La CGT mira desde afuera

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Reunión cerrada, sindicatos fuera

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El peronismo pretende reconstruir una alternativa electoral frente a Javier Milei, pero todavía no logra resolver una de sus contradicciones más persistentes: la relación entre la dirigencia política y el movimiento obrero. La última reunión de sus principales referentes volvió a poner en evidencia que la unidad proclamada hacia afuera convive con una desconfianza profunda puertas adentro. Mientras los dirigentes partidarios discuten cómo evitar una nueva derrota electoral, los sindicatos advierten que pueden terminar convertidos en espectadores de una estrategia que también pretenden protagonizar.

La exclusión de la CGT de la cumbre realizada en la Casa de La Pampa no fue un detalle de organización ni una simple omisión en una agenda cargada de urgencias. Fue una señal política. Por segunda vez, después del encuentro del 11 de agosto en el Hotel Emperador, los principales referentes del peronismo se sentaron a discutir el futuro sin convocar formalmente a la conducción sindical. En un espacio que históricamente reivindicó la alianza entre trabajadores y dirigentes políticos, la ausencia vuelve a exponer una pregunta incómoda: ¿qué lugar le reserva el PJ al movimiento obrero en la construcción de una candidatura competitiva para 2027?

Axel Kicillof, Sergio Massa, Máximo Kirchner, los presidentes de los bloques legislativos Germán Martínez y José Mayans, además de gobernadores y otros referentes partidarios, participaron de una conversación que tuvo como trasfondo la necesidad de ordenar las diferencias internas. El objetivo compartido es evitar que las disputas por el liderazgo terminen favoreciendo la continuidad de Milei. Sin embargo, la búsqueda de acuerdos tropieza con una dificultad elemental: todavía no existe consenso acerca de quiénes deben sentarse a la mesa donde se definan las reglas de esa reconstrucción.

La reacción sindical expresa algo más que una susceptibilidad corporativa. Gerardo Martínez, dirigente de la UOCRA y secretario de Relaciones Internacionales de la CGT, cuestionó que se presentara como una cumbre peronista una reunión que no incluyó a todos los sectores del movimiento. Su planteo apunta al fondo del problema: después de la derrota de octubre de 2025, el peronismo necesita revisar sus responsabilidades, recuperar credibilidad y construir una conversación política que no se limite a los acuerdos entre dirigentes conocidos.

En esa discusión aparece una de las principales debilidades de la oposición. La llegada de Milei al poder no puede explicarse únicamente por el cambio de humor de la sociedad ni por el atractivo de un discurso disruptivo. También obliga a examinar los errores de quienes gobernaron, las disputas que desgastaron al espacio y la distancia que se abrió entre una parte de la dirigencia y sus representados. Pretender volver a convocar a los mismos sectores sin revisar esas conductas supone correr el riesgo de reconstruir una estructura electoral sin resolver las razones que contribuyeron a su deterioro.

Pero la CGT tampoco está libre de responsabilidades. Su reclamo de participación pierde fuerza cuando los propios dirigentes sindicales aparecen divididos frente al Gobierno, sin una estrategia común y con diferencias sobre cuánto confrontar, cuánto negociar y qué relación establecer con los distintos sectores del peronismo. Para los referentes partidarios, esa ambigüedad representa un problema concreto: no quieren incorporar a una mesa de decisiones a dirigentes que después puedan tomar caminos diferentes cuando llegue el momento de enfrentar las reformas oficiales.

La discusión por el decreto de necesidad y urgencia 70 constituye un ejemplo de esa desconfianza. La ausencia de siete diputados impidió reunir el quórum necesario para avanzar con su derogación, y dos de ellos tenían procedencia sindical. El episodio alimentó el malestar de quienes consideran que el movimiento obrero reclama influencia política, pero no siempre garantiza una conducta legislativa alineada con las prioridades del bloque. La contradicción es evidente: los gremios piden lugares en la estrategia opositora mientras sus representantes pueden convertirse, por acción u omisión, en un factor que debilita esa misma estrategia.

La respuesta de algunos dirigentes del PJ, según la cual los intereses sindicales ya estaban representados a través de Kicillof y Massa, revela otra diferencia de concepción. Una cosa es considerar que un gobernador o un dirigente político puede transmitir las inquietudes de los gremios y otra muy distinta es reconocerles autonomía para intervenir en las decisiones. La representación indirecta puede resultar funcional para quienes buscan controlar la mesa de negociación, pero difícilmente satisfaga a una estructura sindical que pretende discutir candidaturas, programa y distribución de responsabilidades.

El conflicto tampoco nació con esta última reunión. Durante los años de mayor predominio de Cristina Kirchner, el sindicalismo tampoco consiguió el protagonismo que reclamaba, mientras determinados referentes gremiales conservaron una relación privilegiada con el espacio gobernante. Más recientemente, Kicillof incorporó dirigentes sindicales a sus listas, pero ese antecedente no alcanza para asegurar un respaldo uniforme a su eventual candidatura presidencial. La CGT está atravesada por distintas apuestas, afinidades y cálculos, una fragmentación que reduce su capacidad para negociar como un actor unificado.

Mientras algunos dirigentes respaldan al gobernador bonaerense, otros dudan de que pueda reunir una coalición suficientemente amplia para competir con Milei. Sergio Massa conserva interlocutores en el sindicalismo, Sergio Uñac cuenta con apoyos propios y el proyecto de Dante Gebel despierta expectativas en otro sector de los gremios. También aparecen alternativas que exceden los límites tradicionales del PJ, como la posibilidad de explorar candidaturas vinculadas con el empresariado. Esa dispersión muestra que la discusión no se limita a quién encabezará una fórmula, sino que involucra distintas interpretaciones sobre cómo debería reconstruirse el peronismo.

El problema es que la multiplicación de aspirantes puede convertirse en una ventaja para el oficialismo si no existe un mecanismo capaz de ordenar las diferencias. La necesidad de una interna competitiva, con respaldo territorial y acuerdos que sobrevivan a la selección de candidaturas, resulta cada vez más evidente. En ese escenario, la advertencia de Martínez sobre la importancia de los gobernadores y los aliados del PJ adquiere sentido: ninguna postulación parece suficiente por sí sola para reunir los apoyos necesarios.

Sin embargo, una primaria no resolverá automáticamente la desconfianza entre políticos y sindicalistas. Para que la competencia fortalezca al espacio, primero deberán establecerse reglas compartidas y un compromiso básico de cooperación. De lo contrario, las candidaturas pueden transformarse en una nueva disputa por los lugares disponibles, mientras quedan relegadas las discusiones sobre el programa económico, el empleo y las reformas que el peronismo propone revisar.

La paradoja es que todos los sectores parecen comprender el riesgo de una nueva fractura, pero ninguno quiere ceder anticipadamente una porción de su poder. Los dirigentes partidarios desconfían de una CGT que consideran imprevisible; los gremios temen que los convoquen solamente cuando se necesiten recursos, estructura territorial o respaldo militante. Entre ambas posiciones, la unidad permanece como una consigna antes que como una construcción concreta.

A Milei no le hace falta intervenir en esa disputa para beneficiarse de ella. Le alcanza con que sus adversarios lleguen a 2027 concentrados en decidir quién manda, quién encabeza las listas y quién obtiene más lugares en una eventual coalición. El peronismo todavía tiene tiempo para ordenar sus diferencias, pero no podrá hacerlo si confunde la unidad con el reparto de cargos ni si pretende que los sindicatos acompañen una estrategia en cuya elaboración no participan.

La cuestión decisiva no es si la CGT debe tener una silla en cada reunión, sino si el peronismo está dispuesto a construir una conducción que reconozca el peso de sus distintos sectores sin convertirlos en dueños de una porción del poder. Si la respuesta vuelve a ser la exclusión o la negociación a puertas cerradas, la reconstrucción opositora empezará con una desventaja que ninguna candidatura podrá disimular. Y si los gremios no logran superar sus diferencias para formular una posición común, su reclamo de protagonismo corre el riesgo de quedar reducido a una disputa por espacios. En ambos casos, la fractura que dicen querer evitar seguirá siendo el principal obstáculo para enfrentar al oficialismo.

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