



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
En la política argentina hay un momento en que el calendario deja de ser un simple organizador del tiempo para convertirse en un actor con poder propio. Ese instante parece haber llegado para Javier Milei. La discusión ya no pasa únicamente por qué reformas quiere impulsar el Gobierno, sino por cuánto tiempo conserva margen para construir las mayorías que esas reformas exigen. La cuenta regresiva empezó mucho antes de que termine el año parlamentario, y en la Casa Rosada parecen haberlo comprendido.
La posibilidad de extender las sesiones ordinarias no representa una sorpresa institucional. Es una herramienta utilizada por distintos gobiernos cuando advierten que el reloj electoral amenaza con clausurar cualquier espacio para la negociación. Lo novedoso, en este caso, es que la prórroga no aparece como una demostración de fortaleza, sino como el reconocimiento de que el tiempo disponible resulta insuficiente para resolver dos debates que el oficialismo considera centrales: el Presupuesto 2027 y la reforma del sistema electoral.
La discusión sobre las PASO resume, quizá como ninguna otra, las limitaciones de la actual arquitectura parlamentaria. Milei imaginó desde el comienzo una transformación más profunda, pero la realidad del Congreso obliga a administrar expectativas. El Gobierno ya no habla de eliminación definitiva porque entiende que muchos de sus aliados ocasionales aceptan revisar el mecanismo, aunque no están dispuestos a suprimirlo por completo. La diferencia parece menor desde lo discursivo, pero resulta enorme desde lo político: revela hasta qué punto la estrategia libertaria debe convivir con los límites que impone una representación legislativa todavía incompleta.
Esa diferencia entre el deseo y la posibilidad atraviesa toda la etapa actual del oficialismo. La administración libertaria llegó al poder con la promesa de alterar reglas consideradas inamovibles. Sin embargo, gobernar implica aceptar que las instituciones poseen tiempos propios y que ninguna mayoría circunstancial reemplaza la necesidad de construir acuerdos. El Congreso continúa recordándole al Presidente una verdad elemental de la democracia argentina: la voluntad del Ejecutivo necesita transformarse en votos antes de convertirse en ley.
No es casual que la advertencia de la Cámara Nacional Electoral haya adquirido tanta relevancia en estas conversaciones. Los jueces no establecieron una prohibición, pero sí marcaron un criterio institucional: las reglas del juego electoral deberían definirse antes de que comience el año en que esas elecciones deberán celebrarse. Ese mensaje introduce una presión adicional sobre una negociación que ya era compleja. No se trata solamente de convencer senadores, sino de hacerlo antes de que el propio calendario vuelva inconveniente cualquier modificación.
Hay otro componente que explica la ansiedad oficial. Los mercados también observan esta discusión, aunque por razones distintas a las del sistema político. La previsibilidad institucional constituye una variable que muchos inversores incorporan al momento de evaluar riesgos. La pregunta que recibió Milei durante su reciente paso por Nueva York refleja precisamente esa preocupación: el cronograma electoral dejó de ser un asunto exclusivamente doméstico para transformarse en un indicador que algunos actores económicos siguen con atención.
Pero el Senado sigue siendo el verdadero escenario donde se define esta historia. Allí las matemáticas legislativas adquieren una importancia casi obsesiva. Cada bloque cuenta votos propios y ajenos como si administrara un inventario demasiado escaso. El oficialismo identifica con claridad dónde se encuentran los respaldos que necesita, aunque reconocer el problema no significa haber encontrado la solución. Buena parte del desenlace depende de un conjunto de legisladores que responde a lógicas diferentes: algunos miran a sus gobernadores, otros preservan autonomía y varios todavía evalúan el impacto que cualquier decisión tendrá sobre sus futuras alianzas.
Esa realidad explica el protagonismo creciente del jefe de Gabinete, Diego Santilli. Sus reuniones con gobernadores forman parte de una diplomacia política que busca construir puentes antes de que las posiciones queden definitivamente congeladas. Cada encuentro persigue algo más que una fotografía institucional: intenta generar condiciones para que, llegado el momento, los intereses provinciales no se conviertan en un obstáculo insalvable para los proyectos del Ejecutivo.
El próximo viaje a París también aparece envuelto en esa lógica. La coincidencia entre funcionarios nacionales y gobernadores ofrece un espacio informal donde muchas conversaciones encuentran una fluidez que suele faltar en los despachos oficiales. Nadie supone que esos encuentros garantizarán votos automáticos, pero sí pueden contribuir a reducir desconfianzas en un momento donde las relaciones personales empiezan a pesar tanto como las diferencias partidarias.
Sin embargo, existe una tensión más profunda que atraviesa todas estas negociaciones. Los gobernadores y varios bloques opositores no observan únicamente el contenido de las reformas. También analizan cómo competirá La Libertad Avanza en sus provincias. La estrategia electoral terminó mezclándose con la agenda legislativa hasta volver inseparables ambas discusiones. Resulta difícil ofrecer cooperación cuando todavía no está claro quién será aliado y quién competidor dentro de pocos meses.
Ese dilema también explica los movimientos internos del oficialismo. Eduardo “Lule” Menem trabaja sobre una idea que parece consolidarse dentro del espacio: ampliar la base política incorporando dirigentes provenientes de otras fuerzas. La consigna apunta a construir un frente más amplio dentro del universo del centro hacia la derecha, convencidos de que la próxima etapa exigirá sumar más que depurar.
En definitiva, el desafío de Milei ya no consiste únicamente en sostener el impulso reformista que caracterizó su llegada al poder. La verdadera prueba pasa por demostrar que puede transformar una minoría legislativa en una mayoría operativa. Las próximas semanas dirán si esa alquimia es posible. Porque, en política, los relojes rara vez hacen ruido. Simplemente avanzan. Y cuando finalmente se escucha su sonido, casi siempre es porque el tiempo ya empezó a agotarse.



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