, terminó envenenado en Londres con una taza de té con polonio. Y el dirigente opositor, Alexei Navalny, va perdiendo su salud en una prisión rusa tras haber sobrevivido a otro envenenamiento, en este caso con Novichok. Lo procesaron por un supuesto robo en 2009 mientras Europa y Estados Unidos piden por su libertad.

Putin lleva diecisiete años en lo más alto del poder. Y ha reformado la constitución rusa para seguir allí hasta el 2036 si lo acompaña la salud. Hasta ahora, tiene la determinación, tiene el tiempo y también tiene las vacunas para intentarlo.

 

 

* Para Clarín

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