
Gobernar también es corregir: la madurez política que empieza a asomar en el experimento Milei
OPINIÓN
Ricardo ZIMERMAN


Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay momentos en la política en los que la realidad obliga a los gobiernos a revisar sus propios manuales. No se trata de renunciar a las convicciones, sino de demostrar que la gestión pública requiere algo más que principios rígidos: exige inteligencia para adaptarse. En ese punto parece estar hoy la administración de Javier Milei, que comienza a mostrar señales de una posible recalibración económica sin abandonar el rumbo general que se propuso desde el primer día.
Después de más de dos años de un programa que priorizó con obsesión la estabilidad macroeconómica —equilibrio fiscal, control monetario y combate frontal contra la inflación— empiezan a aparecer discusiones internas sobre cómo reactivar una economía que todavía muestra signos de debilidad en amplios sectores productivos. La lógica del ajuste inicial era comprensible: ningún plan económico podía sobrevivir si la inflación seguía devorando ingresos y expectativas. Pero los gobiernos no gobiernan en laboratorios, sino en sociedades reales, con ciudadanos que necesitan ver resultados en su vida cotidiana.
Ese equilibrio entre disciplina macroeconómica y recuperación de la actividad comienza ahora a ocupar el centro del debate dentro del oficialismo. En distintos despachos del Gobierno se admite que la caída del consumo, la dificultad para recuperar empleo formal y el deterioro del poder adquisitivo están empezando a pesar en el clima social. No es una sorpresa. Todo programa de estabilización profunda genera tensiones durante su primera etapa.
Lo interesante es que, lejos de ignorar esas señales, el equipo económico parece dispuesto a introducir ajustes tácticos. Entre las alternativas que se analizan aparecen la posibilidad de relajar algunas condiciones monetarias, reducir el costo del crédito y permitir una dinámica salarial algo más flexible que la observada hasta ahora. No sería un giro dramático, sino más bien una corrección dentro de la misma estrategia general.
La discusión no es nueva en la historia económica argentina. Cada plan de estabilización enfrenta el clásico dilema entre inflación y actividad. Durante los primeros meses del gobierno libertario la decisión fue clara: derrotar la inflación incluso si eso implicaba una desaceleración económica. Pero la economía real rara vez se mueve con la prolijidad de los modelos teóricos. Cuando la inflación tarda más en bajar y la actividad tarda más en recuperarse, el dilema se vuelve más complejo.
En ese contexto, permitir cierta expansión del crédito o un poco más de circulación monetaria puede convertirse en una herramienta razonable para reactivar el circuito productivo. La clave estará en hacerlo sin comprometer el principal capital político del Gobierno: la credibilidad en la lucha contra la inflación. Ese sigue siendo el activo más importante de la gestión de Milei.
El propio presidente parece haber comprendido que gobernar no es solamente sostener principios, sino también administrar tiempos. Los programas de transformación económica necesitan resultados graduales para sostener el apoyo social que los hace posibles. Y la Argentina, después de décadas de frustraciones, exige señales concretas de mejora.
Mientras tanto, el mundo observa con atención. El reciente road show económico en Estados Unidos volvió a mostrar que el experimento argentino despierta curiosidad y expectativas entre inversores internacionales. La combinación de disciplina fiscal, apertura económica y reformas estructurales es vista como un cambio radical respecto de las políticas que dominaron la última década.
Sin embargo, ningún interés externo puede reemplazar el termómetro interno de la sociedad. Las encuestas comienzan a mostrar que la economía se convirtió nuevamente en la principal preocupación de los argentinos. Los ingresos, el empleo y el consumo ocupan hoy el centro de las inquietudes cotidianas. Es un dato que ningún gobierno puede ignorar.
Aun así, el escenario político sigue ofreciendo una particularidad llamativa: el deterioro del humor económico no se traduce automáticamente en un fortalecimiento de la oposición. La fragmentación del sistema político argentino es tan profunda que, incluso cuando el oficialismo pierde algunos puntos en la opinión pública, el resto del arco político tampoco logra capitalizar ese desgaste.
En otras palabras, el Presidente sigue siendo la figura central del tablero político. Puede generar adhesión o rechazo, pero nadie ocupa hoy el espacio que él domina en la conversación pública. Esa centralidad explica por qué, incluso en momentos de tensión económica, su liderazgo conserva una base de apoyo considerable.
El desafío del Gobierno consiste ahora en administrar esa ventaja política con inteligencia económica. Las reformas estructurales necesitan tiempo, pero la sociedad también necesita señales de alivio. Encontrar ese equilibrio será decisivo para el futuro de la gestión libertaria.
Los próximos meses serán clave. Si el Gobierno logra introducir correcciones que reactiven la economía sin desordenar la macroeconomía, el experimento argentino podría entrar en una segunda etapa más prometedora. Si, por el contrario, las tensiones se profundizan, el margen político empezará a estrecharse.
Por ahora, la pelota sigue en manos del oficialismo. Y lo más interesante de este momento es que el Gobierno parece empezar a comprender que gobernar también implica saber corregir.





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