El peronismo frente al desafío de elegir un candidato sin resolver su guerra interna

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

Rompecabezas político en crisis

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

El peronismo ha comenzado a transitar el camino hacia las próximas elecciones con una dificultad que excede la discusión sobre los nombres propios: todavía no consigue establecer quién tiene autoridad para conducirlo, qué mecanismo permitirá elegir a su candidato y cuáles serán las reglas de convivencia entre dirigentes que ya no parecen compartir una misma idea de poder. La urgencia electoral obliga a buscar respuestas, pero las diferencias acumuladas durante los últimos años convierten cada negociación en una disputa por la supervivencia política.

La oposición necesita recuperar una identidad reconocible frente al Gobierno de Javier Milei. Sin embargo, mientras intenta definir una estrategia para volver a competir por la Presidencia, permanece atrapada en una confrontación que amenaza con condicionar cualquier proyecto futuro. Algunos dirigentes pretenden postergar los conflictos internos para concentrarse en la organización electoral. Otros entienden que no habrá renovación posible sin modificar primero las relaciones de poder que todavía ordenan, y al mismo tiempo paralizan, al espacio.

La primera incógnita es institucional, pero sus consecuencias son profundamente políticas: qué ocurrirá con las PASO. La posibilidad de que el oficialismo consiga eliminarlas obliga al justicialismo a imaginar alternativas para seleccionar una candidatura en un escenario atravesado por liderazgos enfrentados. Las primarias representan una herramienta para dirimir diferencias mediante el voto, aunque su continuidad no está asegurada y su eventual desaparición podría dejar al descubierto la ausencia de un procedimiento aceptado por todos.

La alternativa de organizar una interna partidaria tampoco resuelve el problema de manera automática. Las dificultades para confeccionar padrones, financiar el proceso y garantizar una competencia simultánea y ordenada en todo el país constituyen obstáculos concretos. Ricardo Quintela advirtió sobre las limitaciones de trasladar ese mecanismo a todas las provincias, mientras Sergio Uñac impulsa una modalidad regional que permita distribuir la competencia a lo largo de varios meses. Ninguna de esas propuestas, por ahora, consiguió reunir el consenso necesario.

Detrás de esa discusión técnica aparece una cuestión decisiva: ¿quién puede representar a un peronismo que no reconoce un liderazgo indiscutido? La legitimidad de origen será determinante para cualquier candidato que pretenda reunir a las distintas corrientes. Un acuerdo entre dirigentes puede evitar una fractura inmediata, pero difícilmente alcance para disipar las sospechas de quienes consideran que las decisiones se toman a espaldas de la militancia o mediante negociaciones entre estructuras que desconfían unas de otras.

Axel Kicillof ocupa el centro de esa disputa. El gobernador bonaerense aparece como uno de los principales aspirantes presidenciales y, según su entorno, está dispuesto a competir para convertirse en el candidato del espacio. Su estrategia consiste en fortalecer una construcción propia antes de resolver las candidaturas, una decisión que supone discutir la influencia que Cristina Kirchner conserva sobre el movimiento que condujo durante años.

La distancia entre ambos ya no parece una diferencia circunstancial sobre los tiempos o las formas. En sectores cercanos a Kicillof crece la convicción de que la relación política con el kirchnerismo atraviesa un punto de difícil retorno. El problema no se limita a determinar quién encabezará una eventual fórmula presidencial, sino que alcanza a la gobernabilidad de un futuro gobierno peronista. Una coalición que consiga imponerse en las urnas, pero no acuerde previamente cómo distribuir el poder y resolver sus desacuerdos, podría reproducir sus conflictos desde el propio Estado.

Cristina, por su parte, continúa siendo el eje de una corriente que no contempla fácilmente otra candidatura. Su condena y la inhabilitación para ejercer cargos públicos condicionan ese escenario, mientras el cristinismo aguarda una definición del Comité de Derechos Humanos de la ONU sobre su situación. Sin embargo, cualquier señal de ese organismo no resolvería por sí sola la cuestión electoral: la viabilidad de una postulación depende también de lo que determinen las autoridades judiciales argentinas.

La resistencia a considerar un candidato alternativo revela la profundidad del problema. Para una parte del kirchnerismo, la prioridad continúa siendo la situación de la ex presidenta; para otros sectores, esa posición corre el riesgo de subordinar toda la estrategia opositora a una candidatura cuya concreción permanece incierta. En ese contexto, la mayor exposición pública de Máximo Kirchner alimenta las especulaciones sobre una eventual postulación si su madre no pudiera competir. La hipótesis, todavía sin una definición, muestra hasta qué punto la discusión sucesoria permanece concentrada en el núcleo familiar.

Sergio Massa agrega otra variable a un tablero que ya tiene demasiadas piezas. Aunque mantiene interlocución con distintas corrientes y se encuentra más próximo al cristinismo que al sector de Kicillof, su futuro electoral continúa abierto. Una candidatura presidencial aparece entre las posibilidades que le atribuyen dirigentes del espacio, aunque también existe la hipótesis de que busque competir por la gobernación bonaerense. Su capacidad para intervenir en la negociación final lo convierte en un actor que nadie puede ignorar.

La posición de Juan Grabois, quien afirmó que respaldaría a Kicillof si Cristina no fuera candidata, expone otra de las contradicciones del peronismo: incluso entre quienes comparten la oposición al Gobierno existen diferencias sobre el liderazgo y el rumbo que debería adoptar el movimiento. Cada definición anticipada contribuye a ordenar algunos respaldos, pero también estrecha el margen para alcanzar un acuerdo general.

Las celebraciones separadas del Día de la Lealtad ofrecieron una imagen elocuente de esa fragmentación. La fecha que históricamente funcionó como símbolo de pertenencia común terminó exhibiendo lealtades distintas y proyectos que compiten por apropiarse de una misma identidad política. El peronismo todavía puede encontrar un mecanismo para elegir a su candidato, pero esa solución no garantiza que sus dirigentes acepten el resultado ni que compartan después la conducción de un eventual gobierno.

El desafío, por lo tanto, no consiste solamente en llegar unidos a las elecciones. Consiste en establecer qué significa hoy esa unidad, quién puede ejercer el liderazgo y cuáles son los límites que cada sector está dispuesto a aceptar. Sin esas respuestas, la candidatura será apenas el desenlace de una negociación precaria. Y la victoria electoral, en caso de alcanzarse, podría inaugurar una nueva etapa de la misma disputa que el peronismo todavía no consigue resolver.

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