Milei entre la fe y la conveniencia

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN
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Por RICARDO ZIMERMAN

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Javier Milei gobierna con una tensión permanente que no intenta ocultar: la que existe entre la convicción doctrinaria y la necesidad política. En esa dualidad se explica buena parte de su conducta reciente en la escena internacional y doméstica. El Presidente se presenta como un cruzado moral del capitalismo puro, pero actúa, cuando hace falta, como un dirigente atento al resultado inmediato. No es una contradicción accidental; es su método.

Esa lógica quedó expuesta en su paso por Davos. Allí desplegó un discurso cargado de referencias éticas, casi catequísticas, sobre la superioridad moral de la economía de mercado, mientras celebraba —sin incomodidad visible— un nuevo orden global liderado por Donald Trump, sostenido en aranceles, presión estatal y decisiones personales difíciles de conciliar con el ideario liberal clásico. Milei no ve allí una incoherencia: entiende la política como el arte de imponer una verdad a partir del poder disponible.

El mensaje que llevó a la cumbre fue trabajado con obsesión. Durante semanas lo pulió como una pieza fundacional, más cercana a un manifiesto que a una alocución circunstancial. Ya no habló como el profeta del derrumbe occidental, sino como el creyente que anuncia una reconstrucción en marcha. El outsider incendiario empieza a mutar en presidente con vocación de permanencia.

Frente a empresarios e inversores, Milei exhibió una seguridad que se nutre del triunfo legislativo de octubre y de algunos datos que lo entusiasman. Prometió que invertir hoy en la Argentina equivale a haber apostado temprano por las grandes historias de éxito del capitalismo global. La metáfora fue clara: el sacrificio ya se hizo, ahora llega la recompensa. El ajuste, en su relato, fue la cuesta empinada; el crecimiento, la pendiente a favor.

Ese optimismo se apoya en una ecuación política y económica. Por un lado, la sintonía con Trump y el respaldo explícito de sectores del poder financiero internacional. Por otro, una oposición fragmentada, sin liderazgo claro, y algunos indicadores que el Gobierno exhibe como trofeos: la baja del riesgo país, cierta estabilidad cambiaria y la continuidad del orden fiscal. Son señales, todavía frágiles, pero suficientes para alimentar la narrativa oficial.

Fuera del círculo libertario, sin embargo, persiste otra mirada. Los datos duros siguen mostrando una economía que no despega con la velocidad prometida y una recuperación desigual, donde los sectores que más empleo generan continúan golpeados. La industria, la construcción y el comercio arrastran dificultades que no se resuelven con discursos ni con slogans sobre el futuro.

Las reservas del Banco Central siguen siendo un límite concreto para disipar temores devaluatorios y para reactivar el crédito. A eso se suma el deterioro del poder adquisitivo y una inflación que, aunque lejos de los picos del pasado reciente, volvió a mostrar signos de inquietud. El clima social no es aún el del estallido, pero tampoco el de la calma definitiva.

En el plano político, el camino de las reformas está lejos de ser lineal. Los gobernadores negocian voto a voto y acumulan demandas. El ministro del Interior recorre el país como un equilibrista, intentando cerrar acuerdos parciales en un Congreso atomizado. La prédica moral del libre mercado no alcanza para destrabar resistencias cuando lo que está en juego son intereses concretos y costos locales.

A eso se suman las turbulencias internas. Desde Davos, Milei debió convalidar una serie de desplazamientos de funcionarios, algunos bajo sospechas de manejos poco claros. El Gobierno intenta mostrar esas salidas como reflejo de una reacción rápida y preventiva. Es una defensa razonable, aunque también evidencia la fragilidad de un esquema de gestión armado con premura y lealtades personales.

Milei relativiza esos episodios. Su prioridad es la economía y aprendió que desviarse de ese eje tiene costos. Davos mostró, en ese sentido, una versión más contenida del Presidente. El discurso duro siguió allí, pero sin provocaciones innecesarias. Todavía pesa el recuerdo del conflicto que él mismo desató cuando cruzó límites retóricos que generaron rechazo interno y externo.

El diálogo con el empresariado reflejó esa nueva cautela. Hay interés, pero también reservas. Fascina su promesa de desregulación y orden fiscal; inquietan sus exabruptos y sus contradicciones. Cuando le preguntaron por el cepo, Milei ofreció una respuesta pragmática: no se puede desarmar todo de inmediato porque la historia pesa. Fue el Milei realista, el que acepta que gobernar no es empezar de cero.

Esa misma lógica apareció al hablar de China. El Presidente dejó de lado su retórica más virulenta y asumió que la Argentina necesita comerciar con todos los actores relevantes del sistema internacional. La ideología se acomoda, otra vez, a la conveniencia. Washington observa con atención y Milei confía en no cruzar las líneas rojas que puedan poner en riesgo respaldos clave, como el swap de monedas.

La alianza con Trump es el pilar externo de su proyecto. Milei se siente cómodo en ese vínculo asimétrico, que le garantiza gestos, elogios y validación simbólica. A cambio, ofrece alineamiento político y comprensión frente a decisiones que chocan con su propio discurso liberal. Ambos comparten una fe común: la del resultado como medida última de la verdad.

La apelación ética que Milei ensayó en Davos busca cerrar el círculo. El combate contra la “casta” se transforma en un relato de fundación. El liberalismo ya no es solo eficiente: es justo, es moral, es inevitable. En esa lógica, el disenso deja de ser una opinión válida para convertirse en un error ético.

Ahí reside el mayor riesgo del nuevo Milei. Cuando todo se plantea en términos morales absolutos, la política pierde matices y el poder se vuelve impaciente. El Presidente parece convencido de que el tiempo juega a su favor. La sociedad, que le extendió un crédito amplio, espera ahora algo más que fe: espera resultados. Y en esa espera se juega el verdadero sentido de su transformación.

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