Agustín Salvia, de la UCA: “Es poco probable que la pobreza baje del 40% durante 2021”

ECONOMÍA Por Daniel Sticco*
El director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA le dijo a Infobae que el último trimestre 2020 cerró en 45% de la población, 2 puntos menos que en el pico del segundo cuarto cuando se derrumbó el PBI
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En el término de una semana el Indec dio a conocer datos complementarios de la realidad socioeconómica de la Argentina que surgieron de la Encuesta Permanente de Hogares en 31 a aglomerados de todo el país, los cuales coincidieron en mostrar cómo la crisis sanitaria que irrumpió en los primeros meses de 2020 afectó severamente el empleo y también el ingreso de muchos de los trabajadores que conservaron sus puestos, en particular en los sectores informales y cuentapropismo.

Pero, además, en un agudo análisis Agustín Salvia, Investigador del Conicet, sociólogo, profesor e investigador del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires y director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, dijo en una entrevista con Infobae que el núcleo duro de la pobreza obedece a “causas estructurales, más allá de la pandemia de covid-19”, y por tanto alertó que revertir ese cuadro no dependerá de medidas coyunturales, sino de una estrategia de corto, mediano y largo plazo.

- Desde el punto de vista del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, ¿Qué lectura hizo de los resultados (en materia de pobreza) de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec correspondiente el último semestre 2020, en líneas generales?

- Las tasas oficiales de pobreza informadas por el Indec para el segundo semestre de 2020 de 42% de la población, junto con una tasa de indigencia de 10,5%, esconden realidades diferentes a lo largo del período. Por una parte, un tercer trimestre en donde se inició una lenta recuperación del empleo, tanto en el sector formal como en la actividad profesional e informal cuenta propia, donde junto a los nuevos programas sociales continuaron medidas de asistencia al sector privado, aguinaldo incluido, todo lo cual llevó a que la tasa de pobreza de 47% durante el segundo trimestre cayera a 39%, según la base de micro datos del organismo oficial de estadística. Por otra parte, el cuarto trimestre fue muy distinto: mayor flexibilidad en las medidas de aislamiento, paulatina recuperación de la actividad económica, sin despidos masivos en el sector formal, pero con algunos sectores muy afectados, a lo que cabe sumar, caída de las remuneraciones reales por aumento de la inflación. En este contexto, la pobreza a finales de 2020 habría sido en realidad de 45%, sólo dos puntos porcentuales por debajo de la medición del segundo trimestre, cuando con las restricciones impuestas para enfrentar la pandemia, la economía estuvo prácticamente paralizada, pero resultó seis puntos más que en los 3 meses previos.

El panorama sugiere que es poco probable que la pobreza baje del 40% durante 2021. Ahora bien, cabe no perder de vista que, si bien se trata de un factor de exclusión en muchas otras dimensiones del bienestar social, constituye tan sólo un emergente, es la manifestación de problemas más estructurales que debemos enfrentar, porque en su mayor parte no los ha generado la pandemia.

- ¿Qué efectos cabe esperar sobre el nivel de pobreza de la población que haya caído casi 3% de la población el nivel de empleo, bajado más de 2 puntos porcentuales la tasa de participación en el mercado de trabajo, y elevado a un nivel récord de más de 3 millones de personas los subocupados?

- El continuado escenario de estanflación con tasas de empleo por debajo de los promedios históricos y con tasas de desempleo, subocupación, informalidad y desaliento por sobre los valores también históricos -más allá de que esté teniendo lugar una recuperación que nos coloque en los niveles próximos de actividad global que teníamos antes del período covid-19- no puede tener otro efecto que mantener o incluso aumentar los niveles de pobreza. Luego de tres años de caída previa del PBI, devaluaciones de por medio y aumento de la inflación, el manejo político-sanitario del escenario pandémico logró proteger relativamente a los ocupados formales, pero agravó la situación de los trabajadores informales pobres y de las clases medias bajas autónomas, sea en términos de nivel de ocupación como de ingresos reales. En ese contexto, sin duda el escenario laboral y social habría sido mucho peor sin los programas de protección social y asistencia a las empresas que implementó el Gobierno.

Ahora bien, más allá de que existen actualmente señales de reactivación, estas no son suficientes para generar un aumento sostenible en la demanda agregada de empleo. Las razones son múltiples: no hay certidumbre macroeconómica ni de orden político, la inflación es alta, se carece de financiamiento productivo y los riesgos impositivos son altos.

Por lo tanto, más allá de que pueda generase alguna burbuja de consumo preelectoral, a través por ejemplo de una devolución de impuestos a las ganancias a los trabajadores o debido a un eventual aumento en los programas sociales, si no se recupera la inversión, crece la demanda de empleo, baja la tasa de inflación y, en ese contexto, aumentan las remuneraciones reales, la pobreza continuará formando parte del mundo de vida de 4 de cada diez argentinos. Incluso, la situación habrá de ser peor si quedamos sometidos a una nueva ola de pandemia si el manejo económico-sanitario no nos provea de mejores condiciones de recuperación para el día después. Y esto no lo deben generar los agentes de mercados ni mucho menos los ciudadanos de a pie, sino el sistema político.

- Una de las consecuencias de la crisis sanitaria que irrumpió en la Argentina en los últimos días de marzo 2020 fue que afectó en mayor medida a los ocupados en actividades mano de obra intensiva, como los servicios de gastronomía, esparcimiento, turismo y comercio, y en particular en las franjas cuentapropistas informales, que se caracterizan por registrar ingresos muy inferiores al promedio general y tener mayor cantidad de miembros del hogar a cargo. ¿Se puede estimar qué implicancias tendrá sobre los indicadores de indigencia y pobreza?

- Justamente, han sido estos sectores -junto con los trabajadores de la construcción y el servicio doméstico- los más afectados durante el segundo y el tercer trimestre del 2020. Sin embargo, son estos sectores los que también los que han logrado una más recuperación relativa durante el cuarto trimestre. Si bien su situación laboral es más precaria, lo son aún más sus remuneraciones afectadas por la caída de actividad y el nivel de inflación. En los momentos más críticos, fueron las políticas sociales y los propios ahorros de esas familias -o incluso el endeudamiento informal- los que sostuvieron un mínimo nivel de vida.

Actualmente, ya no quedan fondos de reserva ni se dispone de nuevos programas sociales, aunque se está recuperando el nivel de empleo, pero con menores de niveles de horas de trabajo y remuneración. Esta tendencia presiona hacia la baja la tasa de pobreza; pero al mismo tiempo, la caída de los ingresos en términos reales, junto con el crecimiento demográfico, presionan a la suba de esa tasa. En el balance final, la situación muestra una caída relativa de la tasa de pobreza y de la indigencia, con respecto a los niveles alcanzados durante el momento más crítico del año pasado, pero todavía lejos de las ya elevadas tasas que se registraban a finales de 2019, recordemos que llegó a ser de 38% de la población en el cuarto trimestre de ese año, según datos oficiales.

- Uno de los resultados de la EPH del cuarto trimestre 2020 en comparación con un año antes fue que detectó mayor caída en el nivel de empleo de las mujeres, 2,8% de la población de ese segmento, y 7 pp en la franja de 14 a 29 años, que los varones que fue de 2,4 puntos porcentuales ¿Qué implicancias generará ese fenómeno sobre la deuda social?

- La destrucción de puestos de trabajo y la parálisis en la creación de nuevos empleos, incluso informales, tienen en ambos casos a los jóvenes y las mujeres de baja calificación como sus principales víctimas laborales. Este proceso ocurre dado que el sector privado o público formal excluye por su propia composición y necesidades productivas a estos segmentos ocupacionales. Tengamos en cuenta que actualmente la tasa de inactividad laboral en mayores de 18 años reúne al 40% de esa población, en su gran mayoría mujeres y jóvenes desalentados. Su ocupación sólo es posible en actividades informales, asalariadas o autónomas, altamente precarias o inestables. Dado que el escenario de pandemia golpeó fuertemente a estos sectores, la mayor inactividad por desaliento, la desocupación abierta o el crecimiento de los empleos eventuales forman parte de un segmento de mercado que impide a las familias acceder a ingresos complementarios que no sean nuevas asistencias sociales. No por nada fueron estos grupos los principales demandantes del IFE, en tanto población disponible marginada que no tiene otra fuente de ingresos en momentos críticos. La situación cristaliza exclusiones sistémicas, pero además segmenta oportunidades de inclusión social en términos de género y generaciones, pero de manera incluso desigual según el estrato social. Nuestra sociedad se hace más desigual a nivel social, pero también al interior de los segmentos más pobres.

- Pese a que hay señales de llegada de la segunda ola de covid-19, el Gobierno nacional ha interrumpido la asistencia a los sectores vulnerables en términos de ingreso del IFE ¿Qué opina de ese instrumento, y qué efecto podría tener sobre los indicadores de pobreza e indigencia?

- Este instrumento ocupó un papel muy importante durante la crisis, también la Tarjeta Alimentar, al igual que lo fueron en otros momentos y hasta hoy la AUH y sus complementos, o las pensiones no contributivas, o los programas de empleo social, en fin, todos ellos aliviaron la caída de ingresos en un momento muy crítico, con un impacto fiscal no menor al 5% del PBI. En el momento de mayor actividad, los programas sociales lograron cubrir en total al 47% de los hogares, muchas veces con superposición de planes. Sin embargo, durante el cuarto trimestre se mantuvieron sólo los programas tradicionales, los cuales cubren a más del 32% de los hogares. La presencia de estas ayudas significó que la tasa de indigencia no haya llegado al 20%, ni la tasa de pobreza haya superado el 50%. Sin duda, estos instrumentos, a pesar del costo fiscal, permitieron transitar la crisis con menor destrucción de capital humano, social y político, bajo condiciones de relativa paz social.

Pero si bien es un programa de ingresos que sirve para situaciones de emergencia, no sirve y puede ser contraproducente para lograr soluciones más efectivas y sostenibles si se extiende en el tiempo. Quizás haya que volver a programas de este tipo ante nuevas restricciones sanitarias, pero incluso cabría proponer que dicha asignación esté estrechamente asociada a las formas de trabajo social o comunitario, a manera de un piso de remuneración a cambio de una prestación laboral efectiva en tareas de cuidado de personas, actividades formativas, mantenimiento barrial, saneamiento ambiental, etc. Un mecanismo de este tipo contribuiría a dotar de mayor capital físico, humano, social y ambiental a los espacios con alta concentración de pobreza.

- ¿Qué daña más a la sociedad en su conjunto, el aumento del desempleo en dos puntos porcentuales, en respuesta a un escenario recesivo de más de 5 puntos del PBI, o la aceleración rápida de la inflación en 10 puntos al año, por los desequilibrios fiscales y monetarios?

- El daño social se genera en ambos casos, pero con alcances distintos. Para una familia la pérdida de un empleo tiene efectos muy graves para la subsistencia diaria, así como sobre el estado anímico del grupo. Frente a un aumento de precios, pero manteniendo el trabajo siempre es posible encontrar formas alternativas de consumo o redes de asistencia pública o familiar; pero la pérdida de un empleo sin perspectiva de recuperación es destructivo, es muy angustiante. Pero a nivel sistémico, una tasa de inflación como la nuestra en contexto de fuerte recesión limita las capacidades de reactivación al frenar la panificación de inversiones, reducir el poder de ahorro y volcar enormes recursos a la especulación. Todo ello impacta finalmente a mediano plazo en las familias, muchos más si se ha quedado sin un ingreso laboral o que sólo cuentan con empleos de baja calidad, en cuanto que la posibilidad de salir de la pobreza a través de su propio trabajo resulta incierta, cuando no imposible. Ambos procesos ocurren en nuestro país, y esa es el área de vacancia que ocupan los programas sociales, atendiendo urgencias permanentes, pero no soluciones de fondo a nivel sistémico ni para las familias, haciendo de la asistencia un ingreso permanente para el presupuesto familiar. En cualquier caso, debemos salir de este circuito vicioso, tanto reduciendo la inflación como evitando más pérdidas de empleo, mejorando los existentes y creando nuevos.

- La crisis de fines de 2001–2002 provocó un salto del nivel de pobreza entre 15 y 19 puntos porcentuales, del 38% al 57% de la población, y llevó 3 años para volver al nivel previo, ahora pareciera asistirse a un salto similar, desde 27% en la primera mitad de 2018 a 42% actualmente ¿Cuánto tiempo cree que podría llevar ahora recuperar una senda bajista hacia el nivel de dos años antes? ¿Qué condiciones debieran cumplirse?

- En un país con 46 millones de personas con sólo 40 ocupados cada 100 habitantes, donde casi la mitad de estos son trabajadores informales pobres de baja productividad, bajar la pobreza de manera sostenible sólo se logra produciendo más riqueza con trabajo intensivo, sin descuidar al mismo tiempo la necesidad de una productividad creciente.

Por una parte, es necesario estabilizar la macroeconomía con el fin de bajar la inflación y aumentar las remuneraciones reales. Por otra, fomentar la inversión y la creación de empleos genuinos, tanto de alta productividad como intensivos en mano de obra, privados como públicos, orientados a la generación de infraestructura económica y social, como a la producción de bienes, servicios y valor agregado en conocimiento, todo ello puesto a disposición de los mercados externos en función de obtener divisas, pero también orientados a promover el bienestar interno a través de la inversión en infraestructura social, el consumo productivo y el ahorro, sobre todo en los sectores excluidos y en las regiones más rezagadas.

En teoría, según un estudio que hicimos con el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo”, con un crecimiento del PBI de 3% anual y una elasticidad empleo/producto del 40%, bajo las condiciones que mencioné, en 2030 bajaríamos la pobreza a menos del 15%. En las actuales condiciones con escases de oferta, en el mejor de los escenarios, es decir, creciendo un 2% gracias al aporte de los sectores dinámicos exportadores con baja creación de empleo, siendo el crecimiento poblacional del 1%, sólo lograríamos en diez años bajar la pobreza al 30%. Es decir, si no hay cambios estructurales en las políticas e instituciones económicas, la pobreza seguirá siendo un problema endémico, acumulativo, y causa permanente de polarización social, debilitamiento democrático y conflictividad social.

- Entre los economistas del Gobierno se debate entre impulsar la redistribución de la riqueza, principalmente a través de aumento de la presión impositiva sobre las empresas, y baja sobre los asalariados, y generar actividad, dada la elevada capacidad ociosa. ¿Según sus estudios y experiencias internacionales, cuál es el camino más rápido y sustentable, para bajar la pobreza y mejorar el ingreso real?

- La clave no está es bajar rápido la pobreza sino hacerlo de manera sostenida y sustentable. De hecho, cada burbuja de consumo preelectoral de las últimas décadas logra bajar la pobreza durante un corto lapso, pero luego estalla con consecuencias macroeconómicas contraproducentes, lo cual finalmente inhabilita emprender cambios estructurales y políticas de desarrollo de más largo aliento. No hay que perder de vista que la pobreza en la Argentina es sólo el emergente de un problema más de fondo: la imposibilidad de crear riqueza a través del empleo y la innovación productiva y de disponer de políticas de ingresos fundadas en la distribución de excedentes logrados a través del crecimiento, y esto sólo se logra multiplicando la inversión y creando trabajo.

Una familia sale de la pobreza si algún miembro consigue un empleo o si los ocupados logran mejorar su remuneración real. Es posible subsidiar o apoyar a segmentos atrasados, pero la productividad agregada debe garantizar dicha redistribución. Si se crean trabajos ficticios o se aumentan ingresos en las familias sin que exista una efectiva creación de bienes y servicios con mejoras de productividad se inicia un proceso de autofagia, nos vamos comiendo los activos, tanto materiales como sociales y morales, lo cual nos deja mucho más débiles para conseguir un ciclo virtuoso de crecimiento.

En el actual contexto de estancamiento, con alta capacidad ociosa, aumentar impuestos al sector productivo y elevar salarios por sobre las posibilidades productivas de las empresas, no ayudan en nada a ese proceso, logran reactivar algo el consumo privado o el gasto público en el corto plazo, pero quita recursos para lo urgente y prioritario que es aumentar la inversión pública y privada creando nuevos empleos, aumentando la oferta de bienes y servicios como condición necesaria, aunque no suficiente, para bajar la inflación.

- ¿Una reflexión final?

- La única manera que se sale de este estado de pobreza estructural que nos atraviesa es a través de la creación de fuentes de trabajo, tanto en sectores dinámicos como en pequeñas y medianas empresas e, incluso, en la propia economía social. Estamos ante la presencia de un sistema de naturaleza altamente inestable lejos de equilibrios virtuosos que permitan una recuperación sustentable. No hay forma que ningún Estado-gobierno, populista o liberal atienda las necesidades de inclusión social y de progreso de los excluidos sin un cambio de estructural en las políticas públicas. Esto se logra sólo a través de un programa de desarrollo de largo aliento, en principio, obligado a generar equilibrios macroeconómicos sostenibles, nuevas reglas de juego de orden financiero, monetario, fiscal, previsional y laboral.

Se impone con urgencia un tiempo de reformas estructurales, pero no sólo es clave atraer inversiones globales que eventualmente mejoren la situación de los sectores incluidos, necesitamos multiplicar la innovación, la inversión y el trabajo de nuestros micro emprendedores, empresarios y trabajadores, incorporando a los informales, desocupados y desalentados al mundo del trabajo productivo o de utilidad social. Esto no se logra sin políticas redistributivas, pero es condición necesaria crear riqueza para que al siguiente ciclo obtengamos más valor agregado enriquecido por el progreso científico-técnico, ambiental y humano.

La llamada economía social o popular debe ganar en productividad e ingresos, dependiendo cada vez menos de los subsidios públicos. Para ello necesitamos políticas de crecimiento junto a políticas redistributivas orientadas salir juntos del pozo; hay que crear más riqueza y distribuir la misma de manera más estratégica y equilibrada. Ahora bien, si bien esto es técnicamente factible, el país carece del capital político que lo haga posible. Diría que el principal problema de la pobreza no es la económica, sino el vacío de capacidades y de falta acuerdos políticos estratégicos -no solo sectoriales- que ofrezcan un horizonte renovado de certidumbres sobre un rumbo de crecimiento sostenido.

 

 

* Para www.infobae.com

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