A 20 años del último helicóptero, los radicales se juegan a recuperar la mística

OPINIÓN Por Edi Zunino*
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Cuando Sergio Massa les avisó por Twitter a los gobernadores los problemas que les traería un 2022 sin Presupuesto Nacional, uno de ellos, el opositor Gerardo Morales, ya había recorrido el espinel dirigencial de Juntos por el Cambio como flamante presidente de la Unión Cívica Radical para decirles que la “locura tipo Milei” no debería apoderarse de ellos, porque sería como hacer puntería y pegarse tiros en los pies.

Por esas actitudes, que él reivindica como “racionales”, los “halcones” cambiemitas –que no están ejerciendo funciones ejecutivas- suelen acusar al jujeño Morales de “albertista”. Tal vez sea cierto y Morales tenga por qué llevarse mejor con Fernández o con el propio Massa que con Mauricio Macri o hasta su actual vice partidario, Martín Lousteau, pero, al igual que durante la pandemia, la cuestión no es de empatía sino de cálculo: el hombre sabe cómo funcionan las cosas en un país híper presidencialista y, más aún, hasta dónde puede llegar un gobierno peronista forzado a manejar la “caja” por decreto.

Morales y su par correntino, Gustavo Valdés, son las cabezas de un pretendido “renacimiento” radical para colocar a un devoto de Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen en la Casa Rosada, dos décadas después del helicóptero de Fernando de la Rúa y para festejar así los 40 años del retorno de la democracia de la mano de Raúl Alfonsín. Tienen contra, claro, dentro de la UCR y, obviamente, desde el PRO, donde las “palomas” de Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal les compiten por la ocupación del ansiado “centro político”, vital para imponerse en una presidencial. Por el momento, la primera batalla entre los “boinas blancas” la ganaron: juntaron las fuerzas para que el jujeño conduzca y, ahora, los seguidores del re-disciplinado Lousteau y el eterno “Coti” Nosiglia deberán desandar la ruptura del sub bloque de Diputados y subordinarse a una estrategia general.

Los puntos que les puso Morales a sus correligionarios y a los socios del PRO fueron fuertes. Les dijo que pelearse a los gritos para ver quién es más opositor puede servir en una campaña legislativa, pero no a la hora de legislar sobre temas que afectan a todos (empezando por ellos, los gobernadores e intendentes opositores, que son los eslabones más débiles de la cadena de mandos a nivel nacional).

Mientras Morales estaba de ronda con el objetivo formal de presentarse como nuevo jefe radical y ponía como un límite insalvable a los autoproclamados “libertarios”, el neurólogo Facundo Manes participaba del congreso nacional del partido GEN, que conduce Margarita Stolbizer, y planteaba la urgencia de “convocar a nuevos sectores para ampliar la coalición”. Todas esas acciones se acoplaron a la Coalición Cívica de “Lilita” Carrió, que también se enojó por la furia anti presupuestaria y tampoco quiere a Milei ni a su pesada del rock and roll. Hacía rato que el panradicalismo no tocaba la misma cuerda.

Así como a Morales lo acusan de “albertista”, él mismo ha señalado a Lousteau por “larretista”, mientras que al ex gobernador mendocino Alfredo Cornejo, ahora senador, y al diputado cordobés Mario Negri se los consideró durante toda la gestión anterior como demasiado “sí-macristas”. Reunificar todo eso, darle perfil y recuperar la mística no depende sólo de un sillón partidario y cierto shock de autoestima. Dentro del partido centenario volvió el espacio para el humor: dicen que para reinstalar el viejo y victorioso apotegma de “¡calma, radicales!”, al jujeño Morales le sobran… hectáreas y hectáreas de plantaciones legales de cannabis.

 

 

* Para www.radio.perfil.com

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