


El schiarettismo sonrió. Contó que Martín Llaryora mencionó al menos siete veces al cordobesismo en el discurso de la inauguración de sesiones ordinarias de la Legislatura y saboreó que el mandatario se haya identificado con el concepto, y pronosticó que en definitiva no hay mucho para inventar y que la estrategia política que se trace el gobernador para retener la provincia no será tan distinta a la que delineó el diputado aún no asumido Juan Schiaretti.
No habrán sido siete, pero fueron varias. El jefe del Panal refritó el concepto político acuñado por Schiaretti y José Manuel de la Sota, que parecía en desuso o superado con la llegada del partido cordobés y de la transversalidad, e incluso con el esquema interpartidario de Provincias Unidas, y volvió a ponerlo en el centro de su paradigma político. Lo viejo funciona.
Las usinas peronistas no descansan y leyeron enseguida que luego de la peronización, consciente o no, implementada con la llegada y/o ascenso de dirigentes como Miguel Siciliano y Marcelo Rodio a la gestión provincial, más la designación de Nadia Fernández como viceministra de Justicia, entre otros, Llaryora buscó acotar interpretaciones que lo ponían demasiado cerca de la palabra “cuco” de los libertarios y demasiado lejos de lo que el votante cordobés apoyó hace poco más de tres meses. “Hay que desperonizar Córdoba” es uno de los caballitos de batalla de la oposición. Y aunque el referente de Milei en la provincia, el diputado nacional Gabriel Bornoroni, no tuvo empacho en admitir que podría pensar en una alianza con Schiaretti (un cordobesista con poco nivel del peronismo en sangre), y muchos aseguran que ya está hablando con gente del PJ cordobés para avioletarlos, el ex Expendedores criticó los cambios en el gabinete llaryorista por “las formas” detrás de las novedades. “Vemos el refreshing que le han hecho al Gobierno provincial y quiénes son las cabezas que han puesto. Ahí estamos viendo hacia dónde está apuntando el Gobierno provincial”, señaló en una nota con un medio nacional. Tal vez de ahí venga que, cuando quiere hablar de medidas redistributivas o de corte progresista, o que impliquen presencia del estado en sectores vulnerables, el sanfrancisqueño use la parábola del “gobernante con corazón” para aventar acusaciones de populismo.
Llaryora usó cordobesismo como sinónimo de federalismo, de republicanismo y de desarrollismo y defensa del campo, y si no fuera que suena demasiado peronista, podría haber dicho que los cordobesistas no se pelean sino que se reproducen, porque desde los gobernadores Sabattini a Angeloz, sobre quienes se detuvo con sendos elogios en el discurso de Laboulaye, pasando por los mencionados De la Sota y Schiaretti, todos lo fueron.
Por eso algunos hablan de neocordobesismo, que es el cordobesismo con incorporación de radicales y PRO, a cuyos intendentes Llaryora sigue interesado en sumar como aporte transversal. Entiende que esos intendentes y referentes son la llave para recuperar el terreno perdido en el 2023 en el interior. Habrá una prueba este año, cuando el Panal apoye seguramente al PRO devenido en cordobesista Pedro Dellarrosa como candidato a intendente de Marcos Juárez frente a la actual intendenta Sara Majorel, que contará con apoyo del mundo libertario en pleno.
Pero también dio la orden de poner a punto el PJ y sus herramientas y empezar a reunir tropa propia en todos los departamentos y revalidar liderazgos de cada localidad y comunidad regional. Todo sirve, nada se descarta de antemano para la elección más difícil que el cordobesismo tiene ante sí desde aquel 2007 que enfrentó a Schiaretti con Juez.
CON INFORMACION DE DIARIOALFIL.





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