

Por Carlos Zimerman
Javier Milei no fue a Davos a pedir permiso. No fue a mendigar inversiones ni a repetir el discurso edulcorado que durante décadas escucharon los burócratas del Foro Económico Mundial de boca de presidentes grises, sumisos y fracasados. Milei fue a Davos a marcar una ruptura. A incomodar. A decir verdades incómodas frente a una élite global acostumbrada a vivir del Estado mientras predica sacrificios ajenos.
Con datos, convicción y una claridad conceptual que hace tiempo no se veía en un jefe de Estado argentino, el Presidente plantó bandera: 13.500 reformas estructurales en poco más de un año. Un número que por sí solo explica por qué la Argentina dejó de ser el paciente crónico del mundo para empezar a ser observada con respeto. “Make Argentina Great Again” no es una consigna vacía; es una definición política y cultural.
Milei dijo algo que muchos piensan y pocos se animan a decir en ese ámbito: la regulación estatal no es neutral, no es benévola y mucho menos justa. Es violenta, es ineficiente y es profundamente inmoral cuando avanza sobre la propiedad privada y la libertad individual. En Davos, Milei enterró el falso dilema entre eficiencia y ética. Sin ética no hay eficiencia posible, y sin libertad no hay crecimiento sostenible.
El Presidente habló de Maquiavelo, del socialismo, del wokismo y de esa agenda global que se disfraza de sensibilidad social pero termina generando pobreza, dependencia y autoritarismo. Señaló a Venezuela sin eufemismos, como lo que es: una narcotiranía que destruyó un país en nombre de ideas que “sonaron lindas” y terminaron horriblemente mal. Lo dijo en la cara de quienes durante años miraron para otro lado.
Pero quizá lo más importante fue el mensaje de fondo: el capitalismo no solo es el sistema más productivo, es el único moralmente defendible. Porque respeta la vida, la libertad y la propiedad. Porque se basa en intercambios voluntarios y no en la coerción del Estado. Porque pone al empresario —ese actor tan demonizado por la izquierda— como motor del progreso y no como enemigo a destruir.
Mientras muchos líderes occidentales siguen atrapados en la corrección política, Milei habló de raíces, de valores judeocristianos, de filosofía griega y de derecho romano. Habló de Occidente sin pedir disculpas. Y dejó una definición potente: América puede volver a ser el faro que ilumine a un mundo que se perdió cuando abandonó las ideas de la libertad.
Davos fue testigo de algo inusual: un presidente argentino que no se achica, que no baja la cabeza y que no negocia principios. Milei no fue uno más. Fue protagonista. Y eso explica por qué despierta adhesiones, pero también temores. Porque cuando las ideas vuelven a ocupar el centro de la escena, los beneficiarios del statu quo empiezan a sentirse incómodos.
Argentina, por primera vez en mucho tiempo, tiene un Presidente que entiende que sin libertad no hay futuro. Y que se anima a decirlo, incluso en Davos.




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