En el momento más caliente de la agenda política, Gabriel Bornoroni optó por el silencio. La decisión no pasó desapercibida en Córdoba, donde la ausencia del referente libertario dejó al descubierto una debilidad clave: su escaso margen de autonomía frente al liderazgo de Javier Milei.
Mientras el oficialismo nacional enfrenta turbulencias, el armado local de La Libertad Avanza en la provincia quedó condicionado por los tiempos de la Casa Rosada. En ese vacío, otros dirigentes aprovecharon para moverse con mayor libertad y construir volumen propio de cara a 2027.
Uno de ellos es Rodrigo de Loredo, quien logró capitalizar su independencia política. Sin pertenecer al espacio libertario, marcó agenda con propuestas en materia de seguridad y se expresó sin ataduras sobre los temas más sensibles de la coyuntura. Esa autonomía lo posiciona como un competidor con aspiraciones a disputar poder frente al gobernador Martín Llaryora.
También Luis Juez administra sus movimientos. Aunque mantiene vínculos con el universo libertario, modera su exposición pública y elige cuándo intervenir. En los últimos días, apuntó contra el intendente capitalino Daniel Passerini por presuntas irregularidades, pero evitó escalar otros conflictos nacionales, en una estrategia que combina cautela y cálculo político.
El contraste es evidente: tanto De Loredo como Juez cuentan con una construcción propia y un discurso anclado en la realidad provincial. Pueden acercarse o tomar distancia del oficialismo nacional según convenga. Bornoroni, en cambio, aparece atado al destino político de Milei y al esquema de poder que orbita en torno a Karina Milei.
Esa dependencia condiciona cada uno de sus movimientos. Incluso en privado, el dirigente libertario habría tenido posiciones más activas frente a recientes polémicas nacionales, pero eligió bajar el perfil ante la magnitud del conflicto. Su margen de acción, por ahora, está supeditado a las decisiones que se tomen en el núcleo duro del poder nacional.
Sin embargo, el escenario podría cambiar. Con la necesidad del Gobierno de reactivar el Congreso, el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, podría requerir que Bornoroni asuma un rol más activo en la negociación con gobernadores, incluido Llaryora, quien ya dejó entrever su interés en acuerdos políticos de cara a 2027.
En paralelo, los problemas territoriales suman presión. En la ciudad de Marcos Juárez, una protesta de jubilados por la falta de cobertura médica tras el cierre de un sanatorio expuso el impacto social de decisiones vinculadas al sistema de salud. La situación generó repercusiones políticas y reavivó críticas hacia la gestión nacional.
Dirigentes como Julieta Rinaldi y Carolina Basualdo se hicieron presentes en la zona para exigir respuestas, mientras desde la Unión Cívica Radical, el legislador Matías Gvozdenovich buscó despegar responsabilidades del PAMI y apuntó a conflictos internos del sector privado.
El ruido político no terminó ahí. También volvieron a circular cuestionamientos sobre créditos otorgados por el Banco Nación, que salpicaron a distintos dirigentes, entre ellos el cordobés Daniel Tillard y el diputado Ignacio García Aresca.
De fondo, la discusión que empieza a tomar forma es más profunda: ¿alcanza con el peso de una marca nacional para ganar Córdoba? La experiencia reciente de Juntos por el Cambio sugiere que no. Incluso con figuras de peso como Mauricio Macri, Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta, la derrota fue ajustada pero contundente.
En una provincia con lógica política propia, la dependencia no suele ser un activo. Y en ese tablero, Bornoroni todavía tiene una cuenta pendiente: demostrar que puede construir poder más allá de la sombra libertaria.


























