Peronismo en modo avión: cuando la épica se queda sin señal

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

multimedia.normal.bafb21c667547d1a.bm9ybWFsLndlYnA=

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay algo casi conmovedor en ver al peronismo tratando de entender qué le pasó. Como esos grupos de amigos que organizan una cena “para charlar tranquilos” y terminan discutiendo quién trajo el vino en 2017. La escena es conocida: todos hablan de unidad, pero cada uno abraza su parcela con la pasión de un country recién escriturado.

El diagnóstico circula en voz baja y en tono grave: el movimiento está confundido. No es que haya desaparecido —sacó un nada despreciable 34% en la última elección—, pero ese número hoy suena más a certificado de supervivencia que a promesa de regreso triunfal. La sensación es que, mientras el oficialismo avanza con paso decidido, el peronismo sigue buscando el manual de instrucciones.

Del otro lado del mostrador está Javier Milei, que gobierna con una mezcla de fervor ideológico y dinamita retórica. Su tesis de que la justicia social es poco menos que un hurto dejó al peronismo en estado de shock metafísico. Porque si hay algo que el movimiento lleva tatuado desde los tiempos de Juan Domingo Perón es precisamente esa bandera. De repente, la discusión dejó de ser cómo actualizar el modelo productivo y pasó a ser cómo explicar que ayudar al prójimo no constituye delito penal.

La autocrítica interna, cuando aparece, apunta al pasado reciente. Durante la gestión de Alberto Fernández se cometió un pecado capital: descuidar la macroeconomía como si fuera un detalle técnico. El déficit crecía, la inflación bailaba y el temor a aplicar ajustes —palabra prohibida en ciertos círculos— paralizaba cualquier intento de corrección. Paradójicamente, el propio Perón, prócer indiscutido del movimiento, no dudaba en ajustar cuando el presupuesto se desmadraba. Pero los mitos suelen ser más cómodos que las hemerotecas.

En ese vacío estratégico floreció el discurso anti-casta de La Libertad Avanza. Una narrativa simple, efectiva y, sobre todo, audaz. Mientras el peronismo defendía lo existente con aire de administrador de museo, el oficialismo prometía prender fuego la sala y empezar de cero. Y en tiempos de hastío, la pirotecnia suele seducir más que la restauración.

El problema interno no es solo ideológico, sino también coral. Cuando no hay proyecto común, cada dirigente cuida su quinta. La metáfora agrícola no es caprichosa: el movimiento parece una feria de productores donde cada uno vende su propia cosecha, pero nadie organiza el mercado central. Así es difícil lanzar un nuevo “modelo de peronismo”, porque antes habría que acordar qué significa nuevo y qué significa peronismo.

En ese paisaje aparece Axel Kicillof como figura capaz de ensayar otra partitura. Tiene volumen político, gestión territorial y discurso articulado. Pero cada vez que intenta entonar una melodía distinta, la interna partidaria se convierte en coro disonante. Renovar suena bien en abstracto; en concreto implica ceder espacios, y ahí la poesía se vuelve prosa.

Mientras tanto, Cristina Fernández de Kirchner sigue siendo el centro de gravedad. Conduce al sector más robusto del espacio y mantiene una influencia nacional que pocos discuten. Sus seguidores sostienen que su situación judicial fue producto de una maquinaria impulsada durante el gobierno de Mauricio Macri. En cualquier caso, su figura organiza el tablero. Y cuando el tablero es tan potente, cualquier intento de rediseño debe decidir si se apoya en él o lo reemplaza. No es una discusión menor.

El oficialismo, por su parte, practica una lógica binaria. Con el Presidente no hay grises: o sos el mejor del mundo o sos parte del problema. Los que se desvían demasiado rápido de la línea oficial suelen conocer la puerta de salida con inusitada celeridad. Salvo una excepción familiar que confirma la regla y demuestra que, en política, la sangre también pesa.

En el plano institucional, asoma otra preocupación: cuando el Gobierno decide qué ley le gusta cumplir y cuál no, la democracia entra en una zona incómoda. No necesariamente catastrófica, pero sí inquietante. La diferencia con experiencias anteriores es de estilo más que de sustancia: menos operatoria silenciosa y más presión discursiva. La era de los tuits reemplazó al susurro.

El desafío para el peronismo no es solo electoral. Es conceptual. ¿Puede evitar transformarse en una pieza histórica, como la Unión Cívica Radical, respetada pero periférica? ¿O logrará reconstruir una mayoría a partir de una síntesis entre experiencia y novedad?

Algunos insisten en que la salida pasa por juntar a todos: desde el peronismo cordobés hasta los dirigentes más combativos del conurbano. Mesa larga, sillas para todos y discusión franca. Pero la unidad, en Argentina, suele ser un objetivo más declamado que practicado.

Quizás el punto de partida sea aceptar errores sin excusas, reconocer que el desorden no lo inventó el adversario y entender que la nostalgia no es programa de gobierno. La política, al fin y al cabo, no premia la memoria sino la imaginación.

Si el peronismo quiere volver a ser alternativa, deberá hacer algo más que recordar sus glorias. Tendrá que escribir algo que todavía no existe. Y hacerlo sin que la discusión sobre quién firma el prólogo termine, otra vez, ocupando todo el libro.

Últimas noticias
Te puede interesar
Lo más visto