La farsa del pañuelo verde y el negocio político de la división

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RESUMEN

  • El feminismo político convirtió una causa legítima en una bandera de confrontación ideológica.

  • El pañuelo verde se transformó en un símbolo de identidad partidaria para algunos sectores.

  • La igualdad entre hombres y mujeres no necesita militancia obligatoria ni consignas convertidas en dogmas.

  • La cultura woke instaló una lógica de enfrentamiento permanente que divide a la sociedad.

  • Los derechos se defienden con libertad, responsabilidad y respeto, no con imposiciones ideológicas.

Hay causas que nacen con la promesa de defender derechos y terminan convertidas en herramientas de poder. El movimiento del pañuelo verde merece una discusión que vaya más allá de las consignas, los aplausos militantes y las descalificaciones automáticas contra cualquiera que se atreva a cuestionarlo.

El problema no es que una mujer defienda sus derechos. El problema comienza cuando una reivindicación se transforma en una identidad política incuestionable, cuando disentir se convierte en pecado ideológico y cuando una discusión compleja se reduce a una batalla entre buenos y malos.

Durante años, determinados sectores del feminismo político instalaron la idea de que representaban, casi en exclusividad, la voz de todas las mujeres. Pero las mujeres no piensan todas igual, no tienen las mismas convicciones, no comparten idénticas experiencias ni están obligadas a adherir a una determinada corriente ideológica para defender su dignidad. Pretender lo contrario es una forma de subestimarlas.

Ninguna organización política tiene el monopolio de los derechos de las mujeres. Tampoco puede arrogarse la representación de millones de ciudadanas que trabajan, crían a sus hijos, estudian, emprenden, sostienen hogares y enfrentan dificultades cotidianas sin necesidad de convertir su vida en una declaración de militancia.

El pañuelo verde, que para muchas personas representa una conquista vinculada con los derechos reproductivos, también se convirtió en una marca política reconocible. Y cuando los símbolos dejan de servir para abrir debates y pasan a funcionar como fronteras entre quienes pertenecen a un bando y quienes quedan afuera, la discusión pública pierde profundidad y gana agresividad.

La pregunta es inevitable: ¿cuánto de aquella movilización consiguió traducirse en soluciones concretas y cuánto quedó atrapado en la lógica de la confrontación permanente? No alcanza con exhibir pañuelos, organizar marchas o repetir consignas para resolver la violencia, mejorar la educación, ampliar las oportunidades laborales o garantizar que una mujer pueda vivir sin miedo.

Esas tareas requieren políticas públicas evaluables, instituciones que funcionen, recursos bien administrados y una sociedad capaz de discutir sin convertir al adversario en un enemigo.

El feminismo político no puede pretender que toda crítica sea una agresión ni que toda discrepancia sea una manifestación de machismo. Esa simplificación empobrece el debate y termina perjudicando incluso a las causas que dice defender.

En ese terreno aparece la cultura woke, entendida aquí como una corriente de activismo que, en algunas de sus expresiones, coloca la identidad y la pertenencia ideológica en el centro de la discusión pública. Cuando esa lógica se vuelve dogmática, cada desacuerdo se interpreta como una ofensa y cada discusión se transforma en una prueba de pureza moral. El resultado es una sociedad más fragmentada, donde importa menos comprender al otro que demostrar que uno pertenece al bando correcto.

Pero conviene hacer una distinción: defender la igualdad, denunciar la violencia o reclamar que se respeten los derechos no es patrimonio de una ideología. Tampoco toda persona que se identifica con el feminismo responde a una estructura partidaria ni comparte los mismos postulados. El cuestionamiento debe dirigirse a las prácticas de instrumentalización política, no a las mujeres que piensan diferente.

Porque la igualdad ante la ley, la libertad individual y el respeto por la dignidad humana no necesitan convertirse en propiedad de una tribu política. Son principios que deben valer para todos, incluso para quienes no comparten nuestras ideas.

La Argentina tiene problemas demasiado concretos como para seguir alimentando guerras culturales interminables. La violencia contra las mujeres exige prevención, protección efectiva y justicia. La desigualdad de oportunidades requiere respuestas serias. La educación necesita recuperar calidad. Y las familias necesitan condiciones para trabajar, progresar y vivir con tranquilidad.

Ninguno de esos desafíos se resuelve midiendo la cantidad de pañuelos que aparecen en una fotografía ni contando cuántas personas repiten una consigna en una marcha.

La verdadera discusión debería ser cómo construir una sociedad en la que una mujer pueda elegir, trabajar, opinar y vivir libremente sin que nadie pretenda decirle qué debe pensar. Una sociedad donde también sea posible cuestionar las ideas de cualquier movimiento sin recibir automáticamente una etiqueta descalificadora.

La libertad no consiste en reemplazar una imposición por otra. Consiste en poder pensar distinto sin miedo a la condena de una mayoría circunstancial o de una minoría organizada.

Si el feminismo político quiere ser parte de una solución, deberá aceptar que ninguna causa está por encima del debate democrático. Y si quienes cuestionan la cultura woke quieren defender la libertad, deberán hacer lo mismo: respetar los derechos ajenos y discutir ideas sin negar la dignidad de las personas.

Porque una sociedad no avanza cuando todos llevan el mismo pañuelo, repiten las mismas palabras y marchan detrás de la misma bandera. Avanza cuando las diferencias pueden convivir, cuando los derechos se respetan sin privilegios y cuando la política deja de utilizar las causas humanas como combustible para su propia supervivencia.

Menos dogmas, menos utilización partidaria y más libertad para pensar. Ese debería ser el punto de partida de una discusión adulta, lejos de las consignas vacías y de cualquier intento de convertir una causa social en una religión política.

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