Messi, una grandeza compartida

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay personas que pasan por nuestra vida dejando recuerdos. Y hay otras que, de algún modo, terminan formando parte de nuestra propia historia. Lionel Messi pertenece a ese segundo grupo. Quizás por eso cuesta tanto hablar de él solamente como futbolista. Porque hubo un momento en que dejó de ser alguien a quien mirábamos jugar para convertirse, casi sin darnos cuenta, en alguien con quien compartimos alegrías, decepciones, esperas y lágrimas.

Durante años vimos sus goles cientos de veces. Lo vimos correr, levantar los brazos, recibir el abrazo de sus compañeros y escuchar cómo un estadio entero pronunciaba su nombre. Sin embargo, había un detalle que se repetía una y otra vez y que quizá tardamos demasiado en comprender. Después de marcar, Messi solía buscar con la mirada a quien le había dado la asistencia. Era apenas un instante. Una señal, un gesto de la mano, un dedo que apuntaba hacia otro. Como si dijera: “Esto también es tuyo”.

Y tal vez allí estaba una de las claves de su grandeza.

Porque cualquiera puede ser extraordinario cuando consigue hacer algo que los demás no pueden. Lo verdaderamente difícil es ser extraordinario sin hacer sentir pequeños a quienes nos acompañan. Messi tuvo esa capacidad. Mientras su figura crecía hasta convertirse en una de las más grandes de la historia del deporte, él parecía empeñado en recordar que ningún logro se construye completamente solo.

Sus compañeros aparecían en sus celebraciones. Sus asistencias eran reconocidas. Sus premios individuales, aun aquellos que podían alimentar cualquier vanidad, parecían perder parte de su importancia cuando los compartía simbólicamente con quienes habían recorrido el camino junto a él.

Nunca necesitó proclamarse el mejor. Durante mucho tiempo, otros se encargaron de decirlo por él. Tampoco pareció necesitar demostrarle al mundo cuánto valía. Le alcanzaba con entrar a una cancha y hacer aquello que parecía imposible.

Pero hubo algo que durante muchos años no tuvo. Algo que ningún Balón de Oro, ninguna copa ni ningún reconocimiento individual podía reemplazar: el afecto pleno de quienes estaban cerca de él, de quienes llevaban sus mismos colores y hablaban su mismo idioma.

Nosotros también tuvimos que aprender.

Durante demasiado tiempo le reclamamos cosas que quizás no sabíamos cómo nombrar. Le pedimos que demostrara su amor por la camiseta. Interpretamos su silencio como indiferencia, su manera tranquila de vivir los partidos como falta de compromiso y su personalidad reservada como si fuera una distancia respecto de nosotros.

Tal vez estábamos esperando que Messi demostrara ser argentino de una única manera.

Nos habíamos acostumbrado a reconocer nuestra identidad en determinados gestos, en determinadas formas de gritar, sufrir, protestar o celebrar. Y él era distinto. No necesitaba hacer ruido para sentir. No necesitaba explicarnos cuánto le dolía una derrota. No necesitaba convertir cada emoción en un discurso.

Su manera de querer estaba en otra parte.

Estaba en volver.

Volver después de perder. Volver después de las finales que parecían haber dejado una herida imposible de cerrar. Volver cuando una parte del mundo le sugería que ya había hecho suficiente. Volver cuando abandonar hubiera sido, quizás, lo más sencillo.

Y también estaba en ese pequeño gesto después de cada gol: mirar al otro.

Qué extraño resulta ahora pensarlo. Mientras nosotros nos preguntábamos durante años si Messi era suficientemente argentino, él hacía algo profundamente nuestro: compartía la alegría. Señalaba al compañero. Hacía lugar. Convertía el triunfo propio en una celebración colectiva.

Quizás la verdadera grandeza no consista solamente en llegar más lejos que los demás. Quizás consista también en no olvidarse de quienes caminaron al lado de uno.

Messi nos enseñó eso sin necesidad de explicarlo.

Por eso su historia excede al fútbol. Hay generaciones enteras de argentinos que crecieron esperando verlo jugar. Chicos que aprendieron a patear una pelota intentando imitar su zurda. Familias que se reunieron frente a una pantalla. Personas que, después de años de frustraciones, volvieron a sentir que la Selección podía ser un lugar común, una casa compartida donde las diferencias quedaban suspendidas durante noventa minutos.

También están las lágrimas.

Las de él y las nuestras.

Porque cuando alguien consigue emocionarnos de esa manera, deja de ser solamente un deportista. Se convierte en parte de nuestra memoria afectiva. Está asociado a una habitación, a una mesa familiar, a un abrazo, a un grito que atravesó una casa, a una persona que ya no está y con la que alguna vez compartimos un partido.

Por eso cuesta imaginar el fútbol argentino sin Messi.

No solamente porque fue el mejor, sino porque aprendimos a quererlo mientras lo veíamos crecer. Lo acompañamos desde aquel muchacho tímido que comenzaba a deslumbrar hasta el capitán que finalmente pudo levantar aquello que durante tantos años parecía destinado a escaparse.

Y quizá, cuando pase el tiempo y los partidos sean recuerdos lejanos, no recordemos cada gol ni cada título. Recordaremos algo más sencillo: la sensación de haber estado ahí.

Recordaremos su zurda, su camiseta, sus carreras y sus goles. Pero también aquel gesto pequeño, casi imperceptible, de señalar a otro después de hacer algo extraordinario.

Porque, al final, tal vez esa haya sido una de sus mayores enseñanzas: que llegar a la cima no obliga a mirar a los demás desde arriba.

Se puede ser el mejor y seguir haciendo lugar.

Se puede recibir todos los premios y continuar agradeciendo.

Se puede tenerlo casi todo y entender que la felicidad adquiere otro sentido cuando se comparte.

Y nosotros, que tantas veces le pedimos que demostrara cuánto quería a la Argentina, terminamos descubriendo que quizá no había mejor manera de hacerlo que la suya.

Messi no solamente nos representó con una camiseta. Nos acompañó durante años. Nos enseñó a insistir cuando perder parecía definitivo, a regresar cuando las heridas todavía dolían y a celebrar recordando siempre que nadie llega completamente solo.

Por eso, ahora que ya no lo veremos más entrar a una cancha con la camiseta argentina, queda una ausencia difícil de explicar. No es solamente la ausencia de un futbolista.

Es la de alguien que, durante una parte enorme de nuestras vidas, estuvo ahí.

Y quizás eso sea lo que más vamos a extrañar: no sus goles, que quedarán para siempre, sino esa sensación de que, mientras Messi jugaba, algo de nosotros también estaba jugando con él.

Gracias, Leo.

Por las alegrías, por las lágrimas, por las esperas y por las vueltas.

Gracias por haber entendido que una gloria individual puede convertirse en una alegría de todos.

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