Detrás de un crack inolvidable, una señora con mayúsculas

PARA LEER EN PANTUFLAS Por José Ademan Rodríguez

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Muchos, en estos tiempos de empoderamiento innecesario de la mujer —porque las mujeres siempre estuvieron empoderadas, aunque no siempre se les reconociera—, pueden considerar que decir «detrás de un gran hombre hay una gran mujer» es una expresión machista y arcaica. Pero quiero aclarar algo: ese “detrás” es literal, no significa debilidad ni sometimiento, sino fortaleza, acompañamiento y apoyo incondicional.

Daniel Alberto Willington fue un crack inigualable del fútbol argentino, y estoy absolutamente convencido de que su esposa, Ana María, tuvo mucho que ver en esa historia, aunque ella no sea una figura conocida públicamente. Siempre estuvo detrás, sí, pero desde ese lugar que muchas veces resulta invisible para los demás y que puede ser fundamental en la vida de un hombre.

No me vengan con discursos de machismo ni con las banderas verdes de siempre. Quienes vengan a descalificar esta idea sin entender lo que quiero decir pueden ahorrarse el comentario, porque no voy a cambiar de opinión para quedar bien con nadie.

Sigo pensando que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, y no me lo va a cambiar nadie ni nada. Mucho menos a esta edad, cuando uno ya vivió lo suficiente como para saber que el amor, la compañía y la fortaleza de una mujer pueden ser decisivos, aunque el reconocimiento público se lo lleve otro.

                                                                                                                         FIRMA JOSE ADEMAN

RESUMEN

  • Ana María, la esposa de Daniel Alberto Willington, representa esa clase de mujeres que no necesitan reconocimiento público para dejar una huella profunda en la vida de los demás.
  • Con sus oraciones, su fe y sus palabras de aliento, ofrece compañía y alivio en momentos de vulnerabilidad.
  • Una relación de casi treinta años me permitió conocer una manera de ayudar que no busca recompensas ni beneficios personales.
  • Los recuerdos de mi vida profesional me llevan a reconocer a personas que me tendieron una mano cuando más lo necesitaba.
  • A veces, los gestos más sencillos son los que terminan teniendo el mayor valor humano.

Hay mujeres que no necesitan ocupar una primera plana para demostrar lo que valen. No precisan micrófonos, homenajes, discursos ni fotografías en las páginas de los diarios. Les alcanza con estar presentes, ofrecer una palabra oportuna, rezar por alguien que atraviesa un momento difícil y tender una mano sin preguntar qué recibirán a cambio.

Ana María, la esposa de Daniel Alberto Willington, es una de esas mujeres. Una señora con mayúsculas.

Y si alguien me pregunta por qué escribo estas líneas, la respuesta es sencilla: porque, en medio de una vida que empieza a transitar su tramo final, uno aprende a distinguir lo verdaderamente importante de todas esas pavadas con las que el mundo intenta impresionarnos.

Vivimos en una época en la que cualquier terremoto, inundación o catástrofe viene acompañado de un desfile de palabras gastadas. Todo es «alucinante», «esperpéntico», «distópico», «increíble» y, por supuesto, «dantesco», aunque muchos de los que emplean este último término probablemente nunca hayan leído a Dante Alighieri. Parece que ya no alcanza con contar lo que sucede: hay que adornarlo, exagerarlo y convertirlo en un espectáculo.

Yo, en cambio, andaba buscando algo mucho más simple. Una vieja tía que te rasque la espalda, un gato a los pies de la cama, una voz amiga que te dé un consejo o alguien que rece por vos cuando las fuerzas empiezan a flaquear.

Y en ese camino aparece Ana María.

No voy a presentarla como una santa ni necesito convertirla en un personaje de leyenda. Me basta con contar lo que conozco de ella. Es una mujer que, a través de sus oraciones, intenta ofrecer ayuda, orientación, una palabra de aliento y una forma de acompañamiento espiritual. Lo hace sin buscar un beneficio personal, sin esperar una recompensa y sin convertir la fe en un negocio.

Hay personas que te ayudan a cargar la mochila. Otras, como Ana María, consiguen que pese un poco menos.

La conozco desde hace alrededor de treinta años. Sé de su manera de acercarse a los demás y de esa capacidad que tiene para transmitir serenidad cuando uno siente que las circunstancias le van cerrando los caminos. Sus oraciones, para quien las recibe con fe, pueden convertirse en una compañía y en una fuente de alivio. No hace falta que nadie lo explique demasiado: hay momentos en los que una palabra pronunciada con afecto vale más que cien discursos.

Y a esta altura de mi vida, créanme, uno aprende a valorar esas cosas.

Porque la vida se me acaba. No lo digo para despertar lástima ni para provocar un gesto de compasión. Lo digo porque conozco mi edad, mis limitaciones y las dificultades que aparecen cuando el cuerpo comienza a pasar factura.

Las noches pueden hacerse largas. La soledad tiene sus propios horarios y no siempre coincide con los nuestros. A veces uno espera una música que le traiga recuerdos, una melodía capaz de devolverle por unos instantes personas, lugares y momentos que parecían perdidos. Después llega el sueño, esa dulce modorra que invita a cerrar los ojos y buscar una posición cómoda contra la almohada.

Y en ese pequeño ritual cotidiano, cuando el silencio parece ocuparlo todo, sentir que alguien se acuerda de vos, que alguien reza por vos, puede convertirse en una forma de compañía.

No es poca cosa.

Hay días en los que siento que mi cuerpo se sostiene sobre dos pilares frágiles. Tengo mis problemas respiratorios, el asma, la EPOC, las alergias y esas limitaciones que vuelven más difícil lo que antes parecía natural. La vulnerabilidad no es una palabra de moda cuando uno la experimenta en carne propia. Es una realidad que se mete en la vida cotidiana y obliga a mirar las cosas de otra manera.

Por eso valoro a quienes se acercan sin hacer preguntas innecesarias, sin juzgar y sin pretender tener una solución para todo.

Ana María tiene esa virtud: no necesita prometerte que va a cambiar el mundo; le alcanza con intentar que atravieses un poco mejor el tuyo.

Y, hablando de cosas sencillas, hay recuerdos de mi infancia que todavía me acompañan. Mi mamá era muy pobre. En casa teníamos un cuchillo y un tenedor; nada de juegos de cucharitas ni de esas comodidades que otros daban por descontadas. De aquellas épocas me quedaron costumbres poco elegantes, como pasarle la lengua al plato para aprovechar los restos de una ensalada o rescatar el último pedacito de flan.

Uno aprende a vivir con lo que tiene. A veces también aprende a reírse de sí mismo.

Hoy, cuando pienso en todo lo que pasó, me sorprende comprobar cuántas veces alguien apareció en el momento oportuno para darme una oportunidad. Y hay una coincidencia que siempre me llamó la atención: en distintas etapas de mi vida, fueron personas judías las que me tendieron una mano.

Recuerdo a don Salomón Melnik, quien me puso al lado de Rubén Torri después de que ganara el concurso para periodista deportivo en LV3 Radio Córdoba. Aquella oportunidad fue importante para mi carrera y quedó guardada en mi memoria como uno de esos gestos que no se olvidan.

Más tarde apareció don Simón Bronenberg, director de la revista KO MUNDIAL, de Buenos Aires, quien me sugirió que debía trabajar en la capital argentina.

También estuvo el profesor Ervin, que me ofreció trabajar en Canal 12. Allí me echaron por considerarme «peligroso», antes incluso de que comenzara el programa, con un testigo de lujo: el cantor de tangos Alberto Marino. Todavía recuerdo las lágrimas de aquel momento. Sin embargo, Ervin encontró una salida y decidió llevarme a trabajar con mi ídolo, Dante Panzeri, en Buenos Aires.

Eso implicaba viajar en avión todos los sábados y desatender la facultad, algo que disgustaba a mi madre. Pero era una oportunidad profesional extraordinaria.

También recuerdo al gordo Ramón Mestre, jefe de trabajos prácticos, y a su colega Angelos. Mestre, que más tarde sería gobernador de Córdoba, nunca me hizo olvidar las diferencias que teníamos. A pesar de todo, pude llegar al Luna Park, un lugar de trabajo que para muchos de mis compañeros parecía inalcanzable.

Son episodios de una vida larga, con alegrías, sinsabores, injusticias y oportunidades que aparecieron cuando menos las esperaba.

Y en ese recorrido también está Carlos Zimerman, que me rescató del olvido y del menosprecio, devolviéndome un espacio para contar lo que pienso. Son cosas que uno agradece porque sabe lo que significa sentirse apartado, especialmente cuando la edad empieza a dejarte al margen de una sociedad que parece interesarse solamente por la novedad.

Mi admiración por el pueblo judío tampoco nació de un día para el otro. Ya en el bachillerato admiraba al Rusito Welner, uno de mis compañeros que trabajaba mientras muchos de los demás eran hijos de comerciantes. Su padre, don Samuel, era zapatero. Lo recuerdo encorvado sobre su trabajo, con la dignidad de quien se gana la vida con sus propias manos.

En la facultad también compartí momentos con compañeros judíos, entre ellos Akerman y el Negro Slacheski, cuyo padre era un judío correntino.

Más tarde, en Barcelona, un dentista judío llamado Jacobo Akserrad, oriundo de Córdoba, tuvo un gesto que nunca olvidé. Se alojó en mi casa durante un par de días y me regaló una botella de whisky Chivas Regal. Para conseguirla, tuvo que caminar hasta la estación de tren, en un descampado donde yo estaba jugando al fútbol.

Son pequeños episodios, pero la vida está hecha de esas cosas. La gratitud no tiene fecha de vencimiento.

Barcelona también me enseñó que una ciudad puede convertirse en refugio para quienes llegan desde lejos, con sus recuerdos, sus heridas y sus nostalgias. Siempre la sentí como una ciudad apta para todos los exilios, un lugar donde uno puede dejar de sentirse extranjero.

Y en medio de todos esos recuerdos vuelvo a Ana María.

Porque no se trata solamente de enumerar las personas que me ayudaron. Se trata de reconocer que, cuando uno atraviesa momentos difíciles, existen gestos que no se compran y que tampoco se pueden exigir. La fe de otra persona, su voluntad de rezar por vos, su preocupación sincera, son formas de generosidad que merecen ser reconocidas.

Ana María no necesita ser famosa para ser importante. Su grandeza está en lo que hace por los demás.

Y hay algo más que quiero destacar: detrás de esa mujer está Daniel Alberto Willington, uno de los grandes cracks que dio el fútbol argentino, un jugador de talento extraordinario que dejó su marca en Talleres de Córdoba y en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de verlo jugar.

Conocí a Ana María a finales de los años setenta, cuando frecuentaba a gente del club Talleres, personas honestas como el Lalo Mascaró y el Tuerto Luján, que dejó bien parado el local del Córdoba Sport, hasta el punto de vender las sillas. También estaban el Zurdo Rivadero y Daniel Willington.

Del Zurdo Rivadero recuerdo una anécdota que pinta de cuerpo entero lo que significaba Willington para los hinchas. Según contaba, cuando la «Wanora» no jugaba por una lesión, muchos simpatizantes de Talleres se iban al cine.

¡Miren lo que era aquel hombre!

Si no jugaba Willington, el espectáculo perdía sentido. Esa era la dimensión de su talento, la admiración que despertaba y el lugar que ocupaba en el corazón de la gente. No hacía falta organizar campañas publicitarias ni contratar especialistas en imagen: el fútbol hablaba por él.

Pero hoy no quiero detenerme en el crack, en sus gambetas ni en su zurda. Hoy quiero hablar de la mujer que comparte su vida y que, lejos de los aplausos de las tribunas, tiene su propia manera de dejar una huella.

Porque detrás de un gran hombre puede haber una gran mujer, aunque no siempre sea justo definirla por el hombre que tiene al lado. Ana María tiene valor por sí misma, por su fe, por su generosidad y por esa forma de acompañar que no necesita publicidad.

En un mundo donde muchos se acercan solamente cuando pueden obtener algo, encontrarse con alguien que ofrece una oración, una palabra de aliento o un momento de atención desinteresada es un privilegio.

A veces uno necesita que le rasquen la espalda, que un gato se acomode a los pies de la cama o que una vieja canción le devuelva un pedazo de juventud. Otras veces necesita algo menos visible: sentir que no está completamente solo, que alguien lo recuerda y que todavía existe una mano tendida.

Eso es lo que quiero agradecerle a Ana María.

No tengo grandes discursos ni pretendo explicar los misterios de la fe. Apenas soy un hombre que ha vivido mucho, que ha recibido golpes, que conserva recuerdos y que todavía se emociona ante la bondad de los demás.

Por eso escribo estas líneas: para decir gracias.

Gracias por las oraciones, por la compañía espiritual y por ese gesto humano que puede parecer pequeño para quien lo ofrece, pero que adquiere un enorme significado para quien lo recibe.

A esta altura de mi vida, cuando el tiempo se vuelve más valioso y las ausencias pesan más que antes, aprendí que no hay reconocimiento más sincero que el que nace de la gratitud.

Daniel Alberto Willington será siempre un crack inolvidable para el fútbol. Ana María, para mí, es mucho más que la esposa de un ídolo: es una señora con mayúsculas.

Y eso merece ser contado.

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