“Yo lo viví, no me lo contaron”

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Por Carlos Zimerman

Hay discusiones que en la Argentina se dan desde la comodidad del relato. Esta no es una de ellas. Porque hay una diferencia enorme entre leer la historia y haberla atravesado. Yo lo viví. A mí nadie me lo contó. Y aunque era apenas un chico, en mi casa la política no era un tema más: era parte del aire que se respiraba.

Tengo recuerdos nítidos de la campaña del 73, de los gobiernos de Juan Carlos Onganía, Roberto Marcelo Levingston y Alejandro Agustín Lanusse. El Cordobazo no es para mí una página de un libro: es un recuerdo vivo. El clima de época no se estudia, se siente. Y hubo miedo, violencia, tensión. Hubo muertos. Muy cerca.

Por eso incomoda cuando algunos intentan simplificar lo que fue, en realidad, una de las etapas más complejas y dolorosas de la historia argentina. Hoy, a décadas de aquellos años, seguimos evitando una discusión de fondo: contar todo. Sin recortes. Sin conveniencias. Sin hipocresías.

Durante años —y con razón— el eje estuvo puesto en los crímenes de la última dictadura militar. Nadie que tenga un mínimo compromiso con la verdad puede relativizar eso. Fue terrorismo de Estado. Fue ilegal. Fue aberrante.

“Nada justifica la violación de los derechos humanos por parte del Estado. Nada.”

Ahora bien, decir esto no puede convertirse en una excusa para mirar para otro lado frente a lo que también ocurrió antes y durante ese mismo período. Porque del otro lado también hubo violencia organizada.

Organizaciones como Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo no repartían flores. Ejecutaban secuestros, atentados, asesinatos y colocaban bombas. No eran hechos aislados ni errores sueltos: era una estrategia armada.

“Reconocer la violencia guerrillera no es justificar la dictadura; es completar la verdad histórica.”

Negar esa parte no es memoria: es recorte. Y cuando la memoria se vuelve selectiva, deja de ser memoria y pasa a ser un instrumento político.

Durante demasiado tiempo se romantizó a ciertos sectores bajo consignas vacías. Pero la historia no se construye con slogans, se construye con hechos. Y los hechos son incómodos.

“También hubo asesinatos, también hubo bombas, también hubo víctimas inocentes del accionar guerrillero.”

Y esas víctimas —muchas veces invisibilizadas— también merecen ser reconocidas. También merecen memoria. También merecen verdad.

Quienes atravesamos esos años sabemos algo que hoy muchos prefieren no decir: una parte importante de la sociedad, en medio del caos, pedía una intervención que pusiera orden. Eso explica, aunque no justifica, el contexto en el que se produjo el quiebre institucional.

El golpe no cayó del cielo. Llegó en un país quebrado, al borde de una escalada aún mayor. Pero que haya existido ese contexto no limpia, ni un centímetro, lo que vino después. Las Fuerzas Armadas no sólo no trajeron soluciones: dejaron una marca de horror imposible de borrar.

Y ahí es donde hay que ser claros: no hay equivalencias, pero tampoco puede haber silencios.

“La defensa de los derechos humanos debe ser universal, o deja de ser defensa para convertirse en un relato.”

Esto no es una teoría. No es una consigna. No es una provocación. Es algo mucho más simple: es un reclamo de honestidad.

La Argentina no va a cerrar nunca sus heridas si sigue contando la historia por mitades. No va a sanar desde el relato, ni desde la negación selectiva.

Va a sanar cuando se anime a mirar todo. Lo incómodo, lo doloroso, lo que no encaja en ningún discurso.

Porque al final, no se trata de elegir a quién condenar y a quién callar.

Se trata de algo mucho más básico: respetar la vida, la ley y la dignidad humana. Sin excepciones. Sin atajos. Sin relato.

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