
El Congreso fue un set de selfies: la noche en que los gestos hablaron más que el discurso
OPINIÓN
Ricardo ZIMERMAN

Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
A falta de alfombra roja, hubo vallado. A falta de catering, hubo cánticos. Y a falta de silencio solemne, hubo selfie. La apertura de sesiones terminó siendo menos una ceremonia institucional y más una convención de influencers con bancas asignadas. Si alguien esperaba clima republicano con olor a prócer, se llevó aroma a streaming en 4K.
La mañana arrancó con la zona del Congreso convertida en una versión criolla del Área 51. Vallas desde temprano, uniformes multiplicados y vecinos negociando con agentes para poder cruzar la calle rumbo a la panadería. El mensaje era claro: la institucionalidad entra primero, el pan después. La República, cuando se pone formal, lo hace con despliegue táctico.
A la tarde llegó el momento “Puertas que se abren, celulares que se elevan”. La militancia libertaria ingresó como quien entra al recital de su banda favorita: paso rápido, mirada encendida y teléfono en alto. La revolución, definitivamente, será grabada. Y subida. Y editada. Y musicalizada. Lo importante no era escuchar el discurso: era tener la story.
El dress code aportó su propia narrativa. Mucho blanco entre las legisladoras libertarias, como si la pureza fuera un tono Pantone. Algún violeta estratégico, algún borravino disruptivo, pero en general predominó el “look Asamblea Chic”. El Congreso, por momentos, parecía backstage de desfile patriótico.
En el rubro “no frenes, que me filman”, el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, hizo una entrada a velocidad reglamentaria para evitar el scrum periodístico. Técnica impecable: mirada al frente, paso firme, micrófono esquivado. Manual del funcionario moderno.
La escena más honesta de la noche fue, sin dudas, el saludo repetido. Una diputada libertaria saludó a los jefes militares con gesto solemne, avanzó unos pasos, dudó… y volvió sobre sus tacos porque el saludo no había quedado registrado. Segunda toma, mismo saludo, mejor ángulo. Si no está en video, no existe. La liturgia del siglo XXI exige backup.
En los balcones, el streaming oficial tenía palco propio con Daniel Parisini y compañía. La política argentina entendió algo fundamental: ya no alcanza con gobernar, hay que narrarse. Y si es con plano cenital y comentarios en vivo, mejor.
Los gobernadores fueron llegando como invitados a casamiento: algunos temprano para no quedar mal, otros sobre la hora, mirando de reojo dónde sentarse. El embajador de Estados Unidos, Peter Lamelas, y el de Israel, Eyal Sela, ocuparon sus lugares con timing diplomático, recordando que siempre hay platea internacional mirando el show.
Y entonces, el ingreso presidencial. Sin banda ni bastón, pero con banda sonora: “Panic Show” de La Renga retumbó en el recinto como si el Congreso hubiese decidido mutar en estadio techado. El Presidente alentó el canto, hizo gestos para que subiera el volumen y por un instante la Asamblea pareció un entretiempo largo con bancas tapizadas.
Las diferencias internas también tuvieron su coreografía. Cuando ingresó la vicepresidenta Victoria Villarruel, el oficialismo eligió el modo “aplauso ahorro energético”. En cambio, al anunciar al titular de Diputados, Martín Menem, el entusiasmo fue inmediato. Sonrisas, vítores, “Vamos Martín”. Si los gestos cotizaran en bolsa, habría habido suba selectiva.
Uno de los momentos más cinematográficos fue el amontonamiento en el ingreso presidencial: empujones sutiles, acomodos estratégicos y esa tensión de “yo estaba primero en el plano”. La transmisión captó más lenguaje corporal que muchos tratados de psicología política.
En las bancas opositoras aparecieron carteles como en festival escolar: mensajes contra despidos, advertencias laborales, consignas hídricas que defendían el mate y el vermut. La creatividad gráfica siempre encuentra su lugar en la democracia argentina. Si no hay consenso, al menos hay fibrón.
El discurso fue picante, pero lo realmente sabroso estuvo en los intercambios gestuales. Dedos marcando porcentajes, miradas al cielo, sonrisas irónicas, manos que invitaban a aplaudir y otras que respondían con señas de incredulidad. El Presidente alternó ironía, provocación y ese tono de “los estoy viendo” que convierte cada frase en desafío. La tribuna respondió como tribuna: con cántico automático.
Hubo un cruce verbal con pedido de doctorado incluido, reproches de “delirante” y devoluciones creativas. El Congreso, por momentos, se pareció a sobremesa familiar donde todos hablan al mismo tiempo y nadie baja el volumen. Sólo faltó que alguien pidiera que pasaran la ensalada.
El gesto más elocuente quizá no fue un grito ni un insulto, sino el clásico “montoncito” de dedos de un gobernador al salir, resumen perfecto de la noche: ¿qué fue esto? ¿acto institucional? ¿recital político? ¿capítulo estreno? Probablemente todo junto.
La apertura dejó una enseñanza: en la Argentina contemporánea, la política no sólo se discute, se performa. Cada saludo tiene segunda toma, cada aplauso tiene destinatario y cada silencio dice más que una página del Diario de Sesiones. El Congreso fue, durante unas horas, un gran set donde los gestos hablaron más fuerte que el micrófono.
Y mientras afuera las vallas seguían firmes y los vecinos volvían con el pan bajo el brazo, adentro la República confirmaba su nueva versión: menos prócer de bronce, más protagonista de streaming. Porque en esta era, la historia no sólo se escribe. También se encuadra.


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