El mejor confesor, el peluquero de barrio

MIRADAS Por José Ademan RODRÍGUEZ
Gorriti explicaba que se puede ser luterano, pero no confundir el útero con el ano. Maestro de anécdotas y gratuito repartidor de cuernos, prestidigitador que sacaba ropa interior de la galera, mejor que el novio de la Claudia Schiffer.
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Inolvidable Gorriti... Mi peluquero de joven... Allá por el cincuenta y tantos... ¡El mejor peluquero de Río Cuarto! Fue en su época de jovenzuelo glosista de orquestas de tangos que tocaban en el campo; cuando el tango dejó de estar de onda, como siempre, se dedicó a marcarla en las cabelleras con gominas y potingues. 


Peluquero de "machos machistas" clásicos que no lastimaban nunca sus hormonas con el pelo largo. A los peluqueros de categoría como él ahora les llaman “estilistas”. Sesenta años atrás, un estilista era el boxeador Cirilo Gil, venga el caso, los esgrimistas Félix y Fulvio Galimi, o el flaco Camaño, un genial insider izquierdo de Laboulaye, cantor de tangos y artista plástico. No sé por que raro sortilegio casi todos los peluqueros de barrio se apellidaban Gómez. 


 
 
 
¡¡Pero Gorriti, era mucho Gorriti!! Él era obra de la tijera. Como ésta fue antes que Gorriti, éste, por ende, fue un designio del arma de trabajo: lo que ella quiso, la dueña de sus historias. Cuando cortó su cordón umbilical se posó en su manecita de bebé para decidirle a cortar cabellos, patillas y honras ajenas, al punto de cortarle la realidad, que sólo se reflejó en el espejo de su peluquería. Lo suyo era una cualidad ingénita. Su genoma se construyó por habladurías que tomaron categoría de brillantes monólogos de orientación humanista y filosófica, desde remotísimos tiempos, herencia de Sócrates y Jesucristo, que jamás escribieron una línea para trazar sus fundamentales lineamientos doctrinarios. 


 
 
 
 
 
 
Gorriti explicaba que se puede ser luterano, pero no confundir el útero con el ano. Maestro de anécdotas y gratuito repartidor de cuernos, prestidigitador que sacaba ropa interior de la galera, mejor que el novio de la Claudia Schiffer. Había en su lengua mágica de fabulador cualquier ficción hecha realidad, o al revés. Las casadas adúlteras estaban en su boca como su propia saliva, el pecado original de Eva y el arrepentimiento lacrimoso de María Magdalena.. Hacía del rumor un cauce para la filosofía, y como corresponde a todo buen peluquero, no tenía pelos en la lengua. No puedo asombrarme mucho de él: soy kilombero por naturaleza, me gusta armar reñideros, hacer pelear, diseccionar el carácter de la gente... Eso de ser reservado no va conmigo. Es pose, o propio de los que no saben darle vuelta a las cosas, preguntan poco, no te baten nada. A mi me agrada buscar confidentes como Gorriti. ¡Si los tiene hasta la CIA o un triste comisario de pueblo! Creo que es básico para cosechar amigos. 


- "Vos sabés, Negrito" - inició un día así su perorata - "que yo afeito, peino, cambio la facha de los tipos, vaya, que entiendo, ¿no? Ningún animal cambia de semblante o se pone máscaras como el hombre. Cambiamos, nos modificamos, y no sólo nos apartamos de la naturaleza sino que la destruimos. Fíjate que la virtud de la flor, el buey o la pantera está en su naturaleza” - dijo apretando un peine de esa marca. “Por eso tenemos que respetar nuestros instintos, ya que la naturaleza es sabia, ¿o no?. Los ojos, para ver; la cera en la oreja"-. Y tocándose el omóplato, continuó Gorriti: - "Éste, para laburar; y las piernas, - dijo tocándose las mismas - éstas, para caminar; y la cabeza, para pensar". Y poniéndose grave rubricó: -"Y el culo para cagar, no para ser receptáculo de semen. La verdad está en la naturaleza y no en los que quieren torcerla con opiniones, que si cada uno debe hacer lo que quiere con su cuerpo... Sí, se puede... Y también chuparse un cajón de ginebra y ponerte una pistola en la sien. Pero nadie tiene que ayudar a apretar el gatillo. El "ojete" no puede ser objeto de introducción de cuerpos extraños, con excepción de las enemas, supositorios o tactos prostáticos, como que el esfínter anal no está preparado como la vagina para que le introduzcan un pene, convertido en carnosa bestia desgarradora de tejidos, plexos nerviosos, arterias y venas, sino que su función es expulsar los residuos del metabolismo”. 


Yo escuchaba vivamente interesado, aunque no compartía su opinión. Así que seguí escuchand para no quedar desenganchado de su monólogo, y le repliqué:
 


- “Claro, te entiendo. Con el agravante que les puede dar una melena que no veas, Gorriti”. -
- “¿Una qué?” -
- “Nada. Algo negro, muy negro, Gorriti, al cagar de verdad”.- le expliqué.


Y sin dejar de mirarme a través del espejo, continuó: 
- “No se debe cagar para adentro, por más placer que se sienta, pues es antinatural. Usar un agujero vedado que conduce al laberinto de los desperdicios intestinales que buscan escurrirse a través de la peristalsis (acentuando la L, como ufanándose de la  referencia fisiológica que él conocía, pues en su época de presentador tuvo una gastroenteritis y, como buen hipocondríaco, se leyó todo lo que encontraba a mano sobre el tema, sin dejar la tijera y el peine).  Así se explica que se expulsen mocos por la nariz y orina por el pito. Después, ¡mirá las secuelas! Incontinencia de esfínteres, pedos al pedo, almorranas... Por la cloaca no se hacen hijos, Negrito. Todo lo idílico se rompe y lo platónico se derrumba en el acto de la posesión carnal, cuando una enhiesta, bella e ingurgitada poronga toca fondo, embadurnándose en su desesperada y rabiosa incursión con el marrón pringoso de las heces (que incorporó a la jerga tanguera la frase viscosa y humeante de “hacer un marrón”). Tené en cuenta que esa es la zona más ricamente inervada, y calculá: más sensible que el alma. Por eso, cuando te ganan por ese lado, te llegan al alma. Aunque eso sí,  algún encanto debe tener: los que incursionaron por esa senda no volvieron, a lo sumo, dando una vueltita". 


Tan sangrante exposición me provocaba una comezón ortálgica en el hueso dulce. Su narrativa brotaba como una mano sentenciosa sin dejar de pulsar la tijera y el peine. En cada chisme o gracia había un secreto profundo. 


Gorriti era un showman, y su barbería un centro de información y difamación. Para mí, fue un artista como pocos, periodista con la noticia al instante del último adulterio y analista social del porqué de la precocidad (eyaculatoria) de la actual generación. De vez en cuando interrumpía su accionar para mirar afuera, por si pasaba alguna conocida y así recargar las pilas de la lengua; pero con la expresión severa de quien está preocupado por las condiciones que impone el Fondo Monetario Internacional al gobierno argentino o al Mercosur, arrugando la frente, concentrado el ceño, sin cesar de campanear a través del gran ventanal de la peluquería. Si Gorriti hubiera vivido en la Grecia antigua, en vez de peluquero habría sido un señor pensador, puesto que aquellos griegos eran selectos pensadores de mente caliente y culo frío, de tanto estar sentados en el mármol. Y nadie como ellos para utilizar el tiempo-ocio en función de la filosofía y la cultura en sus noches áticas. Ya que hablé de culo frío, se afirma que hay tres cosas frías: las manos del peluquero, el hocico del perro y el culo de la mujer.  


 

Después de tan instructiva sesión pelífera, nos despedimos y me apretó fuerte, muy fuerte, la mano y, sin despegarla casi, me la repasó como acariciando un guante de seda. Advertí un visaje de adiós no deseado. Me miró de tal modo como si quisiera decirme: “Perdoname, Negrito. ¡Qué débiles somos algunos! Si hasta hay ocasiones en la vida en las que para ganarte un puesto tienes que entrar por la puerta de atrás".

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