Anatomía de un escándalo: de volver para ser mejores a separarse públicamente

OPINIÓN Por Jorge Grispo*
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Sarah Vaughan publicó en 2018 el drama psicológico “Anatomía de un escándalo” devenido en serie de TV. Tiene todos los condimentos necesarios para atrapar al lector. Conviven buenos y malos. Algunos buscan salvarse y otros persiguen la mejor tajada. Hay unas pocas verdades y grandes mentiras. Operaciones y contraoperaciones. No faltan los engaños y las traiciones. ¿Qué pensaríamos si se supiera la verdad?

Lo que sucede con el Frente de Todos, también tiene lo necesario para atraparnos a los argentinos, dando sustento a un drama psicológico, pero somos los ciudadanos los que lo sufrimos a diario. Nos prometieron volver para ser mejores, pero se convirtieron en los peores. En Argentina modelo 2022 se vive mal. Nuestra calidad de vida es deplorable, mientras los que fueron votados para gobernar se pelean entre ellos pensando en 2023. Asistimos en clave de vodevil berreta a un espectáculo absurdo, un escándalo de proporciones, del que tampoco es ajeno un sector de la oposición, que hacen el caldo de cultivo para que todo huela aún peor. Lamentable.

El gobierno de Alberto y Cristina es un escándalo. Por más que el presidente insista, como estrategia, focalizarse en la gestión, las bofetadas verbales que recibe a diario, al igual que sus ministros, por parte de las huestes cristinistas no cesan, es más aumentan de tono a medida que pasan los días. Todo lo que dijo el Cuervo Larroque, ministro de Desarrollo de Kicillof y secretario general de La Cámpora, es un aquelarre de proporciones. Ya no se trata de la exdiputada Fernanda Vallejos vociferando en privado que Alberto es un “mequetrefe y ocupa”. Estamos frente a un ninguneo presidencial a la luz del día, en público y para que todos se enteren, dejando en claro que el “cristinismo” ya está en la vereda de enfrente y quiere la cabeza de Guzmán como trofeo de guerra y constancia del sometimiento de Alberto. Pero, al final del día Cristina y su rebaño, son como la jirafa que intenta esconderse detrás de un árbol pequeño. La parodia de diferenciación no sólo es grotesca, genera además mayor zozobra en un gobierno que acelera a fondo por el sendero del escándalo.

El gobierno es, desde todo punto de vista, un estropicio. Son dos pandillas callejeras peleándose entre sí. La presión para que Alberto corra de una vez por todas a Guzmán es abrumadora (quien pareciera tener hoy los días contados) resulta todo un dilema para el presidente. Si no cede, los ataques se incrementarán poniendo en jaque su gobernabilidad, erosionando al mismo tiempo aún más su ya raída imagen. Si lo saca sabe que desde ese día en adelante solo será un presidente testimonial -nada nuevo para los argentinos, menos para él-. Es la anatomía del escándalo que escribe a cuatro manos el dúo Pimpinela de la política argentina, que nos toma a todos de rehenes, generando un país mucho peor del que encontraron el primer día de su gobierno, encarnando el populismo sin futuro.

Alberto y Cristina son los mayores responsables de la tragedia en que se ha convertido nuestro país, donde la vicepresidenta ya puso a funcionar su propia estructura, Unidad Ciudadana, solo le resta definir si jugará como candidata a presidenta (apuesta fuerte, de perder podría quedar sin los preciados fueros, como sucedió con Macri tras ser derrotado en 2019) o juega a seguro y va como candidata a senadora por la Provincia de Buenos Aires, distrito donde ya se han replegado sus feligreses, a partir del cual pretenden resurgir como el ave Fénix. En este escenario Massa suena como candidato a presidente. Lo que podría inferirse por el acercamiento de los últimos días, en una ciclópea tarea para remontar un partido (2023) que luce a priori como perdido.

Pareciera que lo único que importa son dos cosas. El control de las casi mil cajas del estado, y preservar algún caudal de votos que les permitan enfrentar en 2023, la contienda electoral dignamente, asegurándoles “fueros” y algún que otro cargo. La debacle del peor gobierno de la democracia argentina, si tuviéramos que poner un punto, comenzó con el malogrado intento de expropiar Vicentin. Para algunos incluso antes. Desde ese hecho en adelante todo fue cuesta abajo. Si comparamos desde esa fecha el nivel de aceptación que tenía el presidente Alberto Fernández, con el que tiene en la actualidad de tan sólo un 19%, es muy fácil advertir como se desbarrancó. Luego pasaron el vacunatorio VIP, la fiesta de Olivos, entre muchos hechos que no hicieron más que horadar, primero la imagen del presidente, y después arrastrar a toda la coalición de gobierno a la derrota electoral que sufrieron en noviembre de 2021, a partir de lo cual, todo lo que podía ir mal, fue peor. La creación de Cristina (Alberto presidente) es el bumeran que, de regreso, la golpea en la cara causando su propia debacle. Esa de la que intenta ahora “despegarse” como si no tuviera responsabilidad alguna.

Pese a todos los desaguisados, Alberto Fernández tiene el “mérito” (por ahora) de sostenerse en el cargo, soportando todo tipo de ninguneos de propios y ajenos. También tuvo la osadía de animarse a decir públicamente que quiere ser reelecto en 2023, lo que hoy luce como una “misión imposible para el Capitán Beto” que sigue, como cantaba el flaco Spinetta, perdido por el espacio. Es más, tuvo la valentía de avanzar con las audiencias necesarias para refrendar el aumento de las tarifas públicas, lo que, seguramente, se terminará convirtiendo en el pesado martillo que romperá lo poco que queda de un gobierno disfuncional y a la deriva. No es casualidad que el presidente haya logrado únicamente que el Congreso apruebe tan solo 27 leyes de las 70 que remitió. Desde la derrota electoral en 2021 una sola ley fue aprobada: el acuerdo con el FMI, con los votos en contra de las huestes cristinistas y a favor de Juntos por el Cambio.

Los argentinos estamos viviendo con una pésima calidad de vida, faltan insumos básicos para la producción, conseguir un auto es toda una hazaña, y solo para el que tiene resto en el bolsillo y está dispuesto a pagar un sobre precio. Ni que hablar de los servicios públicos cuya degradación se incrementa día a día (basta recordar los cortes de luz que sufrimos en el verano). Argentina es un país caro en pesos para los que viven y tienen sus ingresos en moneda nacional, pero regalado en dólares. Con este escenario el desencanto que producen los tres principales socios del Frente de Todos es un claro indicador de su fracaso.

Como ya mencionamos, Alberto Fernández tiene una imagen positiva del 19%, Cristina Kirchner 28% y Sergio Massa 15%. En promedio alcanzan tan solo un 19,33%, porcentaje que los deja muy debilitados en términos electorales para 2023. La disminución del valor de los sueldos en los bolsillos de los trabajadores es un “erosionador” de votos para el oficialismo, creando para el presidente Fernández un escenario muy complejo en punto a la gobernabilidad, en estas condiciones, hasta las elecciones de 2023. La incógnita frente al escenario que se presenta a consecuencia del escandaloso gobierno del Frente de Todos es hasta donde se seguirá “inmolando” Sergio Massa en pos de una unidad que luce cada vez más utópica y que poco o nada le reporta en términos electorales, salvo por lo que pudiera acordar pour la galerie con Cristina.

¿Si los ocupantes de la Casa Rosada están fastidiados y molestos por el ninguneo diario de sus socios, que nos queda a los ciudadanos que tenemos que observar el sainete criollo? ¿No se dan cuenta que la población, en términos generales, ya se hartó de ver el espectáculo berreta que representan desde el Frente de Todos? Se ven muy ocupados con sus juegos de tronos pergeñando como sobrevivir, primero hasta 2023, y más allá después. Lo mismo sucede si miramos a la oposición, pero con una diferencia, ellos no tienen hoy la responsabilidad constitucional de gobernar los destinos del país, el oficialismo sí. El divorcio público del dúo Pimpinela y la falta de respuesta a los problemas del país agota la paciencia de la gente que sale a laburar todos los días. Las semanas y meses que vienen se presentan como un desafío muy complicado tanto para Alberto como para Cristina. La moneda está en el aire y cualquier cosa pueda pasar.

¿Alguien se pregunta qué pasaría si Alberto Fernández, cansado de tanto desgaste, renuncia? Es un interrogante que surge cada vez con mayor audacia. Un portazo del Capitán Beto puede generar un cismo de grandes proporciones. Cristina lo sabe, pero está segura de que jamás dará ese paso, porque Alberto tiene el suficiente grado de locura como para seguir buscando el bronce. ¿Y si se equivoca?

¡Feliz día del trabajador!

 

 

* Para www.infobae.com

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