
Kicillof intenta instalarse en Córdoba, pero choca con un rechazo persistente
OPINIÓN Por Carlos Zimerman


En política hay gestos que construyen poder. Y otros que, directamente, rozan la temeridad. Lo que ocurrió en Villa Carlos Paz tiene un poco de ambas cosas, aunque el tiempo dirá en qué casillero termina cayendo. Por ahora, lo que se vio fue un intento. Un ensayo. Una jugada que algunos llaman estrategia y otros, sin tanta diplomacia, definen como una patriada.
Con un acto encabezado por Carlos Caserio y el respaldo virtual de Axel Kicillof, un sector del peronismo empezó a moverse en Córdoba con la mirada puesta, cómo no, en 2027. Intendentes, sindicalistas y dirigentes del Valle de Punilla dijeron presente. Una foto que, en otro momento, hubiese sido rutina. Hoy, en cambio, intenta ser señal.
Porque el peronismo cordobés hace tiempo que dejó de tener referencias nacionales competitivas. Y cuando eso ocurre, siempre aparece alguien dispuesto a ocupar ese vacío. El problema no es intentarlo. El problema es quién lo intenta.
La figura más resonante del encuentro, más allá del anfitrión, fue la del ministro de Seguridad bonaerense, Javier Alonso, que pasó por Córdoba casi como quien deja una tarjeta de presentación. Pero el plato fuerte estaba en la pantalla: Kicillof, hablando a la distancia, intentando construir cercanía en un territorio que le es, siendo generosos, esquivo.
Antes de su intervención, volvió a sonar la marcha peronista. Un detalle menor para algunos, pero toda una señal para otros: nostalgia de tiempos donde el peronismo en Córdoba no necesitaba ensayo general.
Cuando finalmente tomó la palabra, Axel Kicillof apeló al manual clásico. Llamado a la unidad, advertencias sobre el rumbo económico de Javier Milei, críticas al modelo y una frase que buscó instalar clima: “el primer enemigo es el desánimo”.
El problema es que en Córdoba el desánimo no parece ser con Milei, precisamente.
Kicillof habló de reconstruir, de evitar que la sociedad naturalice el ajuste, de frenar un modelo que —según su mirada— sacrifica a trabajadores e industriales. Incluso se permitió una autocrítica suave, casi protocolar, sobre las divisiones del peronismo.
Todo correcto. Todo esperable. Todo… poco novedoso.
Pero hay un dato que ningún discurso logra tapar: lo que está haciendo Kicillof en Córdoba es, literalmente, una patriada. Y no en el sentido épico que le gusta al kirchnerismo, sino en el más crudo de la palabra.
Porque si hay un dirigente con mala imagen en Córdoba, ese es Kicillof.
Podrá venir, conectarse por Zoom, mandar emisarios o intentar construir desde abajo. Podrá incluso intentar mimetizarse: tomar un fernet, pedir un té con peperina, sacarse una foto mirando las sierras. Todo muy pintoresco.
Pero en Córdoba la memoria política no se evapora con marketing.
Acá nadie se olvida que fue ministro de Cristina Fernández de Kirchner. Nadie desconoce qué representa. Y, sobre todo, nadie parece dispuesto a comprar ese paquete otra vez.
Dicho sin vueltas: Kicillof pierde el tiempo.
Mientras tanto, Carlos Caserio intenta construir. Habla de una “luz de esperanza”, de una base dirigencial que acompañe al gobernador bonaerense. Se mueve, articula, ordena. Hace lo que tiene que hacer alguien que decidió jugar.
Pero juega en una cancha inclinada.
Incluso dentro del propio peronismo cordobés, la movida genera más dudas que entusiasmo. El esquema de poder que lidera Martín Llaryora tiene otra lógica: sostener el territorio, administrar el presente y no rifar capital político en aventuras nacionales inciertas.
Si eso implica, llegado el caso, acompañar a alguien en 2027, será bajo condiciones. No por afinidad ideológica ni por romanticismo partidario.
El acto en Villa Carlos Paz dejó, además, una postal clásica: intendentes del interior, sindicatos alineados y dirigentes territoriales armando el primer anillo. Nombres que pesan en lo local, pero que todavía no alcanzan para construir volumen provincial, mucho menos nacional.
En definitiva, lo que se vio fue un intento de reanimar algo que en Córdoba lleva tiempo sin latir con fuerza.
El problema es que no alcanza con querer volver.
Hay lugares donde la política se reconstruye con paciencia. Y hay otros donde directamente hay que empezar de cero.
Córdoba, para Kicillof, parece ser de estos últimos.
Y en ese escenario, por más épica que le pongan, la patriada tiene más de testimonio que de destino.





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