Llaryora abrió el período legislativo 2026: el ritual del poder y la realidad que no entra en el recinto

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Martín Llaryora inauguró el período legislativo 2026 en Córdoba como manda el manual: atril, aplausos medidos, cifras seleccionadas y un discurso largo, muy largo. Tan largo como la distancia que separa al relato oficial de la vida cotidiana de los cordobeses.


El Gobernador habló de gestión, de obras, de futuro. Habló mucho. Lo que no hizo fue hacerse cargo. No hubo autocrítica. No hubo reconocimiento de errores. No hubo una sola señal de que el poder esté dispuesto a corregir el rumbo. En cambio, hubo una Córdoba dibujada con marcador grueso, donde todo avanza y nada duele.


Mientras dentro del recinto se celebraba la prolijidad institucional, afuera siguen creciendo los problemas que el discurso evita: inseguridad desbordada, impuestos que ahogan, salarios que no alcanzan y un Estado que exige mucho y devuelve poco. Esa Córdoba no tuvo micrófono.


Llaryora habló de responsabilidad fiscal, pero no explicó por qué la presión impositiva sigue siendo una de las más altas del país. Habló de diálogo, aunque gobierna con una Legislatura que funciona más como sala de aplausos que como ámbito de debate. Habló de consenso, pero sin tolerar disenso real.


El mensaje fue claro, aunque no explícito: el modelo no se discute. Se administra, se comunica y se defiende. El poder se ordena hacia adentro y se declama hacia afuera. Y así, año tras año, se inauguran períodos legislativos que cambian de número pero no de contenido.


La Legislatura comenzó formalmente a sesionar, pero la pregunta incómoda sigue flotando:

¿va a legislar o simplemente va a convalidar?


Córdoba no necesita discursos extensos ni estadísticas acomodadas. Necesita decisiones incómodas, reformas profundas y dirigentes que entiendan que gobernar no es narrar, sino resolver. El tiempo del marketing político se está agotando.


El período legislativo 2026 ya está en marcha. El acto ya pasó. Los aplausos se apagaron.

Ahora empieza el momento de la verdad.


Porque si este año vuelve a terminar como empezó —con discursos, fotos y nada más—, entonces no será una falla de comunicación.

Será, lisa y llanamente, una decisión política.

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