¿Es Córdoba un país diferente dentro de la Argentina?

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Córdoba tiene industria, producción, infraestructura, universidades, capacidad emprendedora y una identidad propia que la distingue dentro de la Argentina. Nadie puede negar que ocupa un lugar relevante en el desarrollo económico nacional. Sin embargo, una pregunta merece ser planteada: ¿Córdoba es realmente un país diferente dentro de la Argentina o estamos ante un eslogan político del gobierno de Martín Llaryora?

Desde el gobierno provincial se insiste en presentar a Córdoba como una provincia con características únicas, capaz de sostener un modelo propio y de diferenciarse de las políticas impulsadas por el presidente Javier Milei. La idea es clara: mientras la Nación reduce su participación en la obra pública y restringe el gasto estatal, Córdoba continúa realizando obras, promoviendo la producción y sosteniendo una agenda propia de desarrollo.

Y hay una parte de ese argumento que es cierta.

Córdoba cuenta con una estructura productiva diversificada, un entramado industrial importante, un sector agropecuario de enorme peso y una cultura empresarial que constituye una de sus principales fortalezas. También es cierto que el gobierno provincial continúa impulsando obras públicas, aun en un contexto nacional de fuerte ajuste del gasto.

Ese diferencial existe y sería un error desconocerlo por una cuestión de posicionamiento político.

Pero reconocer las virtudes de Córdoba no significa aceptar sin cuestionamientos el relato oficial. Porque una cosa es tener condiciones para ser una provincia diferente y otra, muy distinta, es haber construido un sistema de gobierno que garantice instituciones sólidas, transparencia, renovación política y oportunidades para todos.

El verdadero interrogante no es cuánto se diferencia Córdoba de la Nación, sino cuánto ha evolucionado Córdoba después de tantos años de gobiernos del mismo signo político.

Durante las últimas tres décadas, el poder provincial estuvo fundamentalmente en manos de José Manuel de la Sota, Juan Schiaretti y, desde 2023, Martín Llaryora. Es cierto que hubo cambios de gobernador, pero la alternancia entre personas no necesariamente significa alternancia entre proyectos políticos.

De la Sota y Schiaretti se sucedieron en el poder dentro de un mismo espacio político. Llaryora representa la continuidad de esa tradición de gobierno, aunque su gestión tenga características propias y deba evaluarse por sus resultados.

En otras palabras, Córdoba cambió de gobernadores, pero no experimentó una verdadera alternancia entre fuerzas políticas diferentes en el gobierno provincial.

Y ese es un dato que merece atención.

En democracia, la alternancia no es un capricho ni una formalidad electoral. Es uno de los mecanismos fundamentales para evitar que el poder se convierta en una estructura cerrada, acostumbrada a administrar el Estado como si su permanencia estuviera garantizada.

Cuando un mismo espacio político gobierna durante décadas, puede acumular experiencia, consolidar políticas públicas y dar continuidad a proyectos estratégicos. Pero también corre el riesgo de desarrollar vicios, naturalizar prácticas, construir redes de intereses y perder la capacidad de escuchar a una sociedad que cambia mucho más rápido que sus dirigentes.

No se trata de afirmar que todo lo que se hizo durante estos años estuvo mal. Tampoco de desconocer las obras, la actividad económica o las fortalezas que Córdoba logró consolidar. Se trata de comprender que ningún gobierno, por más eficiente que se considere, está exento de controles ni debería sentirse dueño de un modelo político permanente.

La continuidad puede ser una virtud cuando garantiza políticas de Estado, pero se convierte en un problema cuando debilita la renovación y transforma al poder en una costumbre.

Por eso, el discurso de una Córdoba diferente debería ir mucho más allá de la comparación con Javier Milei. No alcanza con señalar que la Provincia hace obras mientras la Nación reduce su inversión en infraestructura. La discusión también debería incluir la calidad del gasto, las prioridades presupuestarias, la situación de los servicios públicos, las oportunidades para los jóvenes, la presión tributaria, la seguridad y la transparencia en la administración de los recursos.

Una provincia verdaderamente diferente no se define solamente por las obras que inaugura, sino por la calidad de vida que ofrece, por las posibilidades que genera y por la fortaleza de sus instituciones.

Tampoco debería necesitar confrontar permanentemente con el gobierno nacional para demostrar su identidad. Córdoba puede defender sus intereses, reclamar los recursos que considera propios y sostener sus diferencias con la Casa Rosada sin convertir cada desacuerdo en una bandera política.

La autonomía provincial no exige una pelea permanente. Exige capacidad de gestión, responsabilidad fiscal, diálogo y una visión de largo plazo.

En ese escenario, Llaryora tiene una oportunidad importante. Su gestión todavía debe construir su propio balance, pero puede demostrar que la continuidad política no tiene por qué significar inmovilismo. Puede profundizar las fortalezas productivas de Córdoba, corregir los problemas acumulados y promover una renovación que no dependa exclusivamente de los nombres que ocupan los principales despachos.

Porque Córdoba tiene condiciones para ser mucho más de lo que proclama su publicidad oficial. Tiene recursos humanos, conocimiento, industria, producción agropecuaria, universidades y una sociedad con una fuerte cultura del trabajo. Tiene, en definitiva, buena parte de los elementos necesarios para consolidar un modelo de desarrollo que sirva de referencia para el resto del país.

Lo que necesita es que esas fortalezas se traduzcan en mejores resultados para todos los cordobeses y no solamente en una narrativa política exitosa.

La conclusión

¿Es Córdoba un país diferente dentro de la Argentina?

No. Córdoba es una provincia argentina con características propias, fortalezas indiscutibles y una identidad que merece ser reconocida. Su capacidad productiva y su decisión de sostener determinadas políticas públicas la distinguen, pero eso no la convierte en una excepción a las reglas de la democracia ni la coloca por encima de sus propios problemas.

El mayor desafío de Córdoba no es demostrar que es diferente a la Argentina de Milei. Es demostrar que puede ser diferente de sí misma, superando los límites y los vicios que pueden aparecer después de tres décadas de continuidad política.

Porque una provincia verdaderamente distinta no es aquella que se proclama única, sino aquella que se anima a revisar sus errores, renovar sus dirigentes, fortalecer sus instituciones y mejorar la vida de su gente.

Córdoba tiene todo para ser una provincia ejemplar. La pregunta es si su dirigencia está dispuesta a entender que ningún modelo político, por exitoso que haya sido en el pasado, puede considerarse dueño del futuro.

Y quizás allí esté la discusión más importante: ¿la Córdoba que se presenta como diferente está preparada también para cambiar?

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