Bullrich y el desgaste de un poder que empieza a crujir

OPINIÓN06 de noviembre de 2026Ricardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

Caricatura política en crisis económica

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La política argentina tiene una particularidad que suele repetirse cuando los gobiernos atraviesan sus primeras dificultades: quienes contribuyeron decisivamente a construir una victoria electoral comienzan a preguntarse cuánto de ese capital político conservarán cuando llegue el momento de pagar los costos de la gestión. Patricia Bullrich parece haber ingresado en esa etapa. La reunión reservada que mantuvo con dirigentes de su confianza dejó al descubierto una preocupación que excede largamente las discusiones por los espacios de poder dentro de La Libertad Avanza. Lo que empieza a inquietar a su entorno es la posibilidad de que Javier Milei llegue a 2027 con una economía que no haya conseguido traducir la estabilización en una mejora perceptible para la mayoría de los argentinos y con un desgaste político difícil de revertir.

No se trata necesariamente de una rebelión contra el Presidente ni de una conspiración para construir una candidatura alternativa. Sería apresurado interpretar el encuentro en esos términos. Sin embargo, cuando quince dirigentes se reúnen alrededor de una figura política para discutir el rumbo económico, el humor social, el funcionamiento del Gobierno y las perspectivas electorales, resulta evidente que existe algo más que una simple coordinación de actividades. Hay una necesidad de revisar el camino recorrido y, sobre todo, de anticiparse a un escenario que podría resultar bastante menos favorable que el imaginado por el oficialismo.

La principal preocupación tiene un fundamento concreto: la estabilidad macroeconómica, por sí sola, no garantiza la recuperación del respaldo popular. El Gobierno consiguió instalar la idea de que el orden fiscal y la disciplina monetaria constituyen condiciones indispensables para salir de la crisis, pero todavía debe demostrar que ese esfuerzo puede convertirse en mejores salarios, mayor consumo, más empleo y oportunidades para las empresas. La distancia entre los indicadores que exhibe el equipo económico y la experiencia cotidiana de una parte de la sociedad representa uno de los principales riesgos políticos para Milei.

En esa discusión aparece una cuestión que el oficialismo no debería subestimar: el cansancio social. La paciencia de los ciudadanos no es un recurso ilimitado y tampoco puede administrarse exclusivamente mediante explicaciones técnicas. Los sectores que acompañaron inicialmente al Presidente porque estaban convencidos de que era necesario modificar profundamente el modelo económico pueden comenzar a revisar su adhesión cuando comprueban que los sacrificios continúan y los resultados tardan en llegar. Particularmente entre los jóvenes, cuya expectativa de movilidad económica fue una de las banderas que impulsaron el fenómeno libertario, la frustración puede convertirse en un problema electoral.

Las medidas anunciadas por Luis Caputo para aliviar la situación de las pequeñas y medianas empresas constituyen, en ese sentido, una señal positiva, aunque también revelan que el Gobierno comienza a reconocer la necesidad de atender problemas que no se resuelven exclusivamente con el equilibrio de las cuentas públicas. La suspensión de los embargos de ARCA hasta mayo de 2027, la ampliación de los planes de pago de obligaciones fiscales y las nuevas alternativas de financiamiento representan un alivio para empresas que necesitan oxígeno para continuar funcionando. Pero la pregunta que surgió en el entorno de Bullrich es por qué esas decisiones no llegaron antes. Cuando una empresa está comprometida financieramente, el tiempo también forma parte del problema.

El interrogante político es todavía más delicado. Milei conserva una base electoral que difícilmente pueda considerarse desaparecida, pero las señales de rechazo que comienzan a aparecer obligan a revisar algunas certezas. La oposición kirchnerista puede seguir representando un límite para muchos votantes, aunque sería un error suponer que ese rechazo garantiza automáticamente la continuidad del oficialismo. Los electores pueden desconfiar del pasado sin estar necesariamente satisfechos con el presente. Y entre esas dos sensaciones puede abrirse un espacio de incertidumbre que termine definiendo la próxima elección presidencial.

En ese escenario, Bullrich enfrenta su propia disyuntiva. Su trayectoria política, su identificación con las posiciones firmes en materia de seguridad y su protagonismo durante la campaña de 2023 le proporcionan una identidad que no necesita pedir prestada al mileísmo. Sin embargo, también sabe que su incorporación al Gobierno y su actual responsabilidad como senadora nacional y presidenta del bloque de La Libertad Avanza la colocan dentro de una estructura cuyo principal conductor es Milei. Diferenciarse demasiado podría perjudicarla, pero aceptar sin cuestionamientos todas las decisiones de la conducción también podría terminar diluyendo su personalidad política.

La discusión sobre la conveniencia de incorporar mayores gestos de cercanía y sensibilidad frente a los problemas cotidianos refleja esa tensión. No necesariamente se trata de abandonar las convicciones que construyeron su trayectoria, sino de comprender que una sociedad puede reclamar orden y autoridad y, al mismo tiempo, esperar respuestas concretas frente a sus dificultades económicas. La firmeza política no debería confundirse con la incapacidad de escuchar. Tampoco la sensibilidad debería convertirse en una modificación oportunista del discurso.

Pero las diferencias más profundas parecen encontrarse en el funcionamiento interno del oficialismo. La mesa política que conduce Karina Milei concentra las decisiones y genera malestar entre dirigentes que consideran que su participación en la construcción de la mayoría gubernamental no se corresponde con el espacio que reciben a la hora de definir estrategias. Las críticas al centralismo, a la falta de consultas y a los procedimientos legislativos revelan un problema de organización que puede adquirir mayor dimensión cuando comiencen las negociaciones electorales.

El malestar con Martín Menem por la comunicación tardía de los dictámenes y la falta de tiempo para estudiar y defender iniciativas constituye un ejemplo de esa dificultad. No es razonable exigir disciplina parlamentaria a dirigentes que, en ocasiones, reciben información sobre decisiones relevantes cuando prácticamente ya no tienen margen para intervenir. La lealtad política no debería significar obediencia automática ni la eliminación de los mecanismos de deliberación.

Aquí aparece una diferencia que el Presidente debería comprender: respaldar su liderazgo no implica aceptar que todas las decisiones sean tomadas por un círculo reducido. Bullrich y sus dirigentes reivindican haber contribuido a la construcción de la mayoría que permitió derrotar al kirchnerismo. La dirigente obtuvo el 23,85% de los votos en la primera vuelta de 2023 y luego convocó a sus seguidores a acompañar a Milei en el balotaje. Ese antecedente constituye un capital político que su entorno considera vigente y que pretende hacer valer cuando se distribuyan responsabilidades y candidaturas.

La posibilidad de conformar un subbloque legislativo quedó descartada, lo cual demuestra que todavía existe voluntad de preservar la unidad. Pero esa decisión no elimina las diferencias ni resuelve el problema de representación. El bullrichismo quiere conservar una identidad propia sin quedar condenado a una posición marginal dentro del oficialismo. Es una pretensión comprensible, aunque también supone un equilibrio difícil de sostener cuando las ambiciones individuales comienzan a mezclarse con las necesidades electorales.

La fotografía de Palermo tuvo, por eso, un significado que excedió el registro de una reunión de trabajo. Bullrich necesitaba mostrar que conserva una estructura política, dirigentes territoriales y capacidad de convocatoria. No anunció una candidatura presidencial ni planteó una ruptura con Milei, pero dejó en claro que no pretende llegar a 2027 sin capacidad de negociación.

El problema para el oficialismo es que las diferencias internas pueden convertirse en un síntoma de algo más profundo si la economía no consigue mejorar el humor social. Milei necesita que sus aliados continúen acompañándolo, pero también necesita ofrecerles razones para hacerlo. La unidad no se construye solamente reclamando lealtad ni distribuyendo lugares en una fotografía. Se construye compartiendo decisiones, responsabilidades y resultados.

Bullrich conoce demasiado bien la política argentina como para desconocer que las alianzas electorales suelen ser sólidas mientras existen expectativas de poder y mucho más frágiles cuando aparecen las dificultades. Su movimiento parece orientado a preservar una alternativa de influencia dentro del oficialismo, sin precipitar una ruptura que hoy podría resultarle inconveniente. El interrogante es si Milei comprenderá que necesita conservar a quienes lo acompañaron en su ascenso o si continuará interpretando cualquier diferencia como una amenaza a su autoridad.

En definitiva, la reunión dejó una advertencia que el Presidente haría bien en escuchar. La economía puede ofrecer una oportunidad de recuperación, el kirchnerismo puede seguir siendo un adversario electoral debilitado y la oposición puede tener dificultades para encontrar un liderazgo competitivo. Pero ninguna de esas circunstancias garantiza una victoria. Si el Gobierno pretende conservar el poder en 2027, deberá demostrar que el sacrificio tiene un horizonte concreto y que su proyecto puede ofrecer algo más que resistencia frente al pasado. Porque una cosa es ganar una elección prometiendo cambiar la Argentina y otra, bastante más compleja, es convencer a los argentinos de que el cambio finalmente llegó.

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