Entre la alianza y la identidad: el delicado equilibrio entre Milei y Macri

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Milei y Macri en el abismo

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La política argentina suele ofrecer escenas donde los acuerdos nacen más de la necesidad que de la convicción. La relación entre Javier Milei y Mauricio Macri es, probablemente, uno de los ejemplos más acabados de esa lógica. Lo que comenzó como una convergencia táctica para evitar la continuidad del peronismo en el poder mutó, con el correr de los meses, en una convivencia compleja, atravesada por gestos de cooperación y silencios cargados de sentido.

Aquel entendimiento inicial, que resultó decisivo en el desenlace electoral de 2023, no fue un pacto de afinidad ideológica plena, sino una coincidencia circunstancial frente a un adversario común. Sin embargo, como suele ocurrir en la política, los acuerdos circunstanciales tienden a generar expectativas de permanencia que rara vez se cumplen sin tensiones. Hoy, esa relación transita un terreno ambiguo: ni ruptura ni fusión, sino una zona intermedia donde cada movimiento se mide con cautela.

El Presidente, que supo cultivar una relación directa con Macri en los primeros tiempos de su gestión, parece haber reducido ese vínculo a un trato protocolar. Ya no hay señales de la cercanía que supo exhibirse en momentos de mayor sintonía. En su lugar, emerge una dinámica más distante, donde el respeto se mantiene, pero la confianza se administra con prudencia. No es un dato menor: en política, la pérdida de fluidez en el diálogo suele ser el primer indicio de un reordenamiento en curso.

Del lado del ex presidente, la estrategia parece orientarse a recuperar la centralidad de su espacio. No se trata de una ruptura explícita con el oficialismo, sino de una reafirmación identitaria. Macri busca reposicionar al PRO como algo más que un socio circunstancial del gobierno libertario. Su mensaje, en ese sentido, es sutil pero firme: acompañar, sí, pero sin diluirse.

Esa postura genera incomodidad en algunos sectores del oficialismo, que consideran que el PRO ya no representa un actor decisivo en términos electorales. Desde esa mirada, el capital político del macrismo habría quedado absorbido por la ola libertaria. Sin embargo, ese diagnóstico puede pecar de apresurado. La política argentina ha demostrado, en más de una oportunidad, que los espacios que parecen diluirse pueden encontrar nuevas formas de relevancia cuando logran redefinir su identidad.

El problema, en todo caso, no es solo externo. Dentro del PRO conviven visiones distintas sobre cómo relacionarse con el gobierno de Milei. Hay quienes sostienen que la prioridad debe ser consolidar una alianza amplia para evitar el regreso del kirchnerismo. Otros, en cambio, entienden que esa lógica puede terminar erosionando la propia identidad del partido. La tensión entre pragmatismo y autonomía atraviesa al espacio de punta a punta.

En paralelo, la circulación de dirigentes entre ambos espacios agrega un componente adicional de complejidad. La presencia de figuras con pasado en el macrismo dentro del gobierno libertario no solo evidencia la cercanía entre ambos universos, sino que también plantea interrogantes sobre los límites de cada identidad política. Cuando los equipos se superponen, las diferencias tienden a volverse más difusas.

El caso de Patricia Bullrich es, quizás, el ejemplo más emblemático de esa dinámica. Su decisión de integrarse plenamente al oficialismo marcó un punto de inflexión y evidenció que, para algunos dirigentes, la frontera entre ambos espacios es más porosa de lo que parece. Pero no todos siguieron ese camino. Otros referentes prefieren mantenerse en una zona de ambigüedad, donde el diálogo convive con la autonomía.

En distritos clave como la provincia de Buenos Aires, esa ambigüedad se traduce en estrategias cruzadas. La posibilidad de acuerdos electorales convive con la intención de cada espacio de preservar su propia competitividad. Es una danza delicada, donde cada paso puede alterar el equilibrio general. Nadie quiere quedar afuera de una eventual victoria, pero tampoco perder su lugar en el tablero.

En la Ciudad de Buenos Aires, esa tensión se vuelve aún más visible. Las disputas por la autoría de iniciativas y los cruces discursivos reflejan una competencia latente que, por momentos, se disimula detrás de acuerdos coyunturales. Es el reflejo de una relación que no termina de definirse: aliados en algunos escenarios, competidores en otros.

De cara al 2027, la incógnita central no es si habrá acuerdo, sino en qué términos se dará. La experiencia reciente muestra que las alianzas construidas únicamente sobre la base del rechazo a un adversario tienen límites evidentes. Para sostenerse en el tiempo, necesitan algo más que una coincidencia negativa: requieren un proyecto compartido.

En ese punto, tanto Milei como Macri enfrentan un desafío similar. El primero debe consolidar su liderazgo sin aislarse políticamente. El segundo, recuperar protagonismo sin quedar atrapado en una lógica subordinada. Entre esas dos necesidades se juega buena parte del futuro de la oposición no peronista.

La política, al fin y al cabo, no es solo el arte de construir poder, sino también el de administrarlo. Y en ese ejercicio, las alianzas son tan necesarias como frágiles. La relación entre Milei y Macri es, hoy, una muestra de esa fragilidad: un vínculo que nació de la urgencia, que se sostuvo en la conveniencia y que ahora busca redefinirse en un escenario donde las certezas escasean.

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