CONTAME UNA HISTORIA

LECTURA DEL DOMINGO 26 de septiembre de 2021 Por José AdemanRODRÍGUEZ
ArroyoLinyera

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Todos los escritores cuando realizan “su libro”, lo hacen rodeados de libros, diccionarios y recortes de periódicos amontonados en forma de parvas; dan abundantes cosechas de ideas ajenas que terminan en grano fino filtrado por el tamiz de los correctores de las editoriales.

Un libro es el resultado de muchos hombres diferentes, y un hombre, de sólo dos que se aman (al menos hipotéticamente). Son los literatos, encorvados acopiadores del plagio que no agregan nada nuevo al conocimiento, exceptuando el mundo de la ciencia y la técnica, o genios como Cervantes, Shakespeare, Víctor Hugo, Jules Verne y pocos más. Un escritor dijo un día: "No es aconsejable conocer personalmente a los de la pluma. El mejor escritor es el escritor muerto.

Para escribir esta novela, leí muchos libros de viaje” (¡por supuesto, no escritos por él!). Feliz o desafortunadamente, los intelectuales están cada vez más acorralados por una sociedad de analfabetos y simuladores de cultura. Según Borges: "No me jacto de lo que he escrito, sino de los libros que he leído".

Según Isaac Asimov: “Una de las plagas de un escritor prolífico es la preocupación constante por el plagio, es decir, por la apropiación de las palabras de otra persona con la pretensión de que son propias”. No se concibe un literato sin boli para subrayar, anotar o puntualizar... en definitiva copiar. Así también es inimaginable un cafishio sin peine o un malevo sin cuchillo.

Que lo reconozcan de una vez y que nadie se rasgue las vestiduras: el plagio es connatural al hombre. Fragmentos y párrafos enteros lógico queden grabados en los que tensan una memoria pertinaz. ¡Hasta el amor, se repite constantemente por los siglos de los siglos!.

Para no decir que copian burdamente, declaran estar “influenciados o intertextualizados” por o con tal escritor, pero resulta que uno se entera tarde, como cualquier buen ignorante o cornudo, que en su mocedad Valle Inclán copió íntegramente una novela de Dostoievski. ¡La literatura se alimenta de literatura y no de los animalejos del campo! La originalidad en estilo puro o virginal no existe. Ya antes de nacer, estamos recibiendo estímulos.

Más tarde también: lo que leemos, percibimos, oímos, y lo que no oímos también, lo que se almacena en el subconsciente, lo que soñamos, lo que nos dijeron hace treinta años y lo de ayer.

El fútbol sí es creación total!!

Lleva la autoría sin precedentes, no recreada ni copiada; cada jugada de un genio futbolístico es un incunable. Vemos a miles de “genios” de las letras, cientos en el teatro y en la pintura, pero en una centuria solamente puedes escoger unos pocos en el fútbol: Kubala, Di Stefano, Cruyff, Maradona, Pelé, Zidane y Messi... Podrían ser muchos más, porque son muchos más los niños que en el mundo juegan a este deporte; no obstante, pocos son los elegidos, difícil arte el del ser creador.

Pongan ustedes diez niños a estudiar medicina, abogacía, ingeniería o narcotráfico, y seguro que dentro de unos años habrán logrado su título respectivo. Ahora, de los millones de niños que juegan al fútbol, solo jugarán en primera división una minoría, por más que ''estudien'' en las grandes ''escuelas de fútbol''.

El periodismo deportivo, como todo, está saturado de plagios. Allá por los finales de los ´60 tuve como compañero de transmisiones de fútbol a Ernesto Cherquis Bialo, director de “El Gráfico” (aclaro que extraordinario periodista). En Córdoba causó sensación por sus frases y latiguillos que calaron hondo en la sensibilidad popular. “Esa pelota pedía red” era su rúbrica a una jugada de gol. La frase original fue de un famoso relator uruguayo llamado Eber Pinto (buen relator como casi todos los uruguayos).

El maestro Fioravanti solía decir refiriéndose a la multitud de las canchas “el monstruo de las mil cabezas”, figura literaria que está en la Biblia y utilizó Cicerón. Años más tarde, Jorge Valdano, con un criterio más matemático le agregó un cero, cuando dijo “el monstruo de las cien mil cabezas” (¿será por la inflación?).

Muchos creen ser notarios de la realidad, que bien podían ser empleados en estadísticas. Seguro no fue uno de ellos a quien se le ocurrió crear cosas imprescindibles: la cama, el paraguas, la fontanería, la puerta de las casas, un taxi a las 4 de la mañana, un borracho, el cristal en las ventanas, los palillos (ellos dirían mondadientes), la caja de cerillas, los chistes (tan necesarios en toda reunión, que son anónimas creaciones del ingenio popular), el bidé, el inodoro (que lo hubieran hecho para el culo)... Claro, no, no, no. No son capaces.

Eso sí es ser inteligente. Un libro es útil, aunque no imprescindible. Saben bien lo de los papiros egipcios, pero no de ese otro papel que termina en periódicos, que a su vez acaban como envoltorio de carne o pescado, cuando no reemplazan a la hierba para la “higiene terminal”.

Por eso soy un ignorante. Y no hay nada más digno que despreciar lo que uno ignora: si cuando quieres conocer algo, terminas más confundido. Hay un ciclo en la vida en que nuestros ojos comienzan a fijarse más en las páginas de la vida de uno mismo, que es exclusiva e intransferible. ¿Cómo se come lo que nos dicen los intelectuales? Borges se definió como un “anarquista conservador”; Indro Montanelli, premio Príncipe de Asturias, como “anarquista pacifista”; Norman Mailer se autotituló “conservador de izquierda”; Josep Pla, “marxista de derechas”… José Agustín Goytisolo, en el colmo de la “originalidad”, luego de declararse falangista, remató: “Siempre he sido lo que soy: un franco tirador de izquierdas".

Pío Baroja fue liberal, nacionalista, anarquista y dogmatófobo. ¡Que los entienda su madre! En los países latinos, casi todos estos “pensadores de lujo”, antes de la economía global, eran progresistas, simpatizaban con la República española, con los sandinistas, zapatistas y el Che Guevara, y tenían “probada moralidad”, pues se les consideraba “comprometidos” para diferenciarlos de los reaccionarios o aburguesados, en tanto jamás sintieron simpatía hacia los operarios de fábrica.

No creo aguanten su olor a sudor... Ahora son realistas. El tiempo se encargó de dar una vuelta de 180º a la superficialidad de sus argumentos.

El marxismo es vocablo pasado de moda; la izquierda y la Revolución, una utopía. La verdadera utopía es ser el hombre de las 3 C: cama, culo y comida, al igual que el ideal del fútbol debe ser el de las 3 G: ganador, gustador y goleador. ¡Y lo que iba a pasar en el apocalíptico 2000! Que los japoneses iban a cagar a los yankees, que las máquinas se emocionarían como el hombre (Odisea en el espacio), y hasta el boxeo tuvo profetas que aseveraron que acabaría con el siglo (según el comentarista Ulises Barrera), cómo se va a acabar si tiene sus raíces en el hambre y la violencia.

En el fútbol es donde se da la mayor concentración de “profetas” o “analistas”, no hay profesional del periodismo o ex-profesionales del fútbol con categoría de monstruos sagrados que no se hayan equivocado como supuestas autoridades conceptuales para valorar el fútbol. Pruebas al canto: “En el Mundial de EE.UU de ‘94, Pelé, CruYff, Di Stefano, etc... coincidían en que Colombia era el gran favorito para ganarlo, fue el primer equipo que dijo adiós en las primeras de cambio.

En el de México 86, toda la prensa argentina habló peste del pobrísimo juego de su selección y, que su técnico Bilardo representaba el anti-fútbol. Al término del certamen, con Argentina campeón del mundo, grácias a Maradona, todos los “profetas” dijeron al unísono: ¡Perdón Bilardo! Es de preguntarse: ¿Para qué mierda sirven las opiniones de tantos papagayos si el fútbol sigue siendo una ciencia oculta? Con la lógica de sólo uno o dos jugadores que marcan la diferencia y un 40 o 50% de azar”.

Todos los “profetas” han sido fatalistas con sus contemporáneos, pero de peor calaña son los profetas religiosos que nos hacen creer que todo lo que pasa son “castigo del Señor” como los volcanes actuales. En una época, muchos de estos escritores se establecían a orillas del Sena. Uno dijo que García Márquez descubrió recién desde París a Macondo, con su matriarcado y su misterio, pues antes estaba inmerso en él y por eso no lo podía descubrir (cualquier boludez que diga esta gente, vende). Jorge Amado dice que es más fácil trabajar en París que en Brasil.

Su mujer comenta que los 50 años de matrimonio equivalen a 100, pues nunca salió de casa. Con Borges pasó lo mismo... Ese es el "trabajo” de ellos: leer todo lo que puedan, atiborrándose de infinitas lecturas para encontrar algo que no tiene sentido, el sentido de la vida, para así ir dorando y sazonando los plagios. Amado fue diputado comunista y como tal terminó escribiendo en la ciudad luz.

Los escritores argentinos de la “inteligencia” tenían que ser antiperonistas. Sábato dijo que el justicialismo, con su vulgaridad y excesos, era incompatible con el universo platónico del intelectual. Les aclaro que para mí el “universo platónico” consiste en matar a alguien por una frase o chantajearlo por un vocablo, bajarse los pantalones para que les editen un libro cuando primerizos, o sufrir de “inmadurez afectiva” según alegó ruin y cobardemente Camilo José Cela como causal de divorcio de su primer matrimonio.

¿Qué más puede esperarse de este señor que en plena Guerra Civil española ofreció sus servicios como delator al comisario general de Investigación y Vigilancia franquista? Y el izquierdoso de Hemingway ¿cómo no iba a tener angustia existencial viviendo en pedo? Si “universo platónico” quiere decir que el poder y el mundo son una mierda, pero lejos de la tierra donde se nació, y predicar el escepticismo y la negación total, porque eso queda bien y vende.

Ufanándose de ser “rectores del pensamiento”, no pueden permitirse decir ligera e irresponsablemente que se equivocaron al acostarse comunistas y levantarse conservadores, tener cuna socialista y panteón conservador, o ser de jóvenes pirómanos y de mayores bomberos, cayendo en las generales de la ley como cualquier jovenzuelo cambia de vestido o de peinado; la muletilla de estos cobardes se basa en el “rectificar es de sabios”, así subsisten miserablemente entre el miedo y la vergüenza de haberse vendido al poderoso de turno y no haber luchado hasta el final, se nota que para ellos “París bien vale una fiesta”, y una idea no vale una mierda.

¿A ninguno del género humano se le ocurrió ser marxista de viejo y conservador de joven? El entendimiento y las ideas no son vestiduras de floreo dialéctico. El sustrato mental no va a la esteticienne. “Hay que actualizarse a los tiempos que corremos”, se justificó Vargas Llosas, ex-marxista y ahora líder rancio de derechas, otro experto en travestismo de ideologías. Vivió treinta años confundido, el promedio de años que cualquier lelo como yo emplea en deducir que los intelectuales son unos falsos o unos brutos.

Tendrían que haber escrito con lápiz para poder borrar los errores. Italo Calvino deslizó: “La necesidad de mirar el pasado con ojos nuevos”. Rubén Darío: “No sabemos adónde vamos, ni de dónde venimos." ¿Cómo no van a provocar los tan mentados choques generacionales que niegan lo de “concatenación de hechos y fenómenos? Crean personas emponzoñadas aptas para la no-convivencia y el desacuerdo ya desde retoños, y en cualquier instancia de sus vidas les florece la cizaña.

El cálculo y la experimentación sobre las cosas y personas de la historia se ve que no sirven de mucho. Tengo aún presente aquella noche en que cinco "eruditos" periodistas (los intelectuales de la era moderna) aseguraron que bajo ningún concepto se desataría una guerra entre EE.UU e Irak. A los pocos minutos ardía Bagdad; jamás escuché una rectificación de sus anteriores afirmaciones… Para dos sabios como Einstein y Freud era impensable el desencadenamiento de la 2ª Guerra, a pocos meses de iniciarse ésta.

Kierkegaard escribió que era incapaz de pisar una hormiga, pero que le hubiese seducido la idea de que durante un cuarto de hora permitieran que pelotones de fusilamiento se encararan contra periodistas, impartiendo él la orden de fuego.

Casi nunca los esclarecedores “sesudos” encuentran un punto de coincidencia entre este manejo bipolar de la vida, como podría ser una demo-dura o dicta-blanda. Tanto una como otra te enseñan que el dinero es la gasolina de la moral y la fe, aunque la decencia es la que tiene el secreto de extraerla sin provocar incendios. Te doy unos ejemplos: siempre se imputa a las democracias que de la libertad se pasa al libertinaje, al auge de las drogas y la prostitución, financiaciones ilegales de partidos políticos, transfugismo, lo disparatado de ver la policía con pasamontañas y los delincuentes a cara descubierta en Euskadi (la cara es como el DNI de la libertad, la capucha es el velo, el ocultamiento de la indignidad del criminal con “móviles” políticos o independentistas), empresarios que salen de la cárcel por “profunda depresión”, alumnos que le tocan el culo a la maestra.

Y ahora sí, la anécdota plagiada miles de veces con unos arreglitos míos.

Una vez conocí un colega quien decidió un día cambiar rotundamente sus maneras de enfocar la vida. Había logrado un buen pasar económico, pero no estaba satisfecho, ni mucho menos. Al contrario: años atrás, y con más aspiraciones que dinero, era feliz.

Sobre todo, no lograba algo fundamental: ser mejor persona, que siempre fue su norte, pues era un idealista furioso. Ahora se había transformado en un neurótico. Con la mujer no tenía algún hobby o pasatiempo que le entretuviera; con sus hijos no había juego comunicativo (a veces se reemplaza la falta de cariño con juguetes, que es algo parecido a un chantaje sentimental obsequioso. Día del Niño, Reyes, Niño Dios, etc. en ramplón e inservible montaje, donde se invoca a Dios en la misma medida que Papá Noel o Robocop).

A tal punto llegó su congoja que un día en plena virulencia de una reyerta con su mujer, y sacando toda su opresiva carga de culpabilidades que atenazaban su conciencia, le gritó: "¿Qué te hice? ¡Decime, carajo!". Y ella, hablando como para sí misma, le contestó: "Es que... precisamente nunca me hiciste nada! ¡Y es hora de que nos peleemos, pero entre las sábanas!".

Ya se dio cuenta él por dónde no iban los tiros. Él dormía tranquilo con su conciencia, pero no con su mujer, a quien no despertaba casi nunca, para así dejarla tranquila con su cuerpo. Sí, él dormía tranquilo... Tener aventuras y mujeres para nosotros es como algo grabado a fuego. Nos lo enseñaron los padres, mayores, etc. Nos educaron así.

En consecuencia, ¿por qué tener cargos de conciencia? Y ellas saben que éramos así desde antes de casarse con nosotros. Luego sucede que la mujer está en el sótano de la conciencia del hombre, o en la cocina, o en el living, para presentarle a sus relaciones. A él se le llenaron los ojos de lágrimas, y tuvo que respirar hondo. Se sentó a su lado, en la escalera que daba a la planta de los niños.

Le posó la mano en el hombro y se echó en su regazo a llorar, con "puchero" y todo… En tanto, ella tenía la vista puesta en... ¡vaya usted a saber!, lo más probable, en el mundo ideal que él le forjó cuando le tocaba la pancita de tres meses del primer hijo, el mismo vientre donde ahora lloraba, como un nene de vuelta. Este hombre de ahora no es el mocoso que recuerda a veces.

Él era un buenazo, por eso también sufría. En Argentina, quien no es vivo es "sonso"; y es intolerable y humillante ser sonso, a tal punto que es preferible ser inmoral. Él mismo me contó esa situación con su mujer y, tocado por la curiosidad, le pregunté en qué terminó todo. Un día arrancó de esta manera: "Mi señora era una chica dicharachera cuando la conocí; vivía carcajeándose, muy sentimental, hasta guardaba (de la época de novios) los sobrecitos de azúcar con frases y paisajes de casi todos los bares.

Al casarnos, poco a poco fue cambiando, como si se le agotara la fuente de risas, es que el amor, fíjate, es como la felicidad que más se sufre. Había noches en que yo, haciéndome el dormido, descubrí que lloraba contra la almohada, como si tuviera una tristeza muy arraigada. Yo pensé: "¡pobre, por cuatro días locos que vamos a vivir!" Y tuve la sensación de que era un espectro que había perdido la noción exacta del vocablo vivir, que no es sólo ocupar una casa en un barrio distinguido.

Resolví entonces ver a un viejo sacerdote que me adoctrinó en mi primera comunión. Entré a su despacho, que tenía olor a mi niñez. Estaba sentado en una modesta silla, dando espaldas a un gran ventanal. - Qué te pasa hijo?, me dijo sin prolegómenos, ya que se acordaba perfectamente de mí. - Padre, hago mal en venir porque lo necesite. Perdóneme por no haber venido alguna vez a saludarle o a ver cómo se encontraba. Le explico: verá... Yo no me quejo de la vida; me dio todo para ser agradecido: una familia, todos sanos, tengo mucho dinero... Pero noto, no sé, que se me vienen los años y no consigo ser

feliz, ni me acepto como soy. Y me dije: ¿por qué se dice tanto que la edad más feliz es la de la infancia? Usted nos enseñaba cosas buenas y fáciles de aprender. No hacían falta los libros... Siempre tengo presente aquella vez de mi época de gris oficinista raso, cuando vivía quejándome de todo y por todo… Usted me dijo: ¿Sabes que donde estás sentado hay una montaña de oro?, bien!…hay que buscar las pepitas…Comienza por sonreír todas las mañanas al levantarte. Ahora estoy hecho un lío, además, hice infeliz a mi mujer.

Usted entiende de eso; es como si cargara una cruz... Hace mucho tendría que haberle venido a ver, porque, ya se sabe, quien canta su mal espanta. Lo tenía atragantado, ¿sabe? Pero lo más curioso es que no tengo ningún problema acuciante ni contratiempo de gravedad, y con los problemillas domésticos uno se acostumbra hasta convivir con ellos, como se resigna alguien con su diabetes.

En actitud de honda reflexión, se pellizcó levemente el lóbulo de la oreja derecha, pero con la sensación en la izquierda, por eso del cruce de los hemisferios.

Luego se pasó el índice y el pulgar por las comisuras de los labios, con sensación en ambas, pues eran dos los dedos que se pasó. Mesándose la barba cenicienta, se puso de pie y me dijo: - Ven, asómate a la ventana. ¿Qué ves? - Un anciano que va a la caja a buscar su pensión.

Ahora, una señora pasea a su perro (que no es porque lo quiera, sino por perder de vista un rato al marido); y una parejita pasa tomada de la mano... - ¿Qué más, qué más? - También papeles dispersos en la vereda, las ventanas del edificio de enfrente, uno que va corriendo a tomar el autobús que se va y un banco de la plaza con novios, él con la mano perdida buscando el corazón de la selva (esto último sólo lo pensó, por respeto a la sotana). - Ves poco, hijo. ¿Sabías que hay hasta treinta maneras de mirar un mirlo? Ya basta.

Ahora, ven y mira en ese espejo. ¿Qué es lo que ves? - Me veo a mí mismo, padre. - Es que ahí está la clave, hijo: saber mirar. Tú, cuando te asomaste a la ventana, mirabas a través de un vidrio, un cristal limpio y transparente, veías la vida. Y el espejo donde te miraste es el mismo cristal de la ventana, sólo que con un baño de plata por detrás para así convertirse en espejo, lo cual quiere decir que cuando la plata se interpone entre nosotros y el mundo dejamos de ver a los demás para contemplarnos a nosotros mismos.

Desde aquella vez, cambié. Terminó su confesión: "Quizá me hizo recapacitar el hecho de llorar encima de mí mujer... No sé". Yo entonces relacioné ese "no sé" de mi amigo con las grandes cosas, los grandes prodigios, la gran magnitud que pueden encerrar dos palabrejas, o llorar, o un silencio puesto a tiempo. Y cómo se puede tocar el cielo desde abajo, que a veces es necesario descender un poco para poder alcanzarlo.

No obstante, la lección de la experiencia de mi amigo, estuve a punto de decirle, como buen grosero: "Pero boludo, si tenés guita y están todos sanos, ¿de qué mierda te quejas? Si con tres gotas de sangre te mareas ¿Cómo vas a ser cirujano? Andá, contale ese verso a uno que vive en una villa miseria y se te cagará de risa”. Te dirá que te cambia toda la felicidad que ellos tienen por tu guita. Y rompería todos los espejos de la casa, aunque se calentara la mujer. No, no los rompería: son siete años de desgracia, como dicen las brujas, que uno no les da bola, pero por si acaso... Nunca digas de este agua no beberé ni este cura no es mi padre.

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