¿MAS POLICÍAS ES MÁS SEGURIDAD?

EDITORIAL Por
Un tema difícil, y nunca resuelto. Patricia Bullrich no tiraba gendarmes por la ventana: un balazo por la espalda solucionaba el tema. Esta situación no puede prolongarse ni un minuto después de la asunción de las nuevas autoridades. La ministra designada tiene todo el conocimiento y la idoneidad para resolver esta difícil cuestión
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Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba

Sabina Frederic, quien estará en pocos días al frente del Ministerio de Seguridad, es autora de un ensayo acerca del nivel de seguridad en función de la cantidad de policías en la calle. La revista Anfibia, de la Universidad Nacional de San Martín lo publica con un encabezamiento en el que expresa: “En este ensayo, Sabina Frederic analiza la política criminal argentina y cuestiona a partir de estadísticas que el incremento geométrico de policías en la calle sea una respuesta eficaz. 

Es probable que, si se realiza una encuesta, haya mayoria de opiniones favorables a incrementar lo más posible la presencia policial: tendemos a pensar que de esa forma estaríamos más seguros, aunque las estadísticas lo desmientan. 

Uno puede preguntarse cómo puede ser que, habiendo más profesionales dedicados a cuidar a los ciudadanos, no se obtengan mejores resultados. Se me ocurren algunos argumentos para explicarlos. 

Asumamos que en la población en general existe un porcentaje X de ciudadanos decentes, y por lo tanto Y=100 – X que no lo son. ¿Qué pasa si las mismas proporciones se verifican entre las fuerzas de seguridad? 

Lo primero que ocurre es que a los deshonestos se les brindan enormes posibilidades delictivas, que seguramente una mayoría de los ciudadanos proclives a violar las leyes no tienen, o al menos no se sienten tentados a ejercerlas. 

El agente de seguridad, por su función está dotado de un considerable grado de arbitrariedad y, cabe decirlo, también de impunidad. Es difícil para el ciudadano común reaccionar contra actitudes prepotentes o discriminitorias por parte del personal policial. La crónica registra diariamente episodios paradigmáticos en ese aspecto. Hemos visto con la más absoluta claridad a través de videos muy nítidos cómo un policía actuando con total salvajismo aplica una patada a un hombre sin postura agresiva, determinando -preterintencionalmente o no- su muerte. También otro episodio que termina con un ciudadano -protagonista de un confuso episodio contra ¿contra? los tripulantes de un patrullero- acribillado y rematado a balazos una vez indefenso. Los femicidios protagonizados por policías se dan asimismo con alarmante frecuencia. 

Pero avanzando en las jerarquías encontramos verdaderas organizaciones criminales en el seno de las fuerzas de seguridad. Narcotráfico, bandas de asaltantes comunes y otros tipos de asociaciones delictivas aparecen a diario a través de toda la geografía nacional. 

En fin, lo que es evidente es que, a pesar de que sin duda un enorme porcentaje de los integrantes de las fuerzas son personas honestas, los pocos que no lo son tienen una capacidad de acción dañina muy superior al del individuo común.

Por cierto no basta con reducir el número de efectivos. Es necesario un control muy estricto de los antecedentes de quienes se postulan para ingresar a las fuerzas, conjuntamente con la más amplia y estricta batería de tests para detectar tendencias alejadas del equilibrio psíquico y la templanza necesarios para su delicada función. 

Indudablemente también se requiere que los planes de formación del personal, en los distintos niveles estén programados y conducidos por gente de razón y no de fuerza, con los contenidos correspondientes.

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