


En política, como en la vida, no siempre el que levanta primero la mano es el que entiende mejor el momento. Y Córdoba está viviendo uno de esos tiempos bisagra en los que sobreactuar candidaturas puede ser más un síntoma de desconexión que de ambición legítima.
El próximo gobernador de Córdoba no lo va a elegir Javier Milei señalando con el dedo, como les gusta caricaturizar a algunos. Lo va a elegir su plan económico, su forma de gobernar y, sobre todo, los resultados. En un país agotado de relatos y promesas incumplidas, Milei está imponiendo algo mucho más poderoso que una rosca: una idea de rumbo. Y eso, en Córdoba, pesa.
Sin embargo, hay dirigentes que parecen vivir en una realidad paralela. Rodrigo de Loredo ya se lanzó a la carrera como si el escenario político fuera el de hace diez o quince años. No advirtió —o no quiere advertir— que forma parte de un partido que se quedó detenido en el tiempo, sin mística, sin narrativa y, lo más grave, sin señales de recuperación. El radicalismo cordobés hoy no interpela, no entusiasma y no lidera nada. Pretender gobernar la provincia desde ese lugar es, como mínimo, voluntarismo político.
Luis Juez, en cambio, leyó mejor el tablero. Con una franqueza poco habitual en la política argentina, ya le avisó a los suyos que su prioridad no es su candidatura personal, sino que pierda el peronismo y, en particular, el esquema que encabeza Martín Llaryora. Fue más lejos aún: dejó en claro que su único objetivo estratégico es que Javier Milei pueda repetir en 2027. Si para eso él tiene que dar un paso al costado, está dispuesto a hacerlo. No es menor en un ecosistema donde casi nadie resigna nada.
En ese contexto aparece Gabriel Bornoroni, por ahora el elegido del presidente y de su hermana Karina. No hay proclamaciones rimbombantes ni bendiciones públicas, pero en la política real los gestos valen más que los discursos. Y Bornoroni tiene hoy algo clave: sintonía fina con el poder nacional y con el proyecto libertario.
Córdoba ya tomó partido. Lo demostró en las urnas y lo ratifica en cada medición de clima social. Apoya a Milei porque ve en La Libertad Avanza algo que no encuentra en las estructuras tradicionales: novedad, modernidad y una decisión explícita de cambiar la Argentina.
La disputa que se viene es clara y no admite maquillajes. De un lado, lo nuevo, lo disruptivo, lo que vino a romper con décadas de decadencia: La Libertad Avanza. Del otro, el peronismo de siempre, que Llaryora intenta disfrazar de cordobesismo, pero que sigue siendo el mismo peronismo que desde mediados del siglo pasado le hizo un daño estructural al país.
No se trata de nombres propios. Se trata de entender la época. Y en Córdoba, el que no la entienda, va a quedar hablando solo.






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