


Mientras gran parte de la dirigencia política cordobesa sigue entretenida en las especulaciones, las candidaturas, las alianzas y las peleas de siempre, Martín Llaryora parece haber tomado una decisión estratégica: dejar que los demás hagan política mientras él hace gestión.
Julio marcará el comienzo de una nueva etapa para el gobernador. El objetivo es claro: consolidar su imagen pública, incrementar el nivel de aceptación entre los cordobeses y empezar a construir, sin decirlo abiertamente, el camino hacia la reelección de 2027.
En el Centro Cívico están convencidos de que el plan puede funcionar. Los estudios de opinión que manejan indican que Llaryora está muy cerca de un número considerado decisivo: el 60 por ciento de imagen positiva. Sus asesores sostienen que, alcanzando ese piso y sosteniéndolo en el tiempo, el escenario para buscar un nuevo mandato sería ampliamente favorable.
Por eso, durante los próximos meses la prioridad será una sola: mostrar resultados.
Habrá inauguraciones, anuncios, recorridas por el interior, obras públicas, inversiones y presencia permanente en cada rincón de la provincia. La orden política es evitar quedar atrapado en las discusiones partidarias y transmitir un mensaje sencillo: mientras otros discuten cargos, el Gobierno trabaja para resolver los problemas de la gente.
La estrategia no es casual. En el llaryorismo creen que el desgaste de la política tradicional abre una oportunidad para quien logre aparecer como un administrador eficiente antes que como un dirigente obsesionado por las elecciones.
También existe otro elemento que aporta tranquilidad en el oficialismo provincial. Llaryora está convencido de que Javier Milei no desembarcará en Córdoba con toda su fuerza política para disputar la gobernación. Su análisis es que el Presidente tendrá una prioridad absoluta: garantizar su propia reelección nacional.
En ese razonamiento, la Casa Rosada concentrará todos sus esfuerzos en intentar ganar la elección presidencial en primera vuelta. Un balotaje complicaría seriamente ese objetivo y consumiría recursos políticos que difícilmente puedan destinarse a una batalla provincial.
Con ese escenario, el gobernador entiende que dispone de un margen importante para fortalecer su liderazgo local sin enfrentar una confrontación directa del Presidente.
La apuesta, entonces, parece definida.
Primero consolidar la gestión.
Después consolidar la reelección.
Y recién entonces comenzar a pensar en el gran objetivo político que muchos en su entorno ya imaginan para 2031.
Si el cálculo resulta correcto, Llaryora buscará instalar una idea muy simple durante los próximos meses: que la mejor campaña electoral no es un discurso, sino una obra terminada; que la mejor respuesta a las críticas es la gestión; y que mientras otros siguen ocupados en la política, él pretende mostrarse ocupado exclusivamente en gobernar.
El tiempo dirá si esa estrategia alcanza. Pero una cosa parece indiscutible: la carrera hacia 2027, aunque nadie quiera admitirlo públicamente, ya comenzó.


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