



Por momentos, la política argentina se parece demasiado a una comedia de enredos. Pero no de las buenas: de esas en las que el público ya sabe quién es el villano, quién miente y quién se indigna solo cuando le conviene. Y en estos días, el nuevo capítulo lo protagoniza Manuel Adorni.
La polémica es conocida: el vocero presidencial llevó a su esposa en un viaje oficial y no lo comunicó previamente. ¿Fue un error? Probablemente sí. ¿Fue una decisión feliz desde el punto de vista político? Claramente no. En política, incluso las pequeñas cosas cuentan. Y más aún cuando el gobierno se presenta —como lo hace el de Javier Milei— como una ruptura con los viejos vicios de la casta.
Hasta ahí, la discusión sería razonable.
El problema es quiénes se escandalizan.
Porque de repente los mismos que durante años miraron para otro lado cuando el país se hundía en los peores escándalos de corrupción de la historia reciente, hoy se rasgan las vestiduras por un plato de comida y un refrigerio en un viaje oficial. Es casi enternecedor verlos indignados.
Son los mismos que guardaban silencio cuando la Argentina vivía uno de los episodios más oscuros de su historia institucional: la muerte del fiscal Alberto Nisman, ocurrida días después de denunciar al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
Ese hecho, que todavía pesa como una sombra sobre la democracia argentina, fue —como mínimo— un escándalo institucional de proporciones históricas. Para muchos, directamente un magnicidio. Y sin embargo, buena parte de los que hoy pontifican sobre ética pública prefirieron en aquel momento mirar el techo, acomodarse el saco o cambiar de tema.
Ahora, en cambio, parecen descubrir de golpe la moral republicana.
Seamos serios.
El viaje de la esposa de Adorni no le costó un centavo a los argentinos. No hubo contratos truchos, ni bolsos volando por conventos, ni hoteles fantasma, ni rutas que terminaban en el medio del campo. No hubo un sistema organizado para vaciar el Estado.
Hubo —a lo sumo— una decisión comunicacionalmente torpe.
Y sin embargo, el coro de indignados actúa como si se hubiera descubierto la corrupción del siglo. Lo curioso es que muchos de esos críticos pertenecen al mismo ecosistema político y mediático que durante años convivió con el saqueo más obsceno que haya conocido la Argentina democrática.
De repente, los saqueadores quieren hacerse pasar por René Favaloro o por José de San Martín.
No alcanza con cambiar el tono de voz para convertirse en un prócer.
La Argentina cambió. Y cambió porque millones de personas decidieron que el país no podía seguir siendo rehén de un sistema político que naturalizó el despilfarro, la corrupción y la impunidad.
Ese cambio lo encarna hoy el gobierno de Milei. Y por eso la reacción de ciertos sectores es tan virulenta: porque saben que el viejo esquema de privilegios está en retirada.
¿Adorni se equivocó? Puede ser. Y si fue así, seguramente lo corregirá.
Pero conviene poner las cosas en perspectiva.
Los verdaderos ladrones, los que organizaron durante años un sistema de corrupción estructural que devastó la economía y las instituciones, dejaron una herida tan profunda que llevará décadas cicatrizarla.
Por eso, antes de rasgarse las vestiduras por una anécdota menor, tal vez algunos deberían hacer un pequeño ejercicio de memoria.
Sobre todo quienes hoy gritan más fuerte.
Porque mientras señalan con el dedo, su jefa —sí, la misma que gobernó durante años— enfrenta condenas por corrupción y una historia judicial que difícilmente pueda borrarse.
Y la Argentina, después de mucho tiempo, decidió que ese capítulo debía terminar.





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