


Por Carlos Zimerman
El sistema de atención del PAMI atraviesa una crisis que ya no admite eufemismos ni maquillaje político. Así como funciona hoy, el organismo que debería cuidar a los jubilados los está empujando, lenta y silenciosamente, a una situación límite. No es exageración: muchos adultos mayores están literalmente condenados a deteriorarse mientras esperan una respuesta que nunca llega.
Es inaceptable que un jubilado deba esperar meses para acceder a una ecografía, una tomografía o un estudio mínimamente más complejo que un análisis de sangre común. En medicina, el tiempo no es un detalle administrativo: es la diferencia entre prevenir y lamentar, entre tratar y llegar tarde.
"La realidad es brutal: pareciera que el propio Estado estuviera empujando a los jubilados a morirse. De otro modo no se explica semejante nivel de burocracia, desorganización y deshumanización en un sistema que debería existir para cuidar la vida de quienes trabajaron toda una vida".
El problema no es solo la demora. Es el abandono.
A esto se suma otro drama cotidiano: el costo de los medicamentos. Los remedios son carísimos y la mayoría de los jubilados no puede afrontar precios que superan ampliamente sus ingresos mensuales. La jubilación alcanza, con suerte, para sobrevivir. No para financiar tratamientos.
Y aquí aparece una de las grandes mentiras del sistema: que los medicamentos son gratuitos.
En los papeles, sí. En la realidad, no.
Para que un jubilado reciba un medicamento sin costo, debe atravesar un laberinto de trámites interminables, formularios, sellos, requisitos médicos, validaciones y rechazos. Un verdadero vía crucis burocrático que, en muchos casos, fracasa. El expediente se pierde, el trámite se demora o la autorización nunca llega. El resultado es siempre el mismo: el jubilado se queda sin el remedio.
Y quedarse sin un medicamento no es un inconveniente administrativo. Es un riesgo directo para la vida.
No se trata de casos aislados. Es un patrón que se repite en todo el país. Jubilados que esperan turnos imposibles. Jubilados que abandonan tratamientos porque no pueden pagarlos. Jubilados que se cansan de peregrinar por oficinas. Jubilados que se sienten descartados por el propio Estado.
El PAMI necesita una reorganización profunda y urgente. No un parche. No un anuncio vacío. Una reforma real que ponga al paciente en el centro y no al expediente.
El presidente Javier Milei debe prestar atención inmediata al funcionamiento actual del PAMI. No hay margen para la indiferencia. No es un tema ideológico. No es una discusión técnica. Es una cuestión humana.
Cuando un jubilado no consigue un estudio médico a tiempo, el Estado fracasa.
Cuando un jubilado no puede acceder a su medicación, el sistema se vuelve cruel.
Cuando la burocracia vale más que la salud, algo está profundamente mal.
No se puede hablar de ajuste con los que ya dieron toda su vida trabajando. No se puede mirar para otro lado cuando los adultos mayores quedan atrapados en una telaraña administrativa que los debilita física y emocionalmente.
Reordenar el PAMI no es una opción política: es una obligación moral.
Porque acá no se discute un presupuesto. Se discute vida o muerte.
Y un país que abandona a sus jubilados está renunciando a su propia dignidad.




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