Después de la tormenta política, la apuesta vuelve a la economía

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La política suele ofrecer una paradoja tan persistente como reveladora: mientras la economía se mide en cifras, los gobiernos terminan dependiendo de percepciones. Ningún indicador alcanza por sí solo para garantizar estabilidad política, pero tampoco existe estrategia electoral capaz de sobrevivir a una economía que pierde credibilidad. En esa tensión permanente parece moverse hoy la administración de Javier Milei, que intenta convencer a la sociedad de que el sacrificio empieza a transformarse en resultados antes de que el calendario electoral vuelva a imponer sus propias reglas.

Las recientes experiencias electorales de América Latina no pasaron inadvertidas en la Casa Rosada. En distintos países de la región, las elecciones presidenciales terminaron resolviéndose por márgenes mínimos, después de campañas que parecían tener favoritos claros y terminaron convertidas en auténticos finales abiertos. Esa incertidumbre dejó una enseñanza incómoda para cualquier oficialismo: cuando una elección llega demasiado equilibrada a una segunda vuelta, el resultado deja de depender exclusivamente de los méritos propios y pasa a estar condicionado por alianzas circunstanciales, rechazos cruzados y estados de ánimo imposibles de anticipar.

Es precisamente ese escenario el que el Gobierno pretende evitar.

La prioridad ya no consiste únicamente en llegar competitivo al próximo turno electoral. El verdadero desafío pasa por construir una diferencia suficientemente amplia como para impedir que la definición quede atrapada en un ballotage donde todos los actores reordenan sus estrategias y donde el mercado suele reaccionar mucho antes que los votantes.

La experiencia argentina también aporta antecedentes elocuentes. Cada vez que la incertidumbre política se volvió dominante, el dólar terminó convirtiéndose en el principal termómetro de la ansiedad colectiva. Los movimientos cambiarios rara vez esperan el resultado definitivo de una elección. Se adelantan. Interpretan. Especulan. Y, muchas veces, condicionan el clima social antes de que las urnas hablen.

Por eso el Gobierno entiende que estabilizar las expectativas resulta casi tan importante como estabilizar las variables macroeconómicas.

Durante los últimos meses, el oficialismo atravesó un desgaste que no figuraba en los manuales económicos. La crisis política derivada del caso que terminó con la salida de Manuel Adorni rompió una narrativa que parecía cuidadosamente construida alrededor de la transparencia y la eficiencia. La resistencia inicial a desplazar a uno de los dirigentes más cercanos al Presidente terminó prolongando un conflicto que erosionó la imagen gubernamental más de lo esperado.

En política, muchas veces el problema no es el hecho inicial sino la forma en que se administra la crisis. Cuando una explicación necesita demasiadas aclaraciones, suele convertirse en un problema adicional. Las sucesivas justificaciones, las rectificaciones patrimoniales y las dudas que fueron apareciendo terminaron alimentando una discusión que el oficialismo deseaba clausurar rápidamente.

La decisión final buscó precisamente eso: cerrar un capítulo incómodo para recuperar la iniciativa.

Con ese objetivo, el Gobierno intenta devolver el debate público al terreno donde considera que conserva sus mayores fortalezas: la economía.

La apuesta es evidente. Si la inflación continúa descendiendo, si los salarios logran recuperar parte del terreno perdido y si el consumo muestra signos de recuperación, el desgaste político provocado por los escándalos podría quedar progresivamente relegado. No porque desaparezca de la memoria colectiva, sino porque las prioridades sociales suelen modificarse cuando mejoran las condiciones económicas cotidianas.

Sin embargo, el panorama presenta matices que invitan a la prudencia.

La desaceleración inflacionaria constituye, sin dudas, uno de los activos más importantes del Gobierno. También aparecen señales positivas en algunos indicadores salariales y una relativa estabilidad cambiaria que hace pocos meses parecía difícil de imaginar. Incluso la evolución internacional de algunas materias primas energéticas contribuye a moderar presiones sobre determinados precios internos.

Pero ese cuadro todavía convive con una recuperación económica desigual.

Hay sectores que comienzan a mostrar dinamismo mientras otros permanecen estancados. Las mejoras en los ingresos muchas veces encuentran rápidamente nuevos destinos: tarifas, servicios, medicina privada, educación o impuestos que continúan absorbiendo buena parte del alivio salarial. La sensación de recuperación todavía no alcanza a todos por igual.

Esa diferencia entre los indicadores macroeconómicos y la experiencia cotidiana de muchos hogares constituye probablemente el principal interrogante político hacia adelante.

El oficialismo necesita que las estadísticas favorables se transformen en percepciones favorables. No alcanza con exhibir números consistentes si una parte importante de la sociedad todavía no percibe una mejora concreta en su vida diaria.

Al mismo tiempo, el mercado observa otra variable con creciente atención: la fortaleza política del Presidente.

No se trata solamente de saber si Milei conserva un núcleo sólido de respaldo electoral. La verdadera pregunta consiste en establecer cuál podría ser la distancia respecto de quien termine convirtiéndose en su principal competidor. En contextos de elevada polarización, unos pocos puntos porcentuales pueden modificar completamente las expectativas financieras y alterar el comportamiento de inversores, empresas y ahorristas.

La política vuelve así a convertirse en un factor económico.

Cada encuesta deja de ser únicamente una fotografía electoral para transformarse también en una referencia que influye sobre el riesgo país, las decisiones de inversión y las expectativas cambiarias. Esa interacción explica buena parte de la obsesión oficial por consolidar apoyo antes de que comience formalmente la campaña.

El desafío no parece sencillo.

El Gobierno consiguió estabilizar variables que durante años parecían fuera de control. Pero ahora necesita demostrar que esa estabilización puede convertirse en crecimiento sostenido, mejora del empleo y recuperación del poder adquisitivo. Allí comienza una etapa mucho más compleja que la de ordenar desequilibrios.

Porque gobernar una crisis exige decisiones difíciles. Gobernar la recuperación exige resultados visibles.

En definitiva, la próxima elección no enfrentará únicamente a distintos proyectos políticos. También pondrá a prueba una pregunta mucho más profunda: si la sociedad considera suficiente el camino recorrido o si entiende que los costos pagados todavía superan los beneficios obtenidos.

Esa será la verdadera campaña. Y probablemente también el principal examen para un gobierno que comprendió que la economía puede abrir la puerta de la victoria, pero que es la confianza política la que finalmente decide quién logra atravesarla.

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