



Hay consignas que parecen decir mucho, pero que, cuando uno pregunta qué significan concretamente, empiezan a mostrar sus zonas oscuras.
“Palestina libre” es una de ellas.
En los últimos tiempos, la consigna se convirtió para algunos sectores en una especie de contraseña ideológica. Se la exhibe en marchas, pancartas y redes sociales como si pronunciar esas dos palabras alcanzara para colocarse automáticamente del lado de los derechos humanos, de la paz y del progresismo.
Pero hay una pregunta que no debería esquivarse: ¿libre de qué y libre para qué?
Porque una cosa es defender el derecho del pueblo palestino a vivir en paz, con seguridad, dignidad y un Estado propio. Eso es perfectamente compatible con reconocer exactamente los mismos derechos para los israelíes.
Otra muy diferente es utilizar la causa palestina como vehículo para negar el derecho del Estado de Israel a existir, justificar ataques contra civiles o convertir a los judíos en responsables colectivos de las decisiones de un gobierno.
Y ahí aparece una contradicción que demasiadas veces se pretende ocultar.
Quienes gritan “Palestina libre” con absoluta contundencia deberían ser igualmente contundentes cuando se habla de la masacre del 7 de octubre de 2023. No alcanza con una mención al pasar. No alcanza con un “pero”.
Civiles asesinados, familias atacadas y personas secuestradas no pueden convertirse en una nota al pie de una discusión política.
La defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva.
Si un civil israelí es asesinado, es una tragedia. Si un civil palestino muere, también. Si una familia israelí es víctima del terrorismo, merece justicia. Si una familia palestina pierde a sus integrantes, merece justicia y protección.
Ese debería ser el punto de partida.
El pueblo palestino no tiene por qué estar condenado eternamente a la guerra. Tampoco tiene por qué aceptar que su futuro quede atado a organizaciones y dirigentes que sostienen una confrontación permanente con Israel.
Si verdaderamente se quiere una Palestina libre, también habría que preguntarse libre de qué.
¿Libre de la pobreza?
¿Libre del terrorismo?
¿Libre de dirigentes que utilizan a su propia población como instrumento de guerra?
¿Libre para construir instituciones, desarrollar su economía y educar a sus hijos en lugar de prepararlos para otro conflicto?
Esas preguntas son mucho menos cómodas que levantar una bandera y gritar una consigna.
Israel tiene derecho a defenderse. Tiene derecho a proteger a sus ciudadanos y a exigir que cesen los ataques contra su población. Ese derecho no desaparece porque un grupo político utilice la bandera palestina.
Pero también hay una responsabilidad del lado palestino: desprenderse de quienes consideran que la única salida posible es la destrucción de Israel y apostar por una conducción que tenga como objetivo construir un futuro para su propia gente.
Y aquí aparece otro fenómeno preocupante.
En determinados sectores occidentales, la causa palestina terminó convertida en una bandera automática contra Israel y, en algunos casos, contra los judíos. Se utilizan argumentos políticos como cobertura para expresiones que ya no son críticas a un gobierno, sino ataques contra una comunidad entera.
Eso tiene un nombre: antisemitismo.
Criticar las decisiones del gobierno israelí no convierte a nadie en antisemita. Del mismo modo, defender los derechos de los palestinos tampoco convierte a nadie en enemigo de Israel.
El problema aparece cuando se niega exclusivamente a los judíos el derecho que se reconoce a cualquier otro pueblo: vivir con seguridad, autodeterminarse y tener un Estado.
Entonces la consigna deja de ser una defensa de derechos y puede convertirse en otra cosa.
“Palestina libre” debería significar palestinos libres para vivir.
Libres del terrorismo.
Libres del fanatismo.
Libres de la guerra permanente.
Libres de dirigentes que les prometen una victoria imposible mientras generaciones enteras pagan el precio.
Y también debería significar que los israelíes puedan vivir sin miedo a otro 7 de octubre.
Porque la paz no puede construirse sobre la desaparición del otro.
Una Palestina en paz necesita un Israel en paz.
Y un Israel en paz necesita una Palestina que pueda vivir, desarrollarse y construir su propio futuro.
Todo lo demás —las consignas vacías, el odio disfrazado de progresismo y el antisemitismo escondido detrás de una bandera— no construye ninguna libertad.
Construye otra guerra.



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