Mucho más que fútbol: el regreso de un sueño compartido

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay derrotas que duelen por un resultado y otras que conmueven porque marcan el final de un sueño. La última imagen de la selección argentina dejó esa sensación difícil de explicar: no fue solamente un partido perdido, sino el abrupto despertar de una ilusión que durante más de un mes había logrado abrazar a millones de personas. El pitazo final no solo cerró un campeonato; también apagó, al menos por un instante, una llama que había vuelto a encender algo que parecía olvidado: la capacidad de emocionarnos todos por la misma causa.

Quizá nunca sepamos qué ocurrió realmente entre aquella inolvidable victoria frente a Inglaterra, con la bandera de Malvinas ocupando un lugar que emocionó al país entero, y la deslucida actuación en la final frente a España. Las versiones abundan. Algunos imaginan conspiraciones; otros hablan de presiones silenciosas o intereses demasiado poderosos como para salir alguna vez a la luz. Tal vez ninguna explicación sea cierta. Tal vez varias contengan una parte de verdad. Lo único seguro es que el equipo que salió a disputar el último partido parecía haber dejado en algún rincón del camino esa personalidad que lo había convertido en el orgullo de todos.

No sería la primera vez que el fútbol mundial deja más preguntas que respuestas. La historia está llena de capítulos oscuros, de decisiones incomprensibles y de estructuras que muchas veces parecen responder más al dinero que al deporte. Cuando las instituciones encargadas de custodiar la transparencia arrastran semejante historial de sospechas, resulta inevitable que las dudas sobrevuelen cada episodio extraño. Pero aun aceptando esa posibilidad, quedarse únicamente con las teorías sería perder de vista lo verdaderamente importante.

Porque durante treinta y ocho días ocurrió algo infinitamente más valioso que cualquier copa.

Argentina volvió a sentirse unida.

En un país acostumbrado a las discusiones interminables, a las grietas, al enojo permanente y a las decepciones cotidianas, apareció un grupo de jóvenes que, sin proponérselo, recordó que todavía existe un lugar donde todos pueden abrazar el mismo sueño. No importaban las diferencias políticas, sociales o económicas. Durante esas semanas desaparecieron muchas de las etiquetas con las que los argentinos suelen clasificarse unos a otros. Solo quedaba una camiseta, un escudo y una ilusión compartida.

Eso explica por qué incluso quienes jamás siguen un partido de fútbol terminaron pendientes de cada encuentro. No era solamente deporte. Era otra cosa. Era la necesidad de volver a sentir orgullo, de recuperar una emoción limpia, de experimentar esa felicidad sencilla que produce ver a otros dejar absolutamente todo por un objetivo común.

Lo que enamoró de este equipo no fue únicamente su juego. Fue su actitud.

Cada pelota disputada, cada esfuerzo, cada abrazo después de un gol transmitía valores que hace demasiado tiempo parecen ausentes en otros rincones de la vida cotidiana. Humildad. Sacrificio. Solidaridad. Compañerismo. Perseverancia. Nadie hablaba de individualidades porque el verdadero protagonista era el grupo. Y quizá por eso millones de argentinos sintieron que esos jugadores representaban mucho más que once futbolistas.

Ellos recordaron algo que muchas veces olvidamos: los sueños colectivos todavía existen.

En tiempos donde abundan las malas noticias, donde la desconfianza parece haberse convertido en un estado permanente y donde la esperanza suele durar apenas unas horas antes de volver a desmoronarse, la selección regaló un pequeño milagro cotidiano. Durante más de un mes, la gente volvió a reunirse en las plazas, en los bares, en las casas de familia. Los abrazos entre desconocidos dejaron de parecer extraños. Los niños miraban a sus ídolos con admiración. Los adultos recuperaban, aunque fuera por noventa minutos, la capacidad de ilusionarse como cuando eran chicos.

Eso no lo mide ninguna estadística.

Tampoco figura en las vitrinas donde se exhiben los trofeos.

Pero vale muchísimo más.

Quizá la imagen que mejor sintetizó todo ese recorrido fue aquella bandera de Malvinas acompañando una victoria histórica. No hizo falta ningún discurso para comprender lo que significaba. Durante unos segundos, el fútbol consiguió conectar con una parte muy profunda de la memoria colectiva argentina. Fue un recordatorio de que existen símbolos capaces de unir sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Por eso la tristeza de la final fue tan grande. Porque no parecía terminar solamente un campeonato. Parecía despedirse un estado de ánimo. Como cuando concluye una película que nadie quería que terminara o cuando un viaje inolvidable llega a destino antes de tiempo.

Sin embargo, quizá el verdadero error sería creer que todo acabó con esa derrota.

Los partidos terminan.

Las emociones permanecen.

Nadie podrá borrar aquellas tardes en las que millones de personas olvidaron por un rato sus problemas para compartir una misma ilusión. Nadie podrá quitarles a tantos chicos el ejemplo de un grupo que entendió que el talento sirve de poco si no está acompañado por el esfuerzo. Nadie podrá eliminar la memoria de esos abrazos espontáneos entre personas que jamás se habían visto y que, durante unos minutos, sintieron que pertenecían a una misma familia.

Tal vez el trofeo no llegó.

Pero hubo una victoria silenciosa que merece ser recordada.

Durante treinta y ocho días los argentinos volvimos a creer unos en otros.

Y eso, en estos tiempos, vale mucho más que cualquier medalla.

Ojalá la tristeza no nos haga olvidar esa enseñanza. Porque los campeonatos siempre ofrecen revancha. Habrá otra final, otro torneo, otra oportunidad para volver a competir. Lo verdaderamente difícil es recuperar esa extraordinaria capacidad de emocionarnos juntos, de sentir que compartimos un mismo destino y de descubrir que, cuando dejamos de lado todo aquello que nos separa, todavía somos capaces de construir algo hermoso.

Quizá ese sea el legado más importante que dejó esta selección. No una copa, sino un espejo. Uno que nos mostró, aunque fuera por apenas treinta y ocho días, el país que todavía podemos ser cuando elegimos caminar juntos. Y esa imagen, por más dolorosa que haya sido la despedida, nadie podrá arrebatárnosla.

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