



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La campaña presidencial de 2027 todavía no tiene calendario cerrado, candidaturas formalizadas ni alianzas definitivas. Sin embargo, ya comenzó a instalarse una lógica que parece ordenar el tablero político mucho antes de que se abran las urnas. No se trata solamente de la confrontación entre Javier Milei y Axel Kicillof. Lo que empieza a delinearse es una disputa entre dos relatos que buscan convertir al otro en el antagonista ideal, convencidos de que la polarización puede resultar más rentable que cualquier intento de seducción hacia el centro.
La coincidencia de ambos en Nueva York, sin un encuentro cara a cara, terminó funcionando como una metáfora del momento político. Compartieron ciudad, escenarios internacionales y agendas paralelas, pero hablaron principalmente el uno del otro. Desde la distancia construyeron una escena doméstica. El viaje dejó de ser una actividad institucional para convertirse en un ensayo de campaña donde cada declaración parecía pensada para el público argentino.
Milei eligió profundizar un registro confrontativo que ya forma parte de su identidad política. Sus referencias hacia Kicillof no buscaron matices ni puentes. En la Casa Rosada entienden que esa estrategia cumple una función precisa: consolidar la idea de que el gobernador bonaerense encarna el modelo exactamente opuesto al libertario. No importa tanto discutir medidas específicas como convertir la elección futura en un plebiscito entre dos formas incompatibles de entender el Estado, la economía y el poder.
Del otro lado, Kicillof tampoco evitó el contraste. Su discurso apuntó a describir un país atravesado por dificultades profundas y a presentar su administración provincial como un espacio de resistencia frente a las decisiones nacionales. La diferencia es que el gobernador intenta construir una imagen donde la gestión aparezca como principal argumento político, aunque inevitablemente termine absorbido por una discusión que trasciende los límites de Buenos Aires.
Detrás de esa dinámica asoma una paradoja interesante. En el oficialismo parecen convencidos de que Kicillof representa un rival conveniente precisamente porque simboliza con nitidez aquello que quieren enfrentar. La apuesta consiste en reducir la competencia a dos universos claramente diferenciados, evitando que emerjan figuras capaces de disputar el electorado menos ideologizado. En esa mirada, un adversario demasiado moderado podría resultar más incómodo que uno firmemente identificado con el kirchnerismo.
Esa lógica explica buena parte de las expectativas oficiales respecto del peronismo. Más que observar únicamente el crecimiento propio, el Gobierno también mira con atención las tensiones ajenas. La disputa interna entre los distintos sectores peronistas aparece como un factor que podría condicionar la construcción de una candidatura competitiva. Las diferencias de liderazgo, las discusiones sobre el rumbo y las dificultades para sintetizar un proyecto común ocupan un lugar importante en las especulaciones del oficialismo.
Allí entra en escena otro elemento menos vistoso pero potencialmente decisivo: las reglas electorales. La eventual eliminación de las PASO no constituye solamente un debate administrativo. Para muchos dirigentes representa una modificación capaz de alterar la manera en que los partidos procesan sus conflictos internos. Mientras algunos sostienen que las primarias ordenan las competencias, otros consideran que su desaparición podría multiplicar las candidaturas y fragmentar las ofertas electorales.
En ese contexto, la provincia de Buenos Aires vuelve a convertirse en el corazón de todas las estrategias. Ningún distrito concentra semejante peso político ni semejante capacidad para modificar el humor nacional. Las decisiones sobre el calendario electoral bonaerense, el eventual desdoblamiento o la coincidencia con la elección presidencial dejan de ser cuestiones técnicas para transformarse en movimientos con consecuencias nacionales.
También resulta significativo que el oficialismo dedique buena parte de su atención a medir la fidelidad de su propio electorado. La política contemporánea vive obsesionada con las encuestas, pero más aún con la retención. Antes que conquistar nuevos votantes, muchas campañas buscan preservar a quienes ya acompañan un proyecto. En ese sentido, la estabilidad del respaldo libertario aparece como uno de los activos que el Gobierno procura consolidar mientras la economía sigue marcando el ritmo de la conversación pública.
Sin embargo, la historia argentina ofrece una enseñanza que conviene no perder de vista. Las elecciones rara vez terminan pareciéndose por completo a las campañas imaginadas con tanta anticipación. Los oficialismos suelen proyectar escenarios donde las piezas permanecen inmóviles, mientras las oposiciones confían en que el desgaste modificará las preferencias. Entre ambas certezas suele aparecer una realidad mucho más imprevisible.
Quizá el verdadero desafío para ambos dirigentes no consista únicamente en derrotar al otro. Milei deberá demostrar que la confrontación permanente puede convivir con resultados suficientes para sostener el entusiasmo de sus votantes. Kicillof, por su parte, tendrá que resolver si logra trascender el liderazgo provincial sin quedar atrapado en las disputas internas del espacio que pretende representar.
La fotografía neoyorquina dejó algo más que dos agendas paralelas. Mostró que la política argentina ya empezó a ensayar el libreto de 2027. El riesgo de esa anticipación es evidente: cuando la campaña invade demasiado pronto el presente, cada decisión de gobierno corre el peligro de leerse como una jugada electoral y cada discurso termina pensado más para el próximo comicio que para el problema inmediato. La Argentina conoce demasiado bien esa tentación. Y también sabe que, cuando el futuro monopoliza toda la discusión, el presente suele reclamar la factura.


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