El bolsillo como juez del Gobierno

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay gobiernos que organizan su destino alrededor de una coalición política. Otros apuestan a la construcción territorial. Javier Milei eligió un camino distinto: convirtió a la economía en el único tribunal capaz de absolverlo o condenarlo. En esa decisión hay una fortaleza y un riesgo. La fortaleza consiste en ofrecer un criterio claro para medir su gestión. El riesgo es que, cuando todo depende de una sola variable, cualquier fisura deja de ser un problema sectorial para transformarse en una amenaza sobre el conjunto del proyecto.

La Casa Rosada parece haber tomado una decisión irreversible: el debate sobre la próxima reelección empezará mucho antes de que se abran las urnas y se librará, sobre todo, en el bolsillo de los argentinos. No es una conclusión improvisada. Es la lógica consecuencia de un Gobierno que hizo del orden económico su principal bandera y que, desde el primer día, sostuvo que ninguna transformación institucional o cultural tendría sentido sin una estabilidad capaz de sostenerla.

Milei habla de la economía con la convicción de quien cree estar escribiendo la columna vertebral de su legado. Cada viaje, cada discurso y cada intervención pública terminan regresando al mismo punto. El Presidente no presenta la política económica como una herramienta entre otras. La presenta como el argumento definitivo que justifica todas las demás decisiones. En ese esquema, cualquier discusión secundaria queda subordinada a una pregunta mucho más grande: ¿el sacrificio de hoy tendrá una recompensa visible mañana?

Esa promesa funciona como el cemento interno del oficialismo. Incluso quienes advierten dificultades concretas parecen compartir la idea de que modificar el rumbo sería un error mayor. No se trata solamente de disciplina partidaria. Hay una percepción instalada de que cualquier cambio podría interpretarse como una señal de debilidad y, peor todavía, como un regreso a prácticas que el propio Gobierno convirtió en el antagonista permanente de su relato.

Por eso resulta significativo que la advertencia presidencial contra un eventual "plan platita" haya adquirido un carácter casi doctrinario. Allí aparece uno de los rasgos más distintivos del mileísmo: la voluntad de diferenciarse incluso cuando esa diferenciación implique asumir costos políticos inmediatos. Para el Presidente, la consistencia del programa vale tanto como sus resultados. Cuidar esa reputación económica dejó de ser un objetivo técnico para convertirse en una cuestión de identidad.

Sin embargo, la política tiene una costumbre incómoda: obliga a convivir con las contradicciones. Mientras el Gobierno exhibe señales que interpreta como confirmaciones de su estrategia, dentro del propio oficialismo empiezan a escucharse voces preocupadas por la velocidad con la que esos avances llegan a la vida cotidiana. Nadie parece discutir el rumbo. Lo que algunos discuten es el tiempo.

Esa diferencia no es menor. La paciencia social nunca es infinita. Una familia no organiza su economía doméstica con gráficos ni proyecciones futuras. Lo hace cuando paga el alquiler, llena el changuito del supermercado o enfrenta una cuota que dejó de ser manejable. Ahí aparece la distancia entre el relato macroeconómico y la experiencia cotidiana, una distancia que ningún gobierno puede ignorar durante demasiado tiempo.

Quizá el mayor desafío de Milei sea precisamente ese: convencer de que el presente difícil forma parte de una transición y no de un destino permanente. Hasta ahora logró sostener esa narrativa con una mezcla de convicción ideológica y confrontación política. Cada vez que aparecen cuestionamientos internos o externos, el Presidente responde reforzando la idea de que existe un "statu quo" decidido a impedir el cambio. Esa construcción le permite mantener cohesionado a su espacio y conservar un adversario reconocible incluso cuando gobierna desde hace tiempo.

Pero gobernar exige algo más que identificar enemigos. Exige administrar expectativas. Y las expectativas son uno de los bienes más volátiles de la política argentina. Se construyen lentamente y pueden evaporarse con una rapidez sorprendente.

Hay otro elemento que merece atención. El oficialismo parece confiar en que una parte importante de la sociedad ya tomó una decisión cultural antes que electoral. Esa hipótesis sostiene que muchos argentinos, después de atravesar años de crisis recurrentes, estarían dispuestos a defender un rumbo aun cuando los beneficios no lleguen con la velocidad deseada. Es una apuesta audaz porque supone que la memoria de las frustraciones pesa más que las dificultades presentes.

No está claro cuánto dura ese crédito político. La historia argentina ofrece ejemplos para ambos lados. Hubo gobiernos que conservaron apoyo durante largos períodos gracias a la expectativa de una mejora futura. También hubo administraciones que vieron evaporarse rápidamente ese respaldo cuando la vida cotidiana dejó de acompañar el discurso oficial.

En Balcarce 50 parecen convivir esas dos certezas. Por un lado, la confianza en que la estabilidad terminará moviendo el resto de las piezas de la economía. Por otro, el reconocimiento silencioso de que todavía existen sectores donde esa promesa no encuentra traducción inmediata. Esa convivencia explica, en parte, el tono de prudencia que algunos dirigentes prefieren mantener puertas adentro mientras el Presidente conserva un discurso de absoluta confianza.

El desafío político consiste en transformar una expectativa en una experiencia. Porque la reelección no dependerá únicamente de que la economía conserve ciertos indicadores favorables. Dependerá, sobre todo, de que millones de personas sientan que esas mejoras dejaron de ser una conversación televisiva para convertirse en una realidad propia.

La oposición, mientras tanto, observa esa apuesta con una mezcla de expectativa y cautela. Sabe que enfrenta a un Gobierno que encontró en la economía el corazón de su legitimidad. Pero también sabe que ese mismo corazón puede convertirse en el punto más vulnerable si la percepción social cambia. La disputa electoral empieza a tomar la forma de un plebiscito sobre el tiempo: cuánto más está dispuesta la sociedad a esperar y qué señales necesita para seguir creyendo.

En definitiva, Milei eligió gobernar sin demasiados atajos. Esa elección puede convertirse en la base de una continuidad política o en el origen de un desgaste difícil de revertir. Todo dependerá de si el relato del esfuerzo encuentra finalmente su traducción en una sensación compartida de bienestar. Porque los gobiernos pueden defender una teoría económica durante años, pero los ciudadanos terminan votando desde un lugar mucho más simple: la impresión de que el futuro prometido empezó, por fin, a parecerse un poco al presente.

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