



Hay películas que entretienen, otras que emocionan y algunas que pretenden cambiar la historia. NAZA pertenece a esta última categoría, pero no porque haya demostrado una verdad irrefutable, sino porque intenta instalar como verdad una acusación gravísima contra Israel apoyándose, en buena medida, en testimonios que el espectador no puede identificar ni comprobar.
Y cuando una película pretende juzgar a un Estado, a su ejército y a sus soldados, hay una pregunta elemental que no puede esquivarse: ¿quién habla?
Porque en NAZA hablan supuestos soldados y miembros de los servicios de inteligencia israelíes, pero aparecen protegidos por el anonimato, con rostros alterados y voces modificadas. Son 24 testimonios, según sus realizadores, pero el público no conoce sus nombres, sus cargos actuales, sus unidades ni puede verificar personalmente quiénes son.
Entonces aparece la gran contradicción.
Nos piden que creamos.
Que creamos en los directores.
Que creamos en los testimonios.
Que creamos en la interpretación.
Que creamos en las acusaciones.
Pero no nos permiten comprobar quiénes son los que hablan.
Y ahí es donde, para quien escribe estas líneas, comienza la farsa.
¿Qué es NAZA?
NAZA es un documental dirigido por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, los mismos realizadores que participaron en No Other Land, película que obtuvo el Oscar al mejor documental. La producción está a cargo de The Guardian y James Wilson, con Jonathan Glazer como productor ejecutivo.
La película fue presentada en la competencia oficial del Festival de Venecia 2026, donde recibió una ovación de aproximadamente 25 minutos y posteriormente obtuvo el Premio Especial del Jurado.
El documental pretende mostrar, según sus autores, un supuesto sistema israelí de ataques contra civiles palestinos en Gaza. Utiliza testimonios anónimos de militares y miembros de inteligencia y sostiene que determinados sistemas de selección de objetivos permitieron contabilizar previamente posibles víctimas civiles.
Ese es el argumento.
Pero una cosa es formular una acusación y otra muy distinta es probarla.
Y allí está el problema central de NAZA.
¿Dónde están los testigos?
Si un periodista publica una denuncia gravísima y afirma que tiene una fuente dentro de un organismo de seguridad, puede protegerla. Es comprensible.
Pero un documental que pretende convertirse en una pieza de acusación histórica no puede pedirle al mundo que acepte todo lo que dice simplemente porque sus autores aseguran que las fuentes existen.
Los rostros están ocultos.
Las voces están modificadas.
Los nombres no aparecen.
Los cargos no son comprobables públicamente.
Las unidades militares tampoco.
Y entonces el espectador queda obligado a depositar toda su confianza en Yuval Abraham y Rachel Szor y en quienes participaron de la investigación que dio origen al filme.
Yo, personalmente, no estoy dispuesto a hacerlo.
No porque sean israelíes.
Precisamente porque son israelíes y forman parte de una corriente política de la izquierda israelí que desde hace años construye una mirada particularmente crítica sobre su propio país.
Israel tiene izquierda, tiene derecha, tiene liberales, conservadores, religiosos, laicos, pacifistas y todo tipo de posiciones políticas. Eso es democracia.
Pero que algunos israelíes critiquen duramente a Israel no convierte automáticamente sus afirmaciones en verdades reveladas.
Israel no buscó el 7 de octubre
Hay algo que NAZA y buena parte de quienes aplaudieron en Venecia parecen olvidar deliberadamente.
La guerra no comenzó el 8 de octubre de 2023.
Comenzó el 7 de octubre, cuando Hamas lanzó un ataque brutal contra Israel, asesinó alrededor de 1.200 personas y tomó aproximadamente 250 rehenes.
No fue Israel quien cruzó la frontera para secuestrar civiles.
No fue Israel quien organizó una matanza deliberada contra ciudadanos indefensos.
No fue Israel quien convirtió el secuestro de seres humanos en una herramienta de guerra.
Fue Hamas.
Israel reaccionó.
Y reaccionó porque cualquier Estado que pretenda sobrevivir tiene derecho a defender a sus ciudadanos.
Eso no significa negar el sufrimiento de los civiles palestinos.
Una guerra siempre produce sufrimiento.
Una guerra es una tragedia.
Pero Israel no eligió que Hamas entrara en su territorio el 7 de octubre.
Israel no decidió iniciar esa masacre.
Israel fue atacado.
Y después tuvo que hacer aquello que haría prácticamente cualquier Estado del mundo: defenderse.
Hamas no es un detalle de la historia
Hay otra cuestión que demasiadas veces desaparece detrás de los documentales, las alfombras rojas y los aplausos europeos.
Hamas existe.
Hamas lanzó la masacre del 7 de octubre.
Hamas tomó rehenes.
Hamas convirtió durante años a la población civil de Gaza en parte de su estructura de guerra.
Y Hamas combate desde un territorio densamente poblado.
Esto no convierte automáticamente en correctas todas las decisiones militares israelíes. Pero sí obliga a mirar la realidad completa.
Porque contar solamente una parte de la historia también es una forma de manipularla.
Venecia aplaudió. ¿Y qué aplaudió?
Los aproximadamente 25 minutos de ovación fueron presentados como un acontecimiento cinematográfico. Incluso hubo banderas palestinas entre el público.
Pero yo me pregunto otra cosa.
¿Qué estaban aplaudiendo?
¿Una investigación comprobada?
¿Una denuncia imposible de verificar?
¿Una película?
¿O simplemente la posibilidad de condenar públicamente a Israel?
Porque existe una parte de la izquierda internacional que tiene una característica inconfundible: puede perdonar cualquier cosa menos que Israel se defienda.
El doble estándar es evidente.
Hamas mata y secuestra: contexto.
Israel responde: genocidio.
Hamas dispara desde zonas civiles: resistencia.
Israel ataca desde el aire: crimen.
Hamas toma rehenes: lucha.
Israel intenta recuperarlos: ocupación.
¿De verdad alguien puede creer que semejante relato es equilibrado?
La izquierda israelí también existe
Y conviene decirlo claramente.
Yuval Abraham y Rachel Szor son israelíes.
Eso es cierto.
Pero también es cierto que pertenecen a una corriente de izquierda israelí fuertemente crítica del Estado y de sus políticas militares. Su anterior trabajo, No Other Land, ya había generado una enorme controversia por su mirada sobre la presencia israelí en Cisjordania.
No hay nada ilegal en eso.
No hay nada antidemocrático en ser de izquierda en Israel.
Pero tampoco hay obligación alguna de aceptar sus conclusiones.
Y mucho menos cuando la arquitectura principal de NAZA descansa sobre testimonios que permanecen deliberadamente fuera del alcance de la verificación pública.
La elección tampoco es un detalle
Hay otro dato que no puede ser ignorado.
Israel irá a las urnas el 27 de octubre de 2026, en unas elecciones que son consideradas decisivas para el futuro político de Benjamin Netanyahu y de su coalición.
Estamos hablando de pocas semanas.
Por eso resulta inevitable preguntarse qué impacto político puede tener una película de estas características en plena campaña electoral.
No afirmo que NAZA haya sido realizada exclusivamente para intervenir en la elección.
Pero sería ingenuo desconocer el extraordinario efecto político que puede producir una película que acusa al aparato militar israelí de una conducta sistemática y que llega a las salas internacionales precisamente cuando Israel se prepara para votar.
La política también existe.
Y quien pretenda analizar Israel sin tenerla en cuenta está mirando solamente la mitad del escenario.
No alcanza con decir “son fuentes anónimas”
Hay algo que los realizadores deberían hacer si quieren que el mundo tome su trabajo como una investigación y no simplemente como una pieza de propaganda política.
Deberían proporcionar evidencias independientes que permitan corroborar las principales acusaciones.
No necesariamente revelar públicamente a los informantes si eso los pone en peligro.
Pero sí demostrar que esos testimonios corresponden efectivamente a personas con los cargos, conocimientos y responsabilidades que se les atribuyen.
Porque de lo contrario todo termina reducido a una cuestión de fe.
Y yo no tengo fe periodística.
Tengo preguntas.
¿Quiénes son?
¿Qué rango tenían?
¿En qué unidades estuvieron?
¿Durante cuánto tiempo?
¿Qué operaciones conocen directamente?
¿Qué documentación aportaron?
¿Existen registros que respalden sus declaraciones?
¿Hay testimonios independientes que confirmen lo que dicen?
¿Dónde están esas pruebas?
Ese es el debate que debería abrirse.
Israel puede ser criticado. Israel no puede ser demonizado
Defender a Israel no significa afirmar que todo lo que haga su gobierno o su ejército sea perfecto.
Significa reconocer el derecho de Israel a existir y a defender a sus ciudadanos.
Significa recordar que Israel tiene elecciones, oposición, prensa, tribunales, partidos políticos de todo el espectro y una sociedad civil capaz de cuestionar al propio gobierno.
Eso también es Israel.
Y esa democracia es precisamente la que permite que dos ciudadanos israelíes puedan hacer una película durísima contra su propio país y presentarla en Venecia.
¿Podría ocurrir lo mismo en una dictadura como las que abundan en Medio Oriente?
La pregunta se contesta sola.
El problema no es que NAZA critique a Israel
El problema es que pretende que el espectador confunda acusación con prueba.
Y no es lo mismo.
El documental podrá ganar premios.
Podrá recibir veinte, veinticinco o cien minutos de aplausos.
Podrá recorrer festivales.
Podrá ser promocionado por grandes medios internacionales.
Pero un aplauso no es una prueba.
Un premio no es una prueba.
Una bandera palestina en una sala de cine no es una prueba.
Y un testimonio anónimo tampoco se transforma mágicamente en verdad porque aparezca dentro de una película.
La verdad necesita evidencia.
Y mientras esa evidencia no aparezca, NAZA seguirá siendo para mí lo que es: una pieza de propaganda política disfrazada de documental.
Y hay algo que no debemos olvidar jamás
El 7 de octubre de 2023 existió.
Los asesinados existieron.
Los secuestrados existieron.
Las familias destruidas existieron.
Los jóvenes asesinados en un festival de música existieron.
Y los rehenes que fueron llevados por Hamas existieron.
Eso no es una interpretación cinematográfica.
Eso ocurrió.
Israel no eligió esa guerra.
Israel fue atacado y respondió.
Después vino una guerra terrible, dolorosa, sangrienta y devastadora.
Pero la responsabilidad histórica por haber encendido aquella mecha no puede borrarse de la memoria.
Y mientras algunos en Venecia aplauden una película que pretende colocar a Israel en el banquillo de los acusados, conviene recordar algo elemental:
Israel tiene derecho a defenderse.
Y quien quiera condenarlo tiene la obligación de presentar pruebas.
No relatos anónimos.
No rostros tapados.
No voces deformadas.
No aplausos.
Pruebas.
Hasta que aparezcan, NAZA seguirá siendo, al menos para este periodista, la farsa de un documental que pretende reemplazar la evidencia por la emoción y la investigación por el aplauso.


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