


RESUMEN
- La gran incógnita política de Córdoba es saber si los cordobeses realmente quieren un cambio de gobierno.
- Desde 1999, el mismo espacio político conduce la provincia, aunque con distintos nombres y liderazgos.
- De la Sota, Schiaretti y Llaryora representan una continuidad política que la oposición cuestiona, pero que también tiene obras para mostrar.
- Las rutas, caminos e infraestructura son uno de los argumentos más fuertes que tiene el oficialismo frente al electorado.
- Llaryora desdoblará las elecciones convencido de que puede retener la provincia, a la vez que esta convencido que Milei arrasa en Córdoba en la elección nacional.
Hay una pregunta que por estas horas seguramente se hacen todos los políticos de Córdoba, aunque difícilmente alguno se anime a formularla en voz alta: ¿los cordobeses quieren realmente un cambio de gobierno o están demasiado cómodos con el modelo que los gobierna desde hace más de un cuarto de siglo?
La pregunta no es menor. Y tampoco tiene una respuesta sencilla.
Porque una cosa es criticar al gobierno de turno y otra muy diferente es estar dispuesto a cambiarlo.
Córdoba tiene una particularidad que no puede ignorarse. Desde 1999, el poder provincial permanece en manos del mismo espacio político. Cambiaron los nombres, cambiaron los estilos, cambiaron las circunstancias y hasta se alternaron los liderazgos, pero el color político siguió siendo prácticamente el mismo.
Primero fue José Manuel de la Sota, después Juan Schiaretti y ahora Martín Llaryora.
Y si no hubiera ocurrido el fallecimiento de De la Sota, nadie puede asegurar que aquel tándem político no hubiera continuado funcionando durante muchos años más.
La oposición tiene entonces un argumento sencillo: demasiados años en el poder generan vicios, estructuras cerradas, funcionarios que se sienten dueños de los escritorios y prácticas que terminan naturalizándose.
Y no es una discusión exclusiva de Córdoba. Es una regla bastante conocida de la política.
El problema para quienes pretenden instalar la idea de la renovación es otro: ¿los cordobeses están dispuestos a pagar el costo de cambiar aquello que, en buena medida, consideran que funciona?
Porque mientras la oposición habla de alternancia, de desgaste y de los vicios de tantos años de poder, el oficialismo puede mostrar algo mucho más concreto: obras.
Y aquí aparece una realidad que resulta imposible esconder debajo de la alfombra.
Córdoba creció en infraestructura como pocas provincias argentinas.
Las rutas, los caminos, los accesos y las obras públicas son probablemente la carta más fuerte que tiene el peronismo cordobés para defender su permanencia en el poder.
Alcanza con mirar lo que sucede en otras provincias. Si se compara la infraestructura vial de Córdoba con Santa Fe o Buenos Aires, la diferencia en determinados sectores resulta difícil de disimular.
Eso no significa que todo esté bien. Tampoco significa que no existan cuestionamientos, problemas o situaciones que merezcan ser investigadas.
Significa simplemente que el electorado no vota solamente por lo que escucha en una conferencia de prensa. También vota por lo que ve.
Y una ruta nueva se ve.
Un camino pavimentado se ve.
Una obra terminada se ve.
Un puente se ve.
Una infraestructura que mejora la conectividad se siente todos los días.
Ahí está precisamente la dificultad de quienes quieren construir una alternativa.
La discusión, entonces, no debería reducirse a preguntar si Llaryora es distinto de Schiaretti o si Schiaretti fue distinto de De la Sota. La verdadera discusión es mucho más profunda: ¿el cambio de nombres significa realmente renovación política o simplemente estamos frente a distintas etapas de un mismo modelo de poder?
Esa es la pregunta que tendrá que responder el electorado.
Llaryora quiere un segundo mandato. Y no parece dispuesto a esperar que el calendario electoral le juegue a favor. Por eso todo indica que desdoblará las elecciones provinciales.
La lectura del gobernador parece bastante clara: cree que Córdoba es un territorio donde tiene una ventaja importante y que puede ganar la elección provincial con relativa tranquilidad.
Pero hay algo todavía más interesante.
Llaryora sabe que Córdoba es profundamente mileísta.
Y allí aparece una curiosa convivencia electoral.
El cordobés puede votar a Milei para presidente y al mismo tiempo elegir a Llaryora para gobernador.
¿Contradicción?
No necesariamente.
Puede ser simplemente pragmatismo electoral.
El cordobés puede estar diciendo: “Para la Nación quiero a Milei, pero para la provincia quiero que siga Llaryora”.
Y si esa fórmula funciona, la elección nacional y la provincial podrían producir resultados muy diferentes.
Ese es, precisamente, el escenario que entusiasma al gobernador.
Pero también debería preocupar a la oposición.
Porque durante meses puede instalarse el discurso de que 27 años de peronismo son demasiados, que llegó la hora de la alternancia y que Córdoba necesita aire nuevo. Todo eso puede ser cierto.
Pero después aparece el ciudadano común frente a la urna y se hace otra pregunta:
“¿Para qué voy a cambiar si lo que tengo, con sus problemas, me sirve?”
Ahí se terminan muchas teorías políticas.
La democracia necesita alternancia. Nadie debería eternizarse en el poder. Pero la alternancia no puede ser un valor abstracto desconectado de la realidad del ciudadano.
El que quiere cambiar tiene que convencer de que puede hacer las cosas mejor.
No alcanza con denunciar que el otro lleva demasiados años gobernando.
Y esa es la gran deuda de la oposición cordobesa: explicar qué quiere hacer con Córdoba después de desplazar al peronismo.
Mientras tanto, Llaryora juega sus cartas.
Desdobla, apuesta a su gestión, muestra obras y confía en que el cordobés haga una separación quirúrgica entre la elección provincial y la nacional.
En la nacional, Milei podría volver a recibir un respaldo contundente de una provincia que se convirtió en uno de sus bastiones electorales.
En la provincial, Llaryora pretende que ese mismo electorado le diga otra cosa.
Parece una contradicción.
Pero Córdoba ya demostró varias veces que puede votar de una manera para la Nación y de otra completamente diferente para la provincia.
Por eso, más que preguntarse hoy quién ganará, habría que intentar descifrar qué está pensando el cordobés.
¿Quiere cambiar o solamente quiere que cambien algunas cosas?
¿Está cansado del peronismo o está cansado de algunos dirigentes?
¿Considera que De la Sota, Schiaretti y Llaryora fueron gobiernos diferentes o forman parte de una misma continuidad?
Y sobre todo:
¿Está dispuesto a arriesgar lo que considera que funciona para probar algo nuevo?
La respuesta todavía no está.
Y posiblemente tampoco la tengan los encuestadores.
Porque Córdoba tiene una característica que los políticos conocen perfectamente: puede criticar al gobierno durante cuatro años y, cuando llega el momento de votar, volver a elegirlo.
Ese comportamiento del electorado es el verdadero misterio.
Y Llaryora parece haberlo entendido perfectamente.





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