Feliz día mamá

PARA LEER EN PANTUFLAS Por José Ademan RODRÍGUEZ
HOY

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No escribiré sobre la madre natura, ni las madres autoritarias (esas del matriarcado), ni de las madres coraje, ni de las madres de la plaza de mayo que aprovechando su victimismo medraron con la política, ni de las madres de los árbitros de fútbol (las más populares), ni la masa madre, ni la concha de su madre, que es un invento nuestro...

Voy a escribir sobre la genuina, la biológica, ''nuestra vieja'', ¡la de la raíz verdadera! sin componentes trans, ni artificios genéticos.

Esto viene del fondo de la historia argentina. Así nos lo enseñaron, no sólo los tangos sino también los gobernantes como Justo J. de Urquiza, quien en 1847 instaló en Concepción del Uruguay un saladero al que puso el nombre de Santa Cándida, en homenaje a Cándida García, su madre. Perón, en aquel histórico 17 de octubre, en una parte de su discurso se expresó así: "Por eso, hace poco les dije que quería abrazarlos como hubiese abrazado a mi madre. Ustedes habrán tenido los mismos dolores y preocupaciones que mi pobre vieja". Como ven, la "mamitis" compulsiva y el prejuicio condenatorio nos vienen de muy atrás.

Di Stefano, con la paranoia propia de muchos futbolistas, confundió la madre con la pelota de fútbol con una imagen plantada en el jardín de su casa, a cuyo pie se leía: ''Gracias, vieja''. En cambio, Adolfo Pedernera, al preguntársele quien había hecho ''la Máquina'' dijo Doña Rosa, en clara alusión a su madre.

Lo que más recuerdo de mi madre, es que teniendo 7 u 8 años, los domingos por la tarde bajábamos juntos por la calle Gumersindo Alonso para dirigirnos al parque Sarmiento, toda una fiesta para mi corta edad. De la cancha de Atenas ponía rumbo, siempre tomado de la mano, hacia Banda Norte, pasando por el club Estudiantes. Venía lo que más me atraía: cruzar el puente y contemplar el río; un río de 50 metros, que se divide y se une en una tupida red de cursos de agua. Pero se me figuraba sin curso, parecía ir hacia ningún lado. Pero mis ojos todavía no educados en contemplaciones se perdían allá en el puente negro del ferrocarril. Difícil distinguir el agua de la arena; más bien eran aguas estancadas con tabiques de arena, inservibles para nadar, sólo chapotear y revolcarse. Parecía un plexo plateado, como grandes trozos de mica, o un archipiélago con islotes que, mirados al cruzar el puente, conformaban un inmenso desierto hídrico. No hay susurros de agua en la ribera de los sauces del Río Cuarto. Parece un murmullo dormido ¡Qué desencanto mi río! ¡Qué postración flotante! Inanimada anastomosis de charcos, semejaba una laxitud de cristal, como se vería en el microscopio un preparado de histología... Nadie lo asociaría con algún torrente de inundación ni con eso de "Cuando el río suena...". En una ocasión se desbordó su lecho, hace muchos años. Desde aquel entonces se puso a tomar sol, y varias generaciones se bañan en la misma agua, parece la contracara del Nilo, en su quietismo está como petrificado el futuro; pues el curso de los ríos es el progreso, igual que el de los ferrocarriles. Mi Río Cuarto no corre, es un inmenso e imperturbable ojo líquido que solo te mira. Lo que más me atraía era ese brillo de mica, pues me apasionaba lo refulgente, como a casi todos los negritos de mi condición: el brillo de seda o raso de los pantaloncitos de los boxeadores, el del colibrí (la de veces que quise atrapar uno), los bichitos de luz, los tuquitos ésos de la luz verde... Transitar por ese puente del Río Cuarto (de setenta o cien metros, no sé), sin pasaporte ni maletas, era como si fuera a otro mundo, el del parque Sarmiento. Quizás el cine o el teatro eran muy caros; el paseo a pie es el rebusque obligado de los pobres. Caminar mucho, solos, indiferentes a todos... No recuerdo si hablaba con mi madre durante ese cruce por el puente; creo que no. ¡Qué elegante iba mi madre! ¿La habrá halagado mi padre alguna vez? Era un negrito silencioso, como buen argentino nativo del interior, como deben haber sido el gaucho y el indio. O me quedé sin palabras el día en que mi papá se fue de casa, dejándole a mi madre una nota muy breve: yo. Le estaba dejando un hijo.

Ya pasadas las casuchas de la "otra" orilla del río, nos encaminábamos por la avenida Marcelo T. de Alvar hacia el parque, con sus diez hectáreas arboladas. Y el trencito aquel que recorría como mil metros de vía por la parte norte; y el lago artificial, donde navegaba la gente en botes; y el rosedal... El parque Sarmiento (creo que fue inaugurado en 1923) tenía para mí la atracción de las manzanas cubiertas de rojo caramelo "abrillantado" y el algodón de azúcar. En medio del verde había un área de mosaicos presidida por un escenario donde se efectuaban festivales en el verano, y actuaba "Sandrinito", el Negro Zabala, los hermanos Frutero y Etelvina Arias. Las sirvientas con los colimbas en los bancos, apretaditos, tiesos, como si tuvieran frío; más que estar calientes por la "franela, bien apretaditos y tiesos como si estuvieran posando para una foto del "Alma que canta", cual si todo su sex appeal consistiera en estar como paralelepípedos en formol. Más tarde los famosos descubrieron eso de que "el que no se mueve no sale en la foto". "Moverse" para ellos es plegarse servilmente a las imposiciones de los que tienen la sartén por el mango... y "los mangos", o aparentar naturalidad (fingir que no están fingiendo). Ya no tiene la sonoridad de la risa infantil; al escenario ni siquiera lo adecentan para que se animen los artistas; el trencito en miniatura ya no surca los rieles, porque a las vías las cubren los hierbajos (parece le sucedió lo mismo que a los trenes de verdad en todo el país); y faltan las manzanas de rojo púrpura... Queda lo perenne, conserva el alma del verde. Pero, no sé... es diferente, como si le faltaran uno o dos colores al espectro; y se dice que a veces el paisaje se crea con los ojos. Me parece que soy yo el que con los años he ido perdiendo colores por el camino; otros se han desteñido hasta el ceniza de las canas. Conserva las mismas hojas que lo alfombran todos los otoños.

No me gustaban las mudanzas y, sin embargo, fueron mi sino para toda la vida... En cada mudanza me arrancaban algo mío, como una mañana sin hoy, o huir de todo sin saber qué persigues. A mi, me gustaba guardar y coleccionar cuadernos, revistas. Me ponía muy triste. "Sé bueno, Negrito. Ya verás que esto otro te gustará", decía mi madre. Y al cambiarse uno de casa es como se pierden tus documentos y testimonios. Es como aligerar el peso tirando lo inservible. Aunque a veces la vida te demuestra que entre las cosas que vas a tirar encontrarás lo que te hace falta.

Y pasaba de la escuela Florentino Ameghino para ir a la Modelo frente a la plaza Sarmiento donde hice segundo, tercero y cuarto grado para luego completar la primaria (5º y 6º grado) en la terminal Manuel Belgrano, donde tuve de compañero a Alfredo Dilena, gran comentarista de Tango, ya fallecido.

Allí en ese barrio de la placita comienza ya a modelarse el rudimento del desastre de personalidad que poseo ahora, pero en donde transcurrieron mis mejores años (aunque no me quejo de los otros). Ya comenzaba a admirar a los chicos que sabían escupir por el colmillo. Me quedaba pasmado con el "chicotazo" ese que le daban a la saliva. Nunca aprendí a hacerlo bien. Eso te daba patente de piola. Los catarros, los sobrellevaba: tapándome un agujero de la nariz con un dedo y expirando fuerte, expulsaba los mocos con un escupitajo nasal. Con el tiempo no lo hice más; me di cuenta de que quedaba muy mal, y es asqueroso para los demás. Era bastante tonto para muchas cosas que hacían los otros chicos; nunca aprendí a jugar al trompo, ni supe armar barriletes; y si no me enteraba de lo que era jugar al teto, menos me hubiese atrevido con el ajedrez.

Era inhábil para las bolitas y el yo-yo. Las figuritas con jugadores de fútbol sí que me gustaban... de esas que siempre te faltaba la difícil para llenar el álbum y ganar la bicicleta (¡qué bonitas y glaseadas eran las starosta!); más tarde no aprendí a jugar al truco (una tradición, allá) ni a los dados. Caminando con las manos y arqueando el cuerpo hacia atrás, conformaba la araña. Era muy ágil, un verdadero gato; buscando siempre la figura más inverosímil; y sobre todo mentir... bien. La mentira tiene que ser redonda, diciendo por ejemplo que hacía el trapecio mejor que Burt Lancaster. Por eso, a veces pienso que fui un chico "diferente", por ineptitud. Eso sí, pelear y jugar al fútbol, en eso fui de los mejores. Fútbol y boxeo, y más tarde los tangos, fueron mis grandes pasiones. Y preferir el compinche al amigo: éste comparte aficiones, cultura, comidas con las respectivas familias, aconseja prudencia (“No te metas, te causará problemas”), sensatez enmarcada en la formalidad; en cambio, el compinche te anima, te da vida, invitándote a que te la juegues

(“Metele, que aquí ganarás”, “Rajemos, porque nos amasijan”, “Dale, que es la tuya”, “No tengas miedo, te cubro”, “Tengo una rubia para vos”); el compinche es el trago que preludia la aventura de lo imponderable. Es como el amor: el compinche es la pasión desatada; el amigo, el cálculo sereno. Y muchos amigos intentaron convencerme para que tome la senda el bien, si no, no serían amigos; pero en mi caso no hay peor entendedor que el que no quiere enterarse.

Hasta que una noche, bien me acuerdo, comiendo una costeleta, mi madre, tomándome fuerte de una mano, me dijo serena... ''Negrito, tu papa se ha ido de viaje... y creo que para siempre. Pero no te aflijas y no te pongas triste... siempre estaré a tu lado...''

''Ya lo sé mamita''

A ella le tembló un poco la mano. No hubo ningún melodrama ni llanto. Tragué saliva y la besé en la frente. Es que mi madre era todo para mí. Mi padre en cambio nunca fue cariñoso conmigo y nunca le vi más... Sé que se había ido a Buenos Aires.

Fueron pasando los años, habré tenido unos treinta y por un dato lo busqué en parque Patricios, en uno de los tantos viajes a Buenos Aires, por si acaso lo encontrará, con la intención de ayudarlo, pues se trataba de mi padre, que mierda...

Jamás di con su paradero. Saber si vivía o no, si habrá dejado alguna huella, o si habrá sido importante para alguien. No por el morbo de encontrarle otra familia paralela y esas cosas vulgares. Y lo que yo presentí siempre, es que debe haber muerto tirado en la calle...

A pesar de ser un humilde chico de barrio, me inscribió en el colegio nacional de Río Cuarto con la segura posibilidad de convertirme en un burguesito clase mediero, solo en apariencia

Solo me había quedado de él una foto de esas pequeña y cuadraditas de carnet, quebrada en una punta y un dibujo de Patoruzito. Era un artista dibujando y pintando. Era suboficial del ejército. Desde que era un bebé hasta los cinco años, debido a sus traslados, estuve viviendo en Las Lomitas (Formosa), Santo Tomé (Corrientes), y Güaymallen (Mendoza). Después de esta azarosa vida volvimos a Río Cuarto. Siempre rodar, rodar y rodar.

A pesar de ser un humilde chico de barrio, me inscribió en el colegio nacional de Río Cuarto con la segura posibilidad de convertirme en un burguesito clase mediero, solo en apariencia... ni eso, solo con la enorme riqueza del cariño profundo que nos profesabamos con mi madre, intentando no ahogarnos con los restos de un naufragio familiar. Eramos pobres así ni pobres ''estructurales'' que dicen los políticos, ni pendejadas literarias, mi madre con sus pulmonadas era lo único que nos salvaba, cociendo ropa para vecinos o menestralias diversas, hasta que entró a trabajar en la Clínica del Sud como costurera de los médicos. Para el cole tenía libros de segunda o tercera mano y nada de mochila o cartera. Solo portaba un cuaderno tapa dura bajo el brazo...

Pero indudablemente que yo era una mentira, una ficción, un disfraz. Para ser burguesito en Río Cuarto, tenías que ser jugador de rugby en Uru-Curé, donde estaba la ''creme de la creme'' o hijos de los notables, comerciantes o políticos o iniciarse en el golf...

Solo me alcanzó para ser cadete de estudiantes y jugador de fútbol.

Menos mal, sino hubiese pertenecido a un grupo social que detestaba. Eso me convirtió en un furibundo resentido social. Y me parecía más beneficioso tener un padre ausente a tener uno que viaja a supuestos congresos y madres que engordan centros de estética y agencias de viajes internacionales. Yo era como un anhelo trunco o un deseo abortado.

Ahí sí, a veces pienso que tendría que haber trabajado mientras hacía el bachillerato. Ninguno de mis compañeros de la secundaria trabajaba, eran todos de familias acomodadas. El único era el rusito Welner que trabajaba de escribiente en el turno noche en la policía y le ayudaba a su padre en su oficio de zapatero. Con su ejemplo me estaba enseñando indirectamente a ser un hombre de verdad. Claro... era más cómodo jugar al fútbol, en la cuarta de Estudiantes. Además, no podía aspirar a ruiseñor siendo un gorrión de barrio

pobre. Pero prefería ser cabeza de ratón y no cola de león. Solo era un engendro residual de cultura folletinesca, alimentado con el Gráfico, la revista Goles, Mundo Infantil, Mundo Deportivo, La Cancha, La Dinamita, La Gran Historieta de Walt Disney, hasta los 15 años que empecé con Leo Plan y algunos clásicos franceses.

No obstante, tuve excelentes compañeros en mi época del colegio nacional. Vecinos míos fueron algunos que tuvieron posiciones relevantes en la medicina y la abogacía. Todo lo que tenía cerca de mi casa compensaba la mierda de la sociedad Ríocuartense. Era en un barrio de genios: la Chiva Farfali, mirada clara y dientes de conejo, se convirtió en uno de los mejores traumatólogos de Córdoba. ¡Cómo dibujaba! Reemplazó el lápiz por el escalpelo, así como Dalí el dibujo por el óleo. Luis Reinaudi, auténtico izquierdista, pero derecho por su talante. Gigantón con sonrisa de nene, abogado y escritor, pasó fugazmente por el periodismo deportivo cordobés. Desgraciadamente ya falleció. Su hermana Silvina, me provocó un complejo de iletrado: con ella estudié literatura; a la tercera o cuarta vez, desistí de acompañarla... No quise que perdiera el tiempo conmigo: sabía demasiado. A la vuelta, por Sadi Carnó, el Gordo Huguito, la sonrisa niña que iluminaba la calle. Tocaba el trombón, el bandoneón y cuanta comida se le ponía delante. La vida pudo convertirlo en un chanchón, pero a golpes de disgustos le comió de golpe veinte años de felicidad, que por eso adelgazó cincuenta kilos. Pasó por Barcelona luego de cuarenta años; con una prótesis intenté devolverle la sonrisa, pero como ésta es de adentro... todo porque su mujer se le fue con un cura.

¡Ay, Río Cuarto! es que no da para más... si al fin y al cabo, el interés cultural es estrechísimo, pues limita al Norte con Talleres, Belgrano y la Mona Giménez (¡el hito histórico más importante, cual principio cosmológico de Córdoba!; la era premonista se reducía a lo territorial y la postmonista expande el cuarteto internacionalmente); al Sur, con el tango Corazón al Sur; al Oeste, con la difunta Correa y Sampacho; y al Este, con el Sol del 25, que todavía viene asomando.

Esa original Villa de la Concepción de sus orígenes tuvo más tarde aspiraciones de Villa Golf o de ''Imperio'' y otros superlativos para distinguirse de la ciudad de Córdoba, a quien consideran un lugar de negros, no siendo más que una ciudad degradada, putrefacta y sexopática, llena de delirios de grandeza con estrellas fugaces; donde muchas de sus hembras clónicas y aburridas, reparten llaves y cuernos para jugar al ''amor''; sirenas pueblerinas de orillas de río con sueños de mar, donde la verdad se menta en voz baja como en el caso de Nora Dalmasso y el arte de intentar emociones diferentes, con la justicia embarrada, siendo protagonistas políticos ''penefactores'', bribones comerciantes enriquecidos (rapto del serrallo). Qué fácil que me fue aprender a odiarlos pero no con la calificación del delito de odio, como figura del código penal, sencillamente porque el odio no es un delito, es un sentimiento, un impulso que arranca de un instinto connatural al hombre que anida en lo subjetivo de su sensibilidad, convirtiéndose solo en una faceta espiritual. Admito que es lo peor que se le puede ocurrir a una persona, bueno, me ocurrió a mí, y punto. Y ¿porque no iba a tener derecho a odiarlos?

Hasta Julio Sosa dijo en un tango: ''porque tengo odios que nunca los digo; porque quise mucho y no me han querido, y pasé la vida masticando sueños...''

Mi madre seguía en la Clínica del Sud, hasta logró alquilarme la primera pensión a la vuelta del hospital clínicas y con todo cubierto, pensión, con desayuno, almuerzo y cena, y algunos pesitos para salir. Ella me costeó la carrera hasta que entré a trabajar (bah, hablar pelotudeces por radio) a los 24 años.

Y lo que nunca se atrevieron a decir ni San Lucas, ni San Mateo, ni San Filipo, ni Santos Vega:

''Los hijos de puta gozarán en la tierra, del pan, la vid y la concha de tu hermana! Y los pelotudos gozarán en el cielo del reino del Señor''

Se iban cumpliendo los pasos marcados por mi madre. Ahora a los 17 años, tocaba Córdoba y la universidad. Era la primera vez que viajaba a esa ciudad, en la Colta, que demoraba unas seis hora, le decían el lechero porque paraba en todos los pueblos.

Mi madre seguía en la Clínica del Sud, hasta logró alquilarme la primera pensión a la vuelta del hospital clínicas y con todo cubierto, pensión, con desayuno, almuerzo y cena, y algunos pesitos para salir.

Ella me costeó la carrera hasta que entré a trabajar (bah, hablar pelotudeces por radio) a los 24 años.

Mi mamá seguía siendo una nómade, viviendo a veces de prestado, como en casa de su hermano Raúl casado con Leonor Sarquis, a su vez tía carnal del famoso relator de fútbol Osvaldo Webe, por lo cual guardamos un cierto parentesco político.

Previamente, vivió con mi tía Elvira, época en que tuve la suerte de ganar un concurso en LV3 y ya se acabaron mis penurias al hacer comentarios alimenticios para pagarme los estudios. Se acabaron también las cenas de banana con leche en la plaza Colón, los asados de gatos o el choreo de gallinas para lo cual tenía una técnica especial que no voy a revelar por ese gustillo que tenemos los especialistas. Y a pesar de su impronta mercantilista plena de recelos competitivos de la radio, tuve compañeros excelentes, como Ruben Pérez Gaudio, Tito Paz, Ruben Torri, Gonio Ferrari, Pancho Berra, Ricardo Sandoval, Alfredo Guruzeta, el ordenanza Pascual Miraca y la bonhomía de Carlos Abel Castro Torres, y por supuesto el imborrable recuerdo del mejor poeta de Córdoba, Don Néstor Cesar Miguez, que cuando falleció mi madre, le dijo al ordenanza Miraca: ''Cuidalo a José, que se quedó solito...'' y me dedico un acróstico definiéndome en pocas palabras:

Soneto a un amigo

A veces en la vida que gastamos Jugamos con las cosas que quisimos, Olvidando lo mucho que perdimos Sólo por conservar lo que soñamos. Es como aprisionar lo que pensamos Rechazando lo nuestro que tuvimos, O abandonar el hombre que no fuimos Derrotado por todo lo que amamos. Río que va sin bandas ni fronteras; Idea que aferrada a las quimeras Gozó lo ajeno y vio lo que no vimos… Un deseo de sol bajo la nieve, Embriagando lo eterno con el breve, Zumo de dichas que jamás tuvimos.

 

La verdad no tendría que haberme ido a Córdoba, para no dejarla sola. Estoy convencido de que no se hubiera muerto a los 50 años si hubiera seguido a su lado. Trabajo, siempre hubo. Hubiese laburado en carnicería, en el mercado, cuidando ancianos, cadete en tiendas, o estudiar en el colegio industrial con su enseñanza de oficios más rentables que ese almácigo de mediocres que es la enseñanza secundaria. Claro, bachiller sonaba mejor, como una distinción propia de los de clase acomodada, y así conseguirle una casita como dios manda y no andar como miserables, hubiésemos vivido juntos para las cosas simples de la existencia.

La hubiese llevado al cine, en el verano disfrutar de los sauces y del río, con sus asadores, donde verdaderamente uno se relaja y así me hubiera evitado repetir la frase que es muy común escuchar en la gente ''viajada'' que el mar les relaja. A mí el mar no me relaja un carajo. Cuando un día a una mina acá en Barcelona me dijo la famosa frase: ''Ay, negro, a mi el mar me relaja'', le contesté ''A mi coger me relaja!''.

¡Como voy a volver al hotel con el culo lleno de arena! Pobre la gente de Río Cuarto con ansia de turismo internacional. Si no saben que son más felices que los que van a Camboriu o a Punta del Este, gozando de los sauces del río cuarto.

Hubiéramos ido a Mendoza como hicimos una vez o a Calamuchita, o a comer pejerrey en el dique los Molinos... y así seguro no te hubieras ido tan joven mamá. ¡Que tenía que irme a Córdoba!

 

Terminaste tu vida en una piecita al final de un pasillo laaaargo, con la entrada por un garage... con un bañito adosado que estaba fuera. ¡Me cache en dios!...

Siempre me sentí como copartícipe necesario en tu muerte.

Te imaginé en las noches de invierno mamá y así te fuiste con la compañía de un canario. De haber un dios, no tendría que haber permitido esa vileza del destino. Y fue a mis 27 años que la vida me hizo el boquete más grande, se me fue con 50 años. Nunca supe si se vistió de blanco o si tuvo fiesta de boda, pero estoy contento... ya me queda poco para estar contigo para siempre, ya verás... te llevaré fotos de tus dos nietos, si vieras qué guapos que están, con sus cincuenta años, y ¿sabes que eres bisabuela de dos varoncitos?

Y en una de esas lo veo a mi padre... me gustaría verlo, para darle un abrazo y preguntarle ¿porqué? solo tenía siete años...

Como mi viejo pintaba y dibujaba bien, soñé que Dios le imponía una tarea de gran responsabilidad: pintaría las caritas redonditas de todos los niños que iban a nacer... pero tan hermosa tarea no podía ser un castigo divino, sino una decisión sabiamente justa: así nunca olvidaría a su hijo, a pesar de haberlo abandonado...

Yo guardo la joya más cara que un hombre debe tener, más allá de la bazofia del degenerado de Picasso, del grito de Munch o del calcetín de Antonio Tapiés que está roto y huele a pie, esa joya más cara es el retrato de mamá.

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