



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay un momento en toda gestión en el que la política deja de parecer una carrera de velocidad para convertirse en una prueba de equilibrio. Javier Milei parece haber entrado en esa estación. Ya no alcanza con la potencia del discurso, con el impacto de una gira internacional o con la capacidad de instalar temas en la conversación pública. Ahora aparece otro examen: administrar diferencias propias, convencer a quienes no pertenecen al núcleo duro y construir mayorías allí donde las convicciones, por sí solas, no suman votos.
Ese es, probablemente, el verdadero escenario que enfrenta el Gobierno mientras intenta avanzar con el Presupuesto 2027, la reforma electoral y una agenda legislativa que depende menos de la voluntad presidencial que de una negociación paciente con gobernadores, aliados e incluso con dirigentes que prefieren hacer sentir su autonomía antes que alinearse sin condiciones.
La política argentina tiene una particularidad curiosa. Todos dicen detestar la rosca hasta que descubren que sin ella las leyes no existen. Milei construyó buena parte de su identidad enfrentando esa lógica. Su promesa consistía en reemplazar las transacciones del viejo sistema por la firmeza de las ideas. Sin embargo, la realidad institucional obliga a aceptar una verdad menos épica: el Congreso no funciona como un auditorio, sino como un tablero donde cada casillero tiene precio político.
En ese contexto aparece otro dato revelador: la discusión con Patricia Bullrich no parece ser únicamente un conflicto personal. Representa algo bastante más profundo. Expone el dilema entre un oficialismo que necesita disciplina para transmitir fortaleza y una dirigencia que reivindica el derecho a diferenciarse sin abandonar el proyecto común.
Paradójicamente, esa tensión puede transformarse en una ventaja o en un problema, según cómo sea administrada. Si las diferencias enriquecen la estrategia, el Gobierno podrá exhibir pluralidad. Si se convierten en un espectáculo permanente, alimentarán la percepción de una conducción que todavía busca ordenar sus propios márgenes antes de ordenar el resto del sistema político.
Lo interesante es que Milei parece haber elegido no romper ese vínculo. Hay allí una decisión política que vale más que cualquier declaración pública. Contener antes que expulsar. Explicar antes que confrontar. Es una actitud menos frecuente de lo que parece en una época donde las redes sociales suelen premiar las rupturas inmediatas y castigar las zonas grises.
Pero mientras la atención suele concentrarse en la interna libertaria, otro frente adquiere una importancia mucho mayor: la relación con los gobernadores.
Durante años se instaló la idea de que las provincias constituían una especie de resistencia permanente frente al poder central. Sin embargo, la realidad demuestra algo más sofisticado. Los mandatarios provinciales negocian con quien gobierna porque administran necesidades concretas. No responden únicamente a afinidades ideológicas. Responden a presupuestos, obras, inversiones y recursos que impactan directamente sobre sus territorios.
Por eso resulta significativo que el Gobierno haya convertido los encuentros internacionales en espacios de conversación política doméstica. Argentina Week, más allá de su contenido económico, funciona también como una mesa paralela donde empresarios, funcionarios nacionales y gobernadores comparten un escenario distinto al de las disputas cotidianas de Buenos Aires.
No es casualidad.
Alejarse del ruido interno permite ensayar acuerdos con otro clima. Las fotos internacionales, muchas veces cuestionadas por su aparente valor simbólico, también cumplen una función práctica: ofrecen un ámbito menos contaminado por la lógica del conflicto permanente.
Sin embargo, ningún viaje reemplaza los votos.
La verdadera dificultad aparece cuando proyectos como la reforma electoral o el Presupuesto deben atravesar el Congreso. Allí desaparecen las escenografías internacionales y quedan únicamente los números.
La discusión sobre las PASO ilustra perfectamente esa dificultad. No alcanza con que el oficialismo considere necesaria una modificación del sistema electoral. Debe conseguir que otros también acepten asumir el costo político de acompañarla. Y ese tipo de decisiones rara vez depende exclusivamente de argumentos técnicos. Intervienen cálculos electorales, equilibrios territoriales y estrategias personales de cada bloque.
Mientras tanto, el Presupuesto adquiere una dimensión todavía más delicada.
Cada partida presupuestaria representa una conversación distinta. La discapacidad, las provincias, los ministerios, las prioridades del gasto: todo termina convirtiéndose en una negociación simultánea. Gobernar, en ese punto, deja de ser una suma de anuncios para transformarse en una administración permanente de expectativas.
Quizás el rasgo más llamativo del presente oficialista sea precisamente ese cambio de naturaleza.
Durante el primer tramo de la gestión predominó la lógica de la ruptura. Ahora empieza la lógica de la construcción.
Son habilidades diferentes.
Romper requiere decisión. Construir exige paciencia.
Y la paciencia suele ser menos visible que el conflicto. No genera titulares espectaculares ni discusiones virales. Se parece más al trabajo silencioso de quien mueve piezas antes de que el tablero revele el resultado.
Con 2027 ya instalado como horizonte político, todos los actores empiezan a comportarse como si el futuro hubiera llegado antes de tiempo. Los aliados marcan territorio. Los gobernadores elevan su capacidad negociadora. Los dirigentes oficialistas buscan preservar espacios propios. Y la oposición observa esperando encontrar fisuras.
En ese escenario, el mayor desafío para Milei no parece consistir únicamente en sostener su liderazgo. El desafío es demostrar que puede convertir autoridad en gobernabilidad.
Porque una elección puede ganarse con una narrativa poderosa.
Pero un proyecto político solo se consolida cuando logra que quienes piensan distinto encuentren razones suficientes para sentarse en la misma mesa.


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