¿Sudacas los Argentinos?

LECTURA DEL DOMINGO Por José Ademan RODRÍGUEZ
No son sudacas, ni lo hubieran sido nunca, gente como Juan Manuel Fangio, René Favaloro, Sebastián Viberti, Raúl Longhi, Roberto de Vicenzo, Roberto Fontanarosa, Les Luthiers....
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Leí hace ya bastante  tiempo unas afirmaciones (en la revista Gente) de un periodista referente a lo “difícil que es ser argentino en España”. Entiendo que todo se ve de acuerdo  al color del cristal con que se mire. Pero una verdad a medias puede ser peor que una mentira y más si se la utiliza para manipular noticias. 


Parece ser que se ofendió el hombre por aquello de “sudaca”, y además, remarcó que tener acento argentino en España puede ser grave. Hasta habló de una “guerra”. Habrá establecido, digo yo, una guerra contra su propia estupidez. Con razón el premio Nobel Octavio Paz afirmó que nuestros compatriotas se suicidan todos los días arrojándose desde lo alto de su soberbia (aunque él sí se hubiera suicidado, y sin alegorías, de saber cómo se iban a pelear sus íntimos por la herencia).


 
 
Les explico: esto comenzó en la década de los setenta, cuando los argentinos comenzaron a emigrar desde nuestro país (pobre, injusto, desquiciado, clasista, violento y sin esperanzas). 


Curiosamente, se trata de las mismas causas que en el siglo pasado habían provocado la emigración a la inversa, que fuera tan fecunda para Argentina en todos los campos, como lo expresa el historiador Félix Luna en un artículo posterior en la mencionada revista.


 

Los miles de argentinos que llegaron a España fueron recibidos con “curiosidad y “simpatía”, ya que muchos regresábamos a la tierra de nuestros mayores. En realidad, para ser más especificos, esa tierra era Galicia. La curiosidad sobre todo se debía a que, a pesar de saber que la situación en “aquel país” no era la ideal, no se comprendía cómo se podía abandonar ese “mítico y abundante país”. Y se nos preguntaba hasta el cansancio: “¿Pero cómo puede suceder esto siendo Argentina tan rica?” Ganados por la nostalgia pensábamos: “Sí, ¿cómo puede suceder esto siendo una tierra tan rica?”. Y fuimos por un tiempo los “simpáticos argentinos” que tienen esa forma de hablar “tan dulce, tan melosa…”. 


 
Es cierto. Dentro de una ola migratoria se filtran deshonestos y vagabundos, como dijo el periodista ese... Por regla general, los emigrantes no son “lo peor” de cada casa, ni lo “mejor” tampoco: son como los que se quedaron, así de simple. Pero el problema de nuestra emigración era al revés, pues resulta que los infiltrados fueron unos pocos virtuosos; los demás, la mayoría, se empecinaron en pagar afecto con estafa y solidaridad con burla. Utilizar términos ingenuos como “diabluras y barrabasadas”, para pretender justificar las innumerables calamidades y canalladas de todo tipo que fueron provocando al paso de los años, es también falsear la verdad. 


 
Al cabo de un tiempo, aquella simpatía y tolerancia fue cambiando hacia actitudes defensivas y de precaución. Nos fuimos ganando a pulso, paso a paso, minuto a minuto, nuestra “fama”. Es larga la lista: alquileres impagos, desvalijamiento de apartamentos alquilados, obtención de créditos y fuga subrepticia, teléfonos reventados, documentación falsa, etc., etc., etc. Yo también he cambiado de actitud con respecto a mis compatriotas. Si cae alguno por Barcelona (a excepción de amigos) e insinúa si no tengo un rinconcito, le digo que tengo habitaciones redondas.


 
Así se fue gestando la “nueva criatura”, por méritos propios, que al fin vio la luz... Como verán, el término sudaca no nace de un día para otro... Dejamos de ser los "emigrantes simpáticos" para ser ya, definitivamente, los “SUDACAS”. Se pasó a ser, en general, indeseable y hasta se comenzó a contar chistes sobre nosotros. Ya fue común escuchar: “¡Oye! ¿Sabes el último de los argentinos?” "¿Sabes cómo ladra un perro argentino? Estooo... ¡¡guau!! ¿Y cómo llaman al puchero? ¡¡Estooo...fau!!"; chistes boludos, como ustedes verán... Y esto nos comenzó a molestar también…  ¿Cómo puede ser que se rían de nosotros que somos tan vivos?


 
Los argentinos no nos damos bola en el exterior. La insolidaridad ha sido uno de los rasgos más salientes de esta emigración. Lograr una asociación cultural, deportiva o social ha sido imposible. O fundar un diario, formar compañías artísticas… es impensable si no tiene como finalidad otra cosa que no sea la renta económica. ¿Fundar un banco donde fueran a parar los ahorros de miles de compatriotas? Sería lo mismo que meter una gallina en una madriguera de comadrejas. Aquella emigración española quizá fuera menos culta, pero nos superaba infinitamente en valor ético y moral, fundamentos éstos mucho más valiosos para el soporte de una sociedad.
 


Las pocas reuniones que se hacían al comienzo entre nosotros, con el rescoldo de la añoranza, tibio aún, fracasaron estrepitosamente, ya que sólo servían como escaparate de fatuidades, para hacer alardes sobre el Rolex comprado, a ver quién tenía el Mercedes Benz más nuevo, o quién vivía en el ático más céntrico, grande y caro, tres de las máximas debilidades argentinas para paliar el crónico complejo de inferioridad. La vanidad quizá sea la causa de nuestra tristeza. Lo quiso decir hace unos años Bioy Casares; luego de recibir el Premio Cervantes de las Letras, le preguntaron si sus éxitos habían aumentado su vanidad. “No" -contestó- "En general fui y soy feliz, y la vanidad es incompatible con la dicha”.
 
 
 
¿De manera que organizar una reunión? ¡Que va! Hubo a quien se le ocurrió festejar un 12 de octubre con un asado con cuero en Castelldefels… Ideal para la nostalgia, aunque debió suspenderse por agresiones: “¡Si a vos te conozco! ¡Allá eras un muerto!”, ante la mirada atónita de los españoles presentes. Frase minimizante por excelencia. En Argentina, el panteón equivale a la casa adosada, glorificación inmobiliaria del fiambre. Así no da tanta sensación de haber muerto. Paradojalmente, la mayoría de compatriotas no han podido terminar nunca la casa de vivir la vida. Así pues, a los difuntos y a los vivos se les valora por sus moradas.


El “agrande” nuestro llega hasta cuando ayudamos a alguien, porque nadie es "tan generoso" como nosotros. La supuesta ayuda de Perón a España con los embarques de trigo, durante el aislamiento, fue utilizada durante años, y hasta ahora, como un acto caritativo por parte de nuestro gobierno, cuando en realidad fue un negocio y un acto político. Y digo Negocio porque fue pagado totalmente por las autoridades españolas y Político, porque son archiconocidas las inclinaciones ideológicas del peronismo hacia Franco (en algunos aspectos). Y al fin, si hubiese sido un acto de generosidad (por el cual nos deberían favores eternos), no se le debería hacer tanto bombo. A la caridad se la ejercita, no se la pregona; cae silenciosa, discreta, mansamente, naturalmente… como la nieve. El bien no hace ruido... Y el ruido no hace bien. 
 
Pero es de reconocer que a España se la bloqueó económicamente con el pretexto de la dictadura franquista, y Perón se puso del lado del “perjudicado” en contra de la opinión de los aliados, rompiendo el bloqueo, sin importarle que los norteamericanos le llamaran fascista. Eva Perón declaró en su gira por España: “Si enviarles trigo es fascismo, que nos llamen fascistas”.
 

No son sudacas, ni lo hubieran sido nunca, gente como Juan Manuel Fangio, René Favaloro, Sebastián Viberti, Raúl Longhi, Roberto de Vicenzo, Roberto Fontanarosa, Les Luthiers, Pizzi, los cantores Julián Córdoba y Fernando Ríos Palacio, el pianista mendocino Martín Fernández (los dos últimos con 22 años desgranando música por Barcelona), el guitarrista Daniel Barrera, Augusto Torres "el Duende" y el gastrónomo Sebastián Martínez (allí, en su boliche “El racó de tots”, deambularón los últimos nostálgicos de esa setentona raza con ojeras de argentinos que tiende a extinguirse). Tampoco incluyo a la mayoría de profesionales que ejercen aquí en España. Y esto también merece una reflexión, ya que fue muy criticada la actitud inicial de no reconocer la titulación profesional por parte del Ministerio de Educación español. Sin embargo, al menos en mi época de profesional en la Argentina, era imposible el reconocimiento de un título profesional si no se hacía la reválida total de la carrera universitaria. Y es más, se llegaba a la ridiculez de no reconocer materias aprobadas en distintas universidades del país. No se quiso entender que la negativa aquí era una lógica medida precautoria frente a una posible avalancha de profesionales como luego ocurriría.


Por suerte, a día de hoy, se ha atenuado el termino "Sudaca", ya no se escucha tanto... Hasta algunos nos admiran, como acá en Barcelona, cuidad con el nivel cultural más alto y rico de España, gracias a gente como Ricardo Darín, a través del Cine y Teatro, Héctor Alterio, el gran director de Cine Juan Jose Campanella con su obra "VIENTOS DE AGUA"... todos ellos, gente que han borrado el mal recuerdo de ese cínico y despreciable ser en el que se convertió Maradona.

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