
La política ya dejó de mirar el presente: el poder empezó a jugar el partido de 2027
OPINIÓN
Ricardo ZIMERMAN


Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay decisiones de gobierno que resuelven problemas de gestión. Otras, en cambio, revelan hacia dónde pretende caminar un proyecto político. El reciente reordenamiento del gabinete nacional parece pertenecer a esta segunda categoría. Más que una simple modificación administrativa, expone el comienzo de una nueva etapa en la que la administración de Javier Milei empieza a pensar menos en la urgencia del día y mucho más en la construcción del poder que necesitará para sostenerse después de las próximas elecciones.
La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete puede leerse desde distintos ángulos. El más evidente habla de experiencia de gestión y capacidad de articulación política. Pero hay otro plano, probablemente más profundo, que explica mejor el movimiento. El Gobierno parece haber comprendido que administrar el Estado ya no alcanza. También necesita construir una estructura electoral capaz de competir en los territorios donde todavía no posee organización propia, especialmente en la provincia de Buenos Aires.
La lógica es comprensible. Ningún proyecto presidencial logra consolidarse únicamente desde la Casa Rosada. Más tarde o más temprano necesita gobernadores, intendentes, legisladores y dirigentes que traduzcan el poder nacional en presencia territorial. Ese déficit acompañó a La Libertad Avanza desde su nacimiento y ahora aparece como una prioridad.
Santilli representa justamente ese puente. Conoce la provincia más importante del país, conserva vínculos con buena parte de la dirigencia del PRO y posee experiencia en campañas electorales de gran escala. Su desembarco en un lugar central del Gobierno alimentó inmediatamente las especulaciones sobre un eventual protagonismo futuro en territorio bonaerense. Nadie lo confirma oficialmente. Tampoco hace falta. En política, muchas veces los gestos hablan bastante más que las declaraciones.
El dato relevante no es únicamente quién ocupa el cargo. También importa quién habilitó ese movimiento y qué mensaje transmite hacia adentro de la coalición oficialista. Todo indica que Karina Milei continúa consolidándose como la principal administradora del armado político del oficialismo. Su influencia ya no parece limitarse al funcionamiento interno del Gobierno. También alcanza la definición de alianzas, candidaturas y equilibrios de poder.
Ese protagonismo tiene una consecuencia inevitable. Cada incorporación externa deja de ser interpretada como una simple ampliación de la base política para convertirse en una demostración de autoridad. El mensaje es claro: quienes deseen integrarse deberán hacerlo bajo las reglas fijadas por la conducción libertaria.
Allí aparece otro de los datos más interesantes de esta etapa. La relación con el PRO parece ingresar en una fase distinta. Durante meses predominaron las tensiones, las diferencias públicas y las disputas por el liderazgo del espacio opositor al kirchnerismo. Ahora comienza a imponerse un criterio mucho más pragmático. El oficialismo necesita dirigentes con experiencia territorial. El PRO necesita seguir ocupando lugares de relevancia política. Ambos parecen haber descubierto que la competencia permanente beneficia más a sus adversarios que a ellos mismos.
Eso no significa que las diferencias hayan desaparecido. Por el contrario. Continúan existiendo y probablemente seguirán apareciendo. Pero cuando se aproximan los calendarios electorales, las identidades suelen volverse más flexibles que los intereses.
También resulta llamativo que, según distintas versiones que circulan en el ámbito político, sectores del oficialismo que hasta hace poco mantenían diferencias estratégicas hoy aparezcan alineados detrás del mismo objetivo. Si esa lectura resulta correcta, el Gobierno estaría atravesando uno de los momentos de mayor cohesión interna desde su llegada al poder. Después de varios meses marcados por disputas silenciosas y competencias por espacios de influencia, la prioridad parece haber pasado a ser otra: fortalecer el proyecto político antes que profundizar las diferencias personales.
Mientras tanto, enfrente ocurre exactamente lo contrario.
El peronismo continúa atrapado en una discusión que ya dejó de ser únicamente electoral para transformarse en una disputa por el liderazgo de la próxima década. Axel Kicillof intenta construir una identidad propia, diferenciada de la conducción histórica de Cristina Fernández de Kirchner. No se trata solamente de una cuestión generacional. También existe una discusión acerca del modelo de conducción que debería asumir el principal espacio opositor.
La tensión crece porque ambos sectores parten de diagnósticos distintos. Quienes respaldan al gobernador entienden que llegó el momento de una renovación política que permita ampliar la base electoral del peronismo. Del otro lado consideran que ningún proceso de reconstrucción puede prescindir del capital político que todavía conserva la ex presidenta entre una parte importante del electorado.
En ese contexto aparecen dirigentes que toman partido, bloques legislativos que modifican sus alineamientos y gestos públicos que parecen pensados para elevar la presión antes que para facilitar una negociación.
Todavía existe margen para un acuerdo. La política argentina ha demostrado infinidad de veces que las diferencias más profundas pueden quedar suspendidas cuando aparece el riesgo de una derrota común. Sin embargo, cada semana que pasa sin una mesa de negociación vuelve más costosa cualquier reconciliación futura.
Paradójicamente, mientras el oficialismo procura sumar dirigentes provenientes de otros espacios, el peronismo sigue discutiendo cómo evitar perder los propios.
Ese contraste probablemente explique buena parte del momento político actual.
La administración nacional parece convencida de que la elección presidencial de 2027 comenzó mucho antes de lo previsto. Cada movimiento institucional, cada incorporación y cada definición política parecen responder a ese objetivo de largo plazo.
La oposición, en cambio, continúa concentrada en resolver quién conducirá el espacio antes de definir hacia dónde pretende conducirlo.
Esa diferencia de tiempos puede transformarse en una ventaja decisiva. Porque las elecciones nunca empiezan el día en que se abren las urnas. Empiezan bastante antes, cuando unos deciden construir poder mientras otros todavía siguen discutiendo quién debe administrarlo.
La historia política argentina ofrece innumerables ejemplos de dirigentes que perdieron elecciones mucho antes de iniciarse las campañas. No porque carecieran de votos, sino porque llegaron divididos, sin estrategia común y consumiendo energías en disputas internas.
Hoy el oficialismo parece decidido a evitar ese error. Su desafío será demostrar que la construcción política no termina reproduciendo los mismos mecanismos que durante años criticó. Porque una cosa es ampliar la base de sustentación y otra muy distinta es diluir la identidad que hizo posible el triunfo.
En definitiva, la reorganización del gabinete no parece ser solamente una respuesta a las necesidades de la gestión. Todo indica que constituye el primer movimiento visible de una estrategia mucho más amplia. Una estrategia donde el poder ya no se mide únicamente por las decisiones que se toman hoy, sino por la capacidad de llegar fortalecido al próximo gran turno electoral.





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